El vínculo prohibido: El precio de la sangre

1 El hacha y la ceniza

Marcus

El frío del norte no era suficiente para congelar el fuego que me quemaba por dentro. Jamás lo era.
Hundí el hacha con fuerza brutal en el tronco de pino, descargando en el golpe una furia que no me pertenecía, o que quizá llevaba un año intentando enterrar. La madera se astilló con un crujido seco que resonó en todo el claro del bosque, rompiendo el silencio sepulcral de las montañas de hielo. Me detuve un segundo, jadeando, restregándome el sudor de la frente con el dorso del brazo desnudo a pesar de los cero grados. El vapor de mi respiración se elevaba en el aire gélido como el humo de una hoguera atrapada en mis pulmones.
Había pasado trescientos sesenta y cinco días en este maldito exilio autoimpuesto, escondido en un clan que no era el mío. Aquí nadie me conocía como el hijo del sádico Gael, ni como el monstruo que casi masacra a los clanes del sur. Para los Wulver del norte, yo solo era un extranjero huraño, un enorme paria de hombros anchos, barba descuidada y mirada de pocos amigos que trabajaba hasta el colapso para ganarse el derecho a un techo. Un lobo solitario que huía de sus propios demonios. Y de un recuerdo.
Cerré los ojos, apoyando la frente contra la corteza áspera y congelada del árbol, y maldije entre dientes cuando el maldito lazo volvió a tirar de mi alma. No importaba cuántos kilómetros pusiera de por medio, ni cuántas horas pasara destrozándome los músculos cargando troncos o cazando en la nieve profunda. Mi bestia seguía encadenada a la última noche de la guerra. Seguía atrapada en el recuerdo de una piel de porcelana, un aroma embriagador a lilas y sangre dulce, y unos ojos grises que me habían sentenciado en un solo latido.
*Eilis.*
Mi pareja de destino. La hembra Dearg que, por leyes de la naturaleza y de la historia, debería haber odiado. En lugar de eso, la había marcado para salvarle la vida, obligándola a beber mi sangre mientras se desangraba por culpa de mi propio padre. Y luego, acobardado por la magnitud de lo que había hecho y por la oscuridad que llevaba dentro, la había abandonado sin mirar atrás.
—La dejaste para protegerla de ti mismo, imbécil —me recordé en un gruñido ronco, sintiendo cómo mis colmillos presionaban contra mi labio inferior, ansiando un sabor que no me correspondía.
El sol comenzó a ocultarse tras las cumbres nevadas, tiñendo el cielo de un color púrpura que me recordó dolorosamente a los ojos de ella cuando el hambre la dominaba. Recogí las pieles que utilizaba como abrigo, me las eché al hombro junto al cargamento de leña y caminé con paso pesado de regreso hacia las chozas del poblado periférico.
A mi paso, algunas mujeres del clan del hielo me observaron desde los umbrales de sus cabañas con miradas cargadas de un interés que a mí me dejaba completamente frío. El invierno pasado, una de las hembras locales, atraída por mi tamaño y mi rango latente de alfa, había intentado meterse en mi cama. El resultado había sido desastroso. Mi lobo ni siquiera se había inmuado; rechazaría con violencia a cualquier mujer que no fuera la que el destino había fundido a mi propia alma. Mi cuerpo pertenecía a Eilis, aunque ella probablemente me odiara con cada fibra de su ser por haberla dejado atada a un fantasma.
Llegué a mi pequeña cabaña de piedra, tiré la leña junto al fuego consumido y me dejé caer en el catre de pieles sin molestarme en encender la luz. La soledad me envolvió como una mortaja. Me miré las manos llenas de callos y pasé los dedos por las cicatrices que me cruzaban el torso, marcas de las garras de mi padre que me recordaban quién era y de dónde venía. No era digno de ella. No era digno de regresar.
Me acomodé en la penumbra de la estancia, cerrando los ojos para entregarme a la única hora del día que realmente ansiaba y temía a partes iguales: el momento de dormir. Solo cuando mis barreras caían y el sueño me vencía, me permitía revivir en mi mente el roce de sus labios y la desesperación de su piel contra la mía, atrapado en una rutina maldita que se repetía noche tras noche, en un invierno que parecía no tener fin.

Eilis

La sed no era un simple antojo; era una garra que me apretaba la garganta desde dentro de la piel.
Me pasé las yemas de los dedos por el cuello, justo por encima de la clavícula, rozando la cicatriz rugosa que rompía la línea de mi piel de porcelana. Al tocarla, las marcas de aquellos colmillos vibraron, metiéndome un viaje de calor directo al vientre. Solté un suspiro entrecortado y me aparté del espejo de mi habitación, de bajón al ver la palidez enfermiza de mis pómulos y las ojeras que se me estaban marcando.
Había pasado un año desde la batalla. Un año desde que Marcus, el hijo del monstruo que casi me revienta, se interpuso entre las garras de su padre y mi cuerpo. Recordaba de sobra el calor de su cuerpo protegiéndome, la posesividad animal de su mirada verde y, sobre todo, el sabor espeso, salvaje y ardiente de su sangre cuando me obligó a beberla para salvarme la vida.
Él me había salvado, sí. Pero al marcarme como su pareja de destino y largarse ese mismo día, me había condenado a la peor de las prisiones: el mono. Una abstinencia brutal.
Para una Dearg pura como yo, depender de la esencia de un Wulver era una puta humillación. Mi cuerpo rechazaba el alimento normal de mi clan; mi organismo reclamaba, con una necesidad que me rozaba la locura, el fluido vital del lobo que me había dejado tirada.
Salí de mis aposentos y caminé por los pasillos de piedra del bastión de mi familia. El olor a incienso y el silencio sepulcral de los Dearg me envolvieron. Al cruzar el patio de armas, vi a mi hermano Connor entrenando con la espada. Sus movimientos eran limpios, letales, pero sus ojos denotaban una tensión que yo conocía de sobra. Sabía perfectamente que miraba de reojo hacia las fronteras del clan Wulver, que se estaba consumiendo por Malen en el mismo silencio hipócrita en el que yo me ahogaba, por mucho que su estúpido orgullo no le permitiera admitirlo.
—Estás muy pálida, Eilis —la voz suave de mi madre, Morag, me sacó de mis pensamientos al entrar en el comedor—. Los curanderos han preparado otra infusión con esencia de sangre pura para ti. Tienes que tomártela.
—No me sirve de nada, mamá. Lo sabes —respondí con la voz apagada, apartando la copa de plata que me ofrecía.
Morag suspiró, con una mezcla de lástima y rencor en los ojos. Odiaba a los Wulver por lo que me habían hecho, y ver cómo su propia hija se debilitaba día a día por culpa del vínculo con uno de ellos era su mayor tortura.
Pasé el resto de la tarde en los jardines del bastión, intentando distraerme con un libro, pero las palabras se me emborronaban. Cada latido de mi corazón era un eco vacío que me recordaba la distancia. Cuando el sol se ocultó y el cielo se tiñó de un color púrpura oscuro, mis ojos se volvieron carmín por puro instinto, respondiendo a la llamada de la noche.
Regresé a la cama cuando la madrugada enfrió las sábanas. Me acurruqué entre las mantas, cerrando los ojos con fuerza mientras contenía un gemido de pura rabia. El vacío en el pecho me quemaba. Estaba furiosa, hambrienta y desesperada. Odiaba a Marcus por haberme dejado atada a su recuerdo, por hacerme esclava de una necesidad física que no podía saciar, mientras me consumía en esta rutina de mierda, esperando un calor que tal vez ni siquiera iba a volver.




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