El vínculo prohibido: El precio de la sangre

3 El pacto de la sangre

Marcus

​Al día siguiente, volví al bosque a primera hora de la mañana. Necesitaba que el dolor físico apagara el ruido de mi cabeza. Derribar pinos a base de hachazos limpios y cargar troncos de cien kilos sobre los hombros bajo el frío del amanecer era lo único que me impedía volverme loco. La voz de Eilis seguía resonando en mi mente, grabada a fuego. Su debilidad, su rabia, ese «me estoy muriendo» que me había desgarrado por dentro... Todo se repetía en bucle en mi cerebro.
​Llevaba un par de horas trabajando duro, empapado en sudor a pesar de estar a varios grados bajo cero, cuando uno de los jóvenes patrulleros del clan del hielo apareció en el claro.
​—Marcus —dijo, recuperando el aliento—. Thorgar quiere verte en la casa principal. Ahora mismo.
​Dejé caer el hacha sobre la nieve y asentí. No hice preguntas ni me quejé. Sentía un respeto enorme por Thorgar; había sido el único que me había tendido la mano sin pedir nada a cambio cuando llegué aquí destrozado, y si me hacía llamar con tanta urgencia, era por algo importante. Me puse la cazadora de cuero y caminé a paso rápido hacia el pueblo.
​Cuando entré en su despacho, Thorgar estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia las montañas nevadas. El ambiente en la habitación era inusualmente tenso.
​—Siéntate, Marcus —dijo, sin girarse de inmediato.
​Me senté en la silla de madera frente a su mesa, manteniendo la espalda recta. El viejo se dio la vuelta, se apoyó en el borde del escritorio y me clavó una mirada cargada de gravedad.
​—He estado haciendo averiguaciones —soltó sin anestesia—. Ayer me dejaste con la cabeza a mil vueltas con todo lo que me contaste, y he movido mis hilos. Ya sé quién es tu familia.
​Me tensé en el asiento, cerrando los puños sobre mis rodillas. El instinto me puso en alerta.
​—Sé lo de Ares —continuó Thorgar, manteniendo la calma—. Sé que está en el clan de los Wulver donde el líder es el viejo Alano, el abuelo de su mujer. También sé que trabaja con el chamán de esa comunidad y que la mujer de Ares, Enya, es una híbrida. Como tú. Solo que ella no es hija de originales, así que tú sigues estando a otro nivel de poder. Pero el problema, muchacho, no es lo que he descubierto, sino el rastro que he dejado al preguntar.
​—¿A qué te refieres? —preguntó, con la voz ronca, sintiendo cómo mi lobo se erizaba por el peligro.
​—A que en nuestro mundo, cuando el jefe del clan del hielo empieza a hacer preguntas muy específicas sobre el hijo de Gael, la gente importante se entera. He levantado sospechas, Marcus. Y esta mañana me ha llamado un viejo conocido. Alguien muy influyente en el sur.
​Thorgar hizo una pausa, miendo el impacto de sus siguientes palabras.
​—Me ha llamado Lug. El jefe del clan Dearg.
​El nombre me golpeó como un puñetazo en el estómago. El abuelo de Eilis. El líder de los vampiros del sur, el hombre que comandaba el bastión donde ella se estaba consumiendo.
​—Lug sabe perfectamente quién eres y de dónde vienes —siguió relatando Thorgar—. Sabe que fuiste tú quien atacó a Gael para salvar a su nieta, a Eilis. Me ha pedido información directa sobre ti. Quería saber si estabas localizado, si eras un peligro y, sobre todo, si estabas controlado. Le he asegurado que sí, que llevas un año aquí, que eres un hombre de fiar y que te esfuerzas al máximo para mantener el control de tu poder.
​Solté el aire que retenía en los pulmones, pero la tensión no disminuyó.
​—¿Y qué quiere Lug? —inquirí, entornando los ojos—. Si sabe que estoy aquí, ¿va a mandar a sus guerreros a por mí?
​—No, todo lo contrario —Thorgar se inclinó hacia delante, apoyando las manos en la mesa—. Lug está desesperado por su nieta, Marcus. Me ha dicho que Eilis apenas se sostiene en pie. No es solo la abstinencia de tu sangre lo que la está matando; es que al estar enlazada a ti, su organismo se ha bloqueado. No puede desarrollar su verdadero poder ni evolucionar como Dearg si no se une de alguna forma a su pareja de destino. Con el potencial que tienes como hijo de originales, tu ausencia la está anulando por completo. Y como tú te niegas a volver, me ha propuesto una alternativa. Un trato.
​El viejo abrió un cajón de su mesa y sacó un pequeño estuche de madera acolchado, diseñado para transportar viales médicos.
​—El intercambio de sangre a distancia —sentenció Thorgar—. Lug me va a enviar un vial con la sangre de Eilis para que te la tomes tú, y yo le voy a enviar un vial con tu sangre para ella. Es la única opción que os queda para que ella pueda estabilizarse y desarrollar su poder sin que tengas que pisar el sur.
​Me quedé mirando el estuche vacío, con el corazón golpeándome las costillas a una velocidad brutal. La idea de que mi sangre viajara hasta ella, de que Eilis pudiera saciar por fin esa sed que la estaba destruyendo, me produjo un alivio salvaje. Pero al mismo tiempo, beber su sangre a distancia significaba aceptar el lazo del todo. Significaba romper mis propias reglas.
​—Es tu decisión, Marcus —concluyó Thorgar, cruzándose de brazos.
​Me quedé mirando el estuche de madera unos segundos más. La idea de que mi sangre fuera la solución temporal me generaba un torbellino de emociones, pero la realidad era aplastante: Eilis se estaba consumiendo y yo no iba a permitir que muriera por mi culpa.
​—De acuerdo —dije, levantando la mirada hacia Thorgar—. Hazlo. Acepto el trato.
​El viejo asintió con gravedad, como si supiera perfectamente que no tenía otra salida. Diez minutos después, el médico del clan ya estaba en el despacho. El pinchazo en la vena no me dolió; lo que me quemaba por dentro era la sensación de ver mi propia sangre, espesa y oscura por mi naturaleza híbrida, llenando el vial de cristal. Thorgar selló el estuche personalmente y se encargó de que saliera hacia el sur de inmediato a través de sus canales más seguros.
​Pasé el resto del día como alma en pena, impaciente por que cayera la noche. Necesitaba hablar con ella. Necesitaba decirle lo que habíamos hecho.
​Cuando por fin me tumbé en el sofá de mi casa y dejé que la oscuridad me envolviera, bajé mis defensas mentales de golpe. Busqué el lazo, que todavía vibraba con el eco de la tensión del día anterior, y empujé mi conciencia a través de él.
​—Eilis —la llamé mentalmente, dejando que mi voz resonara en su cabeza.
​Tardó unos segundos, pero sentí cómo su mente se conectaba a la mía. Su respuesta fue fría, distante, como un muro de hielo que pretendía castigarme por mi espantá de la última noche.
​—Vaya, qué honor —soltó con ironía—. ¿A qué debo que el gran híbrido se digne a abrir la puerta hoy?
​—He hablado con Thorgar —fui directo al grano, ignorando su sarcasmo porque lo que tenía que decirle era urgente—. Tu abuelo, Lug, se ha puesto en contacto con él. Sabe dónde estoy. Y hemos llegado a un trato para ayudarte con la abstinencia.
​Sentí un vuelco al otro lado de la línea mental. Su orgullo se puso en guardia inmediatamente.
​—¿Un trato? ¿De qué coño estás hablando, Marcus?
​—Un intercambio de sangre a distancia —le expliqué, intentando mantener la calma—. Hoy mismo me han extraído sangre y ya va de camino al sur. Lug te la entregará en un vial. A cambio, él enviará tu sangre aquí para mí. De esa forma podrás estabilizar tu organismo y desarrollar tu poder sin que yo tenga que volver.
​Esperaba alivio, o al menos un respiro por su parte. Pero lo que me llegó a través del lazo fue una oleada de furia tan ardiente que me hizo tensar todos los músculos del cuerpo.
​—¿Un vial de sangre? —su voz mental se volvió un grito cargado de desprecio—. ¿Me estás diciendo que en lugar de tener la decencia de dar la cara, pretendes alimentarme como a un animal herido a base de malditos paquetes de mensajería?
​—Es la única forma segura, Eilis —le espeté, perdiendo la paciencia—. ¡Te estás muriendo por mi culpa! Con esto conseguirás el poder que necesitas y estarás a salvo de mí.
​—¡Me importa una mierda tu supuesta seguridad! —me devolvió el golpe, y la rabia que transmitía era tan real que casi podía sentir el calor de su respiración—. ¿Sabes qué? Pensándolo bien, mejor. Es una idea cojonuda. Me tomaré tu puta sangre, estabilizaré mi poder y me curaré del todo. Y en cuanto esté limpia de esta abstinencia y el lazo se calme, podré hacer mi vida de una vez. Podré buscar a otro hombre, a un Dearg de verdad o a quien me dé la gana, alguien que sí tenga los cojones de quedarse a mi lado y no un cobarde que me manda su sangre en un tarro de cristal.
​Esas palabras me entraron directamente en el pecho como una estocada limpia. El lobo en mi interior se volvió completamente loco, arañando por salir, impulsado por un instinto de posesividad animal que ni yo mismo sabía que tenía. Mis ojos debieron de encenderse en la penumbra de mi salón.
​—No vuelvas a decir eso —le advertí, y mi voz mental vibró con una fuerza tan letal y profunda que el vínculo pareció chirriar—. Eres mi pareja de destino, Eilis. Tu sangre es mía y la mía es tuya. No vas a estar con ningún otro hombre. No lo voy a permitir.
​—¿Ah, no? ¿Y qué vas a hacer para impedirlo, Marcus? ¿Vas a rugir muy fuerte desde el norte? —se mofó ella, aunque percibí que mi reacción la había intimidado un milímetro, despertando esa atracción peligrosa que nos unía—. No tienes ningún derecho a reclamarme si ni siquiera eres capaz de mirarme a los ojos. Si quieres jugar a los médicos a distancia, asume las consecuencias. Tú quédate con tus pinos y tus miedos, que yo ya me encargaré de buscar a alguien que me toque de verdad.
​—¡Cállate la puta boca, Eilis! —le grité mentalmente, perdiendo los papeles por completo. La sola imagen de ella con otro tipo hacía que mi parte híbrida quisiera quemar el mundo entero—. No tienes ni idea del esfuerzo que estoy haciendo por no coger el coche y plantarme allí para arrastrarte conmigo. No juegues conmigo.
​—Pues no lo hagas, quédate ahí sentado —sentenció ella, clavándome una última púa de desprecio—. Disfruta de tu vial de sangre, Marcus. A ver si te hace compañía por las noches.
​Y antes de que pudiera replicar, me cortó la conexión de golpe, dejándome con la palabra en la boca y la mente inundada de una frustración y unos celos tan salvajes que tuve que clavar las uñas en el cuero del sofá para no destrozarlo todo.




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