Marcus
El bar del pueblo era un puto caos de música a todo volumen, risas roncas, olor a tabaco, chuletones a la brasa y alcohol barato que quemaba la garganta. A mi alrededor, los tíos del clan chocaban sus jarras de cerveza, celebrando que la jornada de caza había salido redonda como si les fuera la vida en ello. Yo me limitaba a observar desde el taburete más oscuro al final de la barra, con la espalda apoyada contra la pared y los brazos cruzados sobre el pecho. Llevaba un tercio de cerveza a medias, usándolo más como escudo para que no me rayaran que por ganas de beber.
Para ellos, yo seguía siendo el extranjero. El tipo enorme y reservado que cumplía con el trabajo duro, pero que no encajaba en sus fiestas. Y me venía perfecto. Cuanto menos supieran de mí, mejor.
—Venga, Marcus, no me jodas, pon una cara que no parezca que vas a enterrar a alguien —soltó Bjorn, uno de los cazadores más veteranos, dándome una palmada brutal en el hombro que ni siquiera me hizo mover—. Que nos hemos traído tres jabalíes, coño. ¡Bebe!
Le dediqué un gruñido seco y un amago de sonrisa que pareció convencerle, porque se dio la vuelta para seguir gritando con los demás con los cubatas en la mano.
Justo cuando volvía a perderme en mis pensamientos, el ambiente a mi alrededor cambió. El olor a sudor y testosterona del local fue tapado por un perfume de flores silvestres y piel cálida. Era Astrid.
La chica se apoyó en la barra justo al lado de mí, demasiado cerca. Llevaba el pelo rubio recogido en una trenza deshecha que le caía por el hombro, unos vaqueros ajustados y una cazadora de cuero que dejaba bastante al descubierto la línea del escote. Me miró de reojo, con una sonrisa juguetona y esos ojos azules que se veía de sobra que buscaban guerra.
—Vaya, el lobo solitario ha salido de su cueva —dijo, bajando la voz para que solo la escuchara yo. Deslizó una mano por mi antebrazo, rozando la piel con descaro—. Te he visto hoy en el monte. Parecía que querías destrozar el árbol a puñetazos. Sabes que hay formas mucho mejores de soltar toda esa tensión, ¿no?
Sentí el contacto de sus dedos y, de inmediato, un rechazo visceral me golpeó por dentro. Mi lobo gruñó en el fondo de mi mente, erizándose. No era por ella; Astrid era un pibón, estaba buena de cojones y cualquier hombre del clan se habría pegado por pasar la noche en su casa. El problema era que mi cuerpo simplemente no respondía. No había chispa, no había calor, no había nada. Mi puta biología estaba bloqueada, ligada a una vampiresa a cientos de kilómetros de aquí.
Le agarré la muñeca con firmeza, cortando el movimiento antes de que subiera por mi bíceps, y la aparté con suavidad pero sin dejar margen de duda.
—Busca a otro, Astrid. No tengo el cuerpo para juegos —le dije, manteniendo la voz fría y la mirada fija en la suya.
Ella parpadeó, sorprendida por el rechazo tan directo, y las mejillas se le tiñeron de un rojo de pura vergüenza. Retiró la mano de golpe, me miró de arriba abajo con una mezcla de rabia y despecho, y se dio la vuelta sin decir ni una palabra, perdiéndose entre la gente que bailaba.
Solté un suspiro, dejé la cerveza intacta sobre la barra y salí de allí antes de que a otra se le ocurriera probar suerte. El aire helado de la noche me golpeó la cara, espabilándome de golpe.
Caminé por el arcén cubierto de nieve crujiente hacia la casa principal del pueblo, donde vivía Thorgar, el jefe del clan. Era el único que sabía una parte de mi verdad, el que me había echado una mano cuando aparecí en su territorio hecho una puta mierda, más muerto que vivo.
Llegué a su puerta y llamé dos veces.
—Entra, Marcus —resonó su voz desde el interior.
Thorgar estaba sentado en un sillón orejero frente a una chimenea moderna de piedra, limpiando un rifle de caza. Era un hombre mayor, pero con la espalda tan ancha como la mía y una barba canosa bien cuidada. Me indicó con la cabeza la silla de enfrente. Me senté en silencio, apoyando los codos en las rodillas.
—Te he visto salir del bar. Astrid ha salido detrás de ti con una cara de pocos amigos que daba miedo —comentó el viejo, con una chispa de diversión en sus ojos cansados.
—No estoy para esto, Thorgar —respondí, mirando las llamas del fuego—. Solo... quería repasar las rutas de vigilancia de mañana.
Thorgar dejó el rifle sobre la mesa, se reclinó y me clavó una mirada que parecía leerme el alma.
—Déjate de rutas y de mierdas, muchacho. Llevas un año aquí. Te rompes la espalda currando, cazas más que nadie y no te quejas por nada, pero estás vacío —dijo con total franqueza, usando ese tono de perro viejo que no aceptaba réplicas—. Estás huyendo de algo que llevas pegado a las costillas. En pleno siglo XXI tenemos de todo, pero por mucho que te escondas en el fin del mundo con un coche y un teléfono apagado, el frío no va a congelar lo que sientes.
Me tensé, pero no dije nada. El silencio en el salón se volvió denso.
—No sé qué coño pasó en el sur, ni me importa qué clase de monstruo crees que eres —continuó Thorgar, bajando la voz, adoptando un tono casi paternal—. Pero escuchar a tu cabeza en vez de a tu instinto te está matando. Un Wulver necesita su manada, necesita su hogar... y si hay una mujer involucrada en todo este lío, necesitas ir a buscarla. El orgullo y la culpa son un veneno muy lento, Marcus. Si te quedas aquí sentado esperando a que el tiempo lo arregle, lo único que vas a conseguir es que cuando quieras volver, ya no quede nada que salvar.
Sus palabras me cayeron encima como un jarro de agua fría, directas al pecho. Quise replicar, quise decirle que no entendía nada, que volver significaba ponerla en peligro, pero las verdades del viejo jefe me arañaban por dentro porque sabía que, en el fondo, tenía toda la puta razón.
—¿Y qué pretendes que haga, Thorgar? —solté de golpe, con la voz rota y la rabia contenida quemándome la garganta—. No es tan fácil como subirme al coche y presentarme allí. Si vuelvo, la destrozo. O me destruyen a mí.
El viejo dejó el paño con el que limpiaba el rifle y se cruzó de brazos, sosteniéndome la mirada con firmeza.
—Pruébame, muchacho. Llevas un año tragándote todo este peso a solas. Cuéntame de una vez qué es lo que te atormenta.
Me pasé las manos por la cara, desesperado. El calor de la chimenea me agobiaba, o quizá era el peso de los secretos que me aplastaban el pecho. Al final, decidí sincerarme.
—La marqué, Thorgar. Marqué a mi pareja de destino —confesé, y soltarlo en voz alta fue como abrir una herida que nunca había cerrado—. Pero no es una Wulver. Es una Dearg. Una vampiresa pura. Eilis.
Thorgar no pestañeó, aunque sus ojos se entrecerraron un milímetro, procesando la revelación. Sabía que yo no era un lobo corriente, pero aquello cambiaba las cosas.
—Sé perfectamente lo que estás pensando —añadí con una sonrisa amarga—. Que un lazo de destino entre especies es una locura. Pero es que yo tampoco soy un Wulver normal, Thorgar. Ya habrás notado que mi fuerza y mi velocidad no cuadran con las de los demás. Eso es porque soy un híbrido. Mi padre era Gael, el alfa de los Wulver, y mi madre es Muriel, la líder de los Dearg. Ambos son originales. Nací de la unión de las dos sangres más puras y letales que existen, lo que me convierte en el híbrido más fuerte que se conoce.
Thorgar se enderezó en el sillón, mirándome con un respeto renovado.
—Eso te convierte en alguien extremadamente poderoso, Marcus —murmuró, con tono grave—. Con unos padres así, debiste de pasar una infancia terrible.
—No te equivoques —le corté, con la voz fría—. Gael no le dio mala vida a mi madre. Estaban compinchados. Son tal para cual; los dos son igual de crueles y ambiciosos, y disfrutaban sembrando el caos juntos. El problema soy yo, que no quiero ser el monstruo que ellos diseñaron. En la batalla final del sur, hace un año, mi propio padre tenía acorralada a Eilis. La estaba desangrando. Mi lobo y mi parte vampírica se volvieron locos a la vez. Me metí en medio, ataqué a mi padre y, para salvarle la vida a ella mientras se moría en mis brazos, le abrí la muñeca y la obligué a beber de mi sangre. La enlacé a mí. Y después de todo lo que ocurrió, me dio pánico perder el control de mi poder y acabar siendo como mis padres. Por eso huí.
Thorgar se quedó pensativo un momento, asimilando la magnitud de mi confesión.
—¿Y tienes más familia? ¿Alguien en quien apoyarte con esta situación? —preguntó el viejo, manteniendo la calma.
—Tengo un medio hermano por parte de padre. Se llama Ares y es un Wulver puro —respondí, apretando los puños al recordar su rostro—. Pero él no quiere saber absolutamente nada de mí. Ares nunca supo que yo existía; creció en su propio clan, totalmente al margen de los planes de mis padres. No tuvo ni idea de que tenía un hermano hasta el día en que Gael decidió atacar a su clan... e iba acompañado por mí. Imagínate la situación. Para él, yo solo soy el arma de destrucción que destruyó su mundo. Me ve como un monstruo sin sentimientos, y sé perfectamente que si volviera a cruzarse en mi camino, intentaría matarme. No hay redención posible con él. Por eso apagué el teléfono y desaparecí.
El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el chisporroteo de la madera quemándose en la chimenea.
—Estás cometiendo un error, Marcus —dijo Thorgar al fin, levantándose y poniéndome una mano firme en el hombro—. Tienes la sangre más poderosa del mundo y estás aquí usándola para talar pinos. Crees que la proteges de ti mismo, pero lo único que estás haciendo es dejar que se consuma sola. Una marca de destino no se borra por muchos kilómetros que pongas de por medio. Tu sangre la reclama y la suya a ti. Deja de huir de tu poder y empieza a usarlo para proteger lo que te pertenece. Piensa en ello.
No supe qué responder. Me levanté, le di las gracias con un asentimiento de cabeza y salí de la casa, con las palabras del viejo jefe grabadas a fuego en el cerebro.
Caminé de vuelta a mi pequeña vivienda de piedra con el piloto automático puesto. La cabeza me iba a mil por hora. Al entrar, ni siquiera encendí las luces. Tiré las botas llenas de nieve cerca de la entrada, me quité la cazadora y me dejé caer en el sofá de cuero del salón. Estaba exhausto, física y mentalmente.
Me tumbé bocarriba, tapándome los ojos con el antebrazo, intentando dejar la mente en blanco. El silencio de la casa era absoluto, pero de repente, el aire se volvió denso.
Al principio pensé que era otro de mis tormentos nocturnos, pero entonces sentí un escalofrío brutal que me recorrió la espina dorsal. No era mi imaginación. El lazo, esa cuerda invisible que me unía a Eilis, se tensó con una violencia que me cortó la respiración. Mi pecho empezó a arder, justo donde mi corazón híbrido latía desbocado.
Cerré los ojos con fuerza y, por primera vez en un año, dejé de oponer resistencia. Dejé de levantar los muros mentales con los que siempre reprimía mi parte Dearg y mi lobo. Abrí la barrera por completo.
Y entonces, la escuché.
No era una voz física. Era un eco directo en mi mente, un murmullo desesperado, cargado de una rabia y una necesidad tan puras que me marearon. Al ser el híbrido más fuerte, la conexión fue increíblemente nítida, como si estuviera susurrándome al oído en mitad de la noche.
«¿Dónde estás, Marcus?... Me estoy muriendo... Te odio... Vuelve».
El dolor, la frustración y el hambre de Eilis me golpearon el cerebro con una fuerza devastadora. Pude sentir su debilidad, el frío de su piel de porcelana echando de menos mi calor y la desesperación de su cuerpo reclamando mi sangre para poder sobrevivir. Estaba sufriendo por mi culpa.
Me incorporé en el sofá de un salto, jadeando, con los ojos brillando en la penumbra con una mezcla letal de verde felino y rojo carmín. La bestia en mi interior arañó mis costillas, exigiendo tomar el control, exigiendo salir corriendo hacia el sur en ese mismo instante.
Había pasado un año huyendo, pero escuchar su voz dentro de mi cabeza lo cambió todo. Ya no era una suposición; ella me necesitaba. Y mi cobardía estaba a punto de costarnos la vida a los dos.
#655 en Fantasía
#399 en Personajes sobrenaturales
vampiros compañeros de sangre, vampiros dioses lobos, vampiros amor
Editado: 07.07.2026