Marcus
El paquete del sur llegó a la cabaña de Thorgar a última hora de la tarde, y el viejo no tardó en hacérmelo llegar a través de uno de sus hombres de confianza. Cuando sostuve el estuche entre mis manos, sentí un peso frío que me recorrió toda la columna. Entré en mi casa de piedra, cerré la puerta con doble vuelta de llave y me metí en el salón, dejando que la penumbra del crepúsculo nos envolviera a mí y a ese maldito frasco.
Me senté en el sofá de cuero y abrí el estuche. Allí estaba. Un vial de cristal blindado que contenía la sangre de Eilis.
Era de un rojo brillante, puro, casi magnético. A través del lazo, todavía podía sentir el eco de la barrera de hormigón que ella me había levantado por la mañana en el laboratorio de Cian. Seguía furiosa, bloqueándome, decidida a ignorar mis advertencias. Pero tener su esencia tan cerca hizo que mi lobo y mi parte vampírica empezaran a arañarme las costillas con una violencia inusitada.
Con los dedos rígidos por la tensión, desenrosqué el tapón. El aroma que se liberó en el aire del salón me golpeó con la fuerza de un huracán: un olor dulce, floral.. Mis colmillos se desplegaron con un chasquido doloroso y mis ojos cambiaron al instante, perdiendo cualquier rastro de humanidad.
No pude contenerme más. Me llevé el vial a la boca y vertí el líquido en mi garganta.
El impacto fue devastador. Tomar la sangre de tu pareja de destino a distancia era, tal y como Eilis había experimentado, una auténtica locura. En cuanto el fluido entró en mi sistema, mi sangre híbrida entró en combustión. Una oleada de calor salvaje e incontrolable me estalló en el pecho, expandiéndose por mis venas como fuego líquido.
—¡Joder! —rugí, tirando el vial vacío al suelo, donde rodó por la alfombra.
Me caí del sofá de rodillas, apoyando las palmas de las manos en el suelo de madera, jadeando de forma desbocada. Mi piel ardía, el corazón me golpeaba el pecho como si quisiera romperme las costillas y una pasión brutal, primitiva y obsesiva me inundó el cerebro. Cada célula de mi cuerpo reclamaba a Eilis. La necesitaba allí, bajo mi cuerpo, marcando su piel, poseyendo a la mujer que el destino me había impuesto. Consumir su sangre a solas, atrapado en esta maldita casa del norte a cientos de kilómetros de ella, era una tortura psicológica que estaba despedazando mi cordura.
«Vuelve... Ve a por ella... Es tuya», aullaba la bestia en mi cabeza, quebrando por completo mi fuerza de voluntad.
Intenté mantener el control, intenté recordar mis razones para el exilio, pero la combinación de mi inmenso poder híbrido y la sangre de mi pareja anuló cualquier atisbo de lógica. Mi parte animal tomó el control absoluto. Ya no era Marcus el hombre el que gobernaba ese cuerpo; era el monstruo, el depredador.
Me levanté de golpe, tirando la mesa baja del salón de un manotazo que la hizo astillas contra la pared. No necesitaba llaves, no necesitaba ropa de abrigo. Fui directo hacia la puerta trasera que daba al monte, la abrí de un golpe limpio que arrancó los goznes y salí a la noche estrellada.
El aire gélido del norte me golpeó la cara, pero ni siquiera lo sentí. Con los ojos brillando en una mezcla letal de verde y rojo carmín, salté los escalones de piedra de la entrada y me adentré en la espesura del bosque a una velocidad sobrenatural. Necesitaba correr, necesitaba quemar la energía destructiva que me devoraba por dentro antes de que terminara por hacerme bajar al sur a sangre y fuego.
La espesura del bosque me tragó en cuestión de segundos. Corría sin rumbo, esquivando los troncos a una velocidad desbocada, destrozando la maleza y hundiendo las botas en la nieve con una fuerza que hacía crujir la tierra congelada. Pero no había kilómetros suficientes en el norte para huir de lo que llevaba dentro. La sangre de Eilis seguía ardiendo en mis venas, reclamando un contacto físico que la distancia me negaba, convirtiendo mi propio cuerpo en una celda de aislamiento.
Llegué a un pequeño claro rodeado de pinos centenarios y me detuve en seco, abrumado por la presión que me colapsaba el pecho. La frustración y el dolor me nublaron la vista.
Me llevé las manos a la cabeza, hincando las uñas en mi propio cuero cabelludo mientras caía de rodillas sobre el manto blanco. La impotencia de saber que la estaba matando con mi ausencia, combinada con los celos enfermizos que me devoraban al recordar que pretendía buscar a otro hombre, desató el caos absoluto en mi interior. Mi lobo arañaba por salir a la superficie y mi parte Dearg me exigía sangre y posesión. Las dos naturalezas originales colisionaron en una tormenta perfecta que barrió cualquier rastro de cordura.
Incapaz de contener la agonía que me desgarraba los pulmones, eché la cabeza hacia atrás, mirando al cielo estrellado, y solté un rugido descomunal.
Fue un sonido espantoso, un lamento animal, bizarro y atronador que mezclaba el aullido desgarrador de un lobo herido con el siseo letal de un depredador de la noche. La vibración de mi voz híbrida fue tan brutal que sacudió la nieve acumulada en las ramas de los árboles de alrededor, haciéndola caer como una cortina blanca a mi alrededor. Las aves nocturnas levantaron el vuelo en bandada, huyendo despavoridas del monstruo que perturbaba su territorio.
—¡Maldita sea! —bramé, golpeando el suelo con el puño cerrado.
El impacto partió una roca enterrada bajo la nieve y me abrió los nudillos, pero el dolor físico era una caricia comparado con la tortura mental que padecía. Golpeé una y otra vez, destrozando la tierra, sepultando mis manos en el barro congelado mientras las lágrimas de pura rabia y desesperación me quemaban las mejillas. Me sentía patético. El híbrido más fuerte del mundo, el arma perfecta diseñada por los seres más sádicos del continente, estaba de rodillas en mitad de la nada, llorando de frustración porque no tenía los cojones de ir a buscar a la única mujer que le daba sentido a su miserable existencia.
Me quedé allí temblando, apoyado sobre los puños, jadeando mientras el vapor de mi respiración cortaba el aire gélido. La sangre de mis manos goteaba sobre la nieve, tiñéndola de un rojo oscuro idéntico al de mis ojos en ese instante. El bosque volvió a quedar en un silencio sepulcral, un silencio que solo me recordaba lo jodidamente solo que estaba y el infierno que ambos habíamos desatado al aceptar ese maldito intercambio a distancia.
Un crujido nítido a mis espaldas cortó el silencio del bosque. Mi instinto asesino se activó en un milímetro de segundo. Me levanté del suelo de un salto, dándome la vuelta con los colmillos fuera y los puños ensangrentados en guardia, listo para destrozar a cualquiera que se hubiera atrevido a acercarse.
De entre las sombras de los pinos surgió una figura esbelta. Al reconocerla, la rabia que ya me quemaba por dentro se multiplicó por mil.
Era Lesly. La maldita traidora del clan Wulver del sur. Recordaba perfectamente su historial de resentimiento: había estado obsesionada con mi hermano Ares, jurando estar enamorada de él, pero al verse ignorada y no recibir jamás su atención, el despecho la pudrió por dentro. No dudó en traicionar a los suyos y venderlos a mis padres, pasándose al bando de Gael y Muriel. Verla aquí, en mi exilio del norte, solo podía significar una cosa: los problemas me habían encontrado.
—Vaya, miren en qué se ha quedado el gran híbrido —siseó Lesly, con una sonrisa ladeada y venenosa mientras se cruzaba de brazos, inmune al frío de la noche—. De rodillas en la nieve, aullando como un perro abandonado. Gael se avergonzaría de ver en qué utilizas su sangre.
—Cállate la boca si quieres seguir respirando, Lesly —le advertí, y mi voz sonó como un trueno sordo que la hizo dar un paso atrás por puro instinto—. Mi padre está bajo tierra porque intentó tocar lo que era mío. Le arranqué la vida con estas mismas manos por herir a Eilis en esa batalla, y no me temblará el pulso para hacer lo mismo contigo. ¿Qué coño haces aquí?
La mención de la muerte de Gael hizo que la sonrisa de la traidora desapareciera, sustituida por una mueca de puro odio.
—Vengo a traerte un recado, Marcus. Un mensaje directo de tu madre. —Lesly dio un par de pasos hacia un lado, manteniendo las distancias—. Muriel no ha olvidado lo que hiciste. Me ha mandado hasta este agujero infectado para que lo entiendas bien: tú le quitaste al amor de su vida cuando mataste a Gael en el sur... y ahora ella va a hacer exactamente lo mismo contigo.
El mundo pareció detenerse por un instante. Las palabras de Lesly cayeron sobre mí con el peso de una sentencia de muerte.
—Va a ir a por Eilis —murmuré, sintiendo cómo el pánico, un miedo real y asfixiante que jamás había experimentado por mí mismo, me congelaba las venas.
—Blanco y en botella, híbrido —se burló Lesly, dando un paso atrás para perderse de nuevo entre la densidad de los árboles—. Disfruta de tus últimas horas de tranquilidad.
No perdí el tiempo en cazarla. Mi mente hizo clic y la bestia se enfocó en un único objetivo: proteger a Eilis. Me di la vuelta y arranqué a correr hacia el pueblo a una velocidad que desafiaba las leyes de la física. Los árboles pasaban a mi lado como borrones oscuros mientras mis botas devoraban el camino.
Llegué al asentamiento en pocos minutos, destrozado por el esfuerzo y con el corazón en la garganta. No fui a mi cabaña; me dirigí directo a la casa principal. Entré de un golpe, reventando la puerta de madera del despacho de Thorgar sin miramientos.
El viejo jefe, que estaba revisando unos mapas sobre su mesa, se levantó de un salto, alarmado al ver mi estado, mis manos cubiertas de sangre y barro, y mis ojos brillando con una intensidad letal.
—¡Marcus! ¿Qué demonios pasa? —exclamó Thorgar, llevándose una mano al cinto.
—¡Thorgar, necesito que uses tu línea segura ahora mismo! —le grité, jadeando, apoyando los puños ensangrentados sobre su escritorio—. Tienes que contactar con Lug en el bastión del sur. ¡Ya!
El viejo arrugó el entrecejo, detectando la urgencia extrema en mi voz.
—¿Qué ocurre? Habla de una vez.
—Lesly ha estado en el bosque. Mi madre, Muriel, sabe lo del lazo. Sabe lo que Eilis significa para mí —escupí las palabras atropelladamente, sintiendo que cada segundo que pasaba era vital—. Quiere venganza por la muerte de Gael. Me ha mandado un mensaje claro: va a matar a Eilis para hacerme pagar. Avisa a Lug, dile que refuerce la seguridad del bastión. Muriel va a por ella.
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Editado: 07.07.2026