Marcus
Pasaron unos días desde la noche en que Lesly apareció en el bosque. El ambiente en el norte se había vuelto aún más hostil y la paranoia me carcomía por dentro. Apenas dormía, obsesionado con la seguridad de Eilis y con la constante amenaza de mi madre sobrevolando el bastión del sur.
Estaba en casa, limpiando el hacha junto a la chimenea, cuando el sonido de unos nudillos golpeando la madera de la puerta me puso en alerta. Me levanté despacio, dejando la herramienta a un lado. No necesitaba abrir para saber que quien aguardaba al otro lado no pertenecía al clan del hielo. Su olor lo delataba: un rastro de ceniza, bosque húmedo y esa mezcla inconfundible de lobo y vampiro. Era un híbrido, igual que yo.
Giré el cerrojo y abrí la puerta de golpe.
Me quedé mudo. Frente a frente, parado en mi porche bajo la nieve fina, estaba Druso. El hermano de Enya, la mujer de Ares, me sostuvo la mirada con una calma imperturbable. Sabía que ahora servía como guerrero en el sur, y ver a otro de nuestra especie en mi propio terreno me descolocó por completo. No sabía qué demonios hacía tan lejos de casa.
—Marcus —saludó, con una voz grave que apenas compitió con el silbido del viento.
—¿Qué haces aquí, Druso? —conseguí articular, recuperando la voz mientras mi lobo se ponía en guardia en mi interior.
El guerrero dio un paso al frente, obligándome a decidir si le dejaba entrar o no. Al final, me hice a un lado y cerré la puerta tras él. Druso se sacudió la nieve de los hombros y se giró para mirarme con detenimiento, evaluando mi postura, mis ojos y el control que ejercía sobre mi parte híbrida. Como guerrero y como híbrido, sabía perfectamente lo difícil que era mantener a la bestia a raya.
—Tu mensaje a través de Thorgar llegó alto y claro —explicó, yendo directo al grano—. Lug convocó una reunión de urgencia con nuestro clan y los Wulver. Alano y mi cuñado Ares se opusieron, pero mi hermana Enya y, sobre todo, Eilis, tomaron una decisión. He venido a evaluar tu estado, a ver si realmente eres el monstruo incontrolable que todos creen o si has dominado a tu bestia. Y si es así... tengo órdenes de llevarte conmigo. Quieren que vivas en el clan Dearg, que protegas a Eilis y aceptes tu lugar a su lado.
Escuchar su nombre me provocó un vuelco en el pecho, pero la fría lógica que me había traído al norte regresó de golpe. Negué con la cabeza, retrocediendo un paso.
—No —sentencié, apretando los dientes—. No puedo volver. Ya os lo dije a todos. Mi naturaleza es demasiado peligrosa; si me acerco a ella, si dejo que este lazo se cierre, terminaré arrastrándola a mi propia oscuridad. Estoy mejor aquí, aislado.
Druso no se alteró por mi negativa. Se limitó a cruzarse de brazos, dibujando una expresión fría y calculadora en el rostro.
—Ya veo. Así que te quedas aquí por su seguridad —comentó con ironía. Luego, dio un paso hacia mí, clavándome una mirada implacable—. En ese caso, Marcus, debes saber que no vamos a dejar que Eilis se consuma ni que viva encadenada a un fantasma en el norte mientras Muriel le da caza. Si esa es tu última palabra y te niegas a regresar, Lug y Alano ya han acordado la alternativa.
—¿Qué alternativa? —inquirí, sintiendo una punzada de alarma en las entrañas.
—Acudiremos a las Nornas —soltó Druso sin pestañear—. Iremos a ver a las tejedoras del destino para que deshagan el vínculo que une a Eilis contigo. Romperemos el lazo de sangre. Ella quedará libre de ti y podrá buscar a otra pareja, a un hombre que sí esté dispuesto a quedarse.
Un estallido de furia ciega, salvaje y posesiva me nubló el cerebro en un milímetro de segundo. El suelo pareció temblar bajo mis pies. Agarré a Druso por las solapas de la chaqueta de un puñetazo y lo estampé contra la pared de piedra de la cabaña con una fuerza sobrenatural. Mis ojos se encendieron en un rojo carmín letal y los colmillos me rasgaron el labio inferior.
—¡No vais a tocar nuestro lazo! ¡Me niego! —le rugí en la cara, y mi voz híbrida hizo vibrar los cristales de las ventanas—. ¡Eilis es mía! ¡Ninguna maldita bruja va a romper lo que es nuestro, y ningún otro hombre va a ponerle la mano encima! ¡¿Te queda claro?!
Druso, a pesar de tener la espalda empotrada contra la piedra y de estar frente a un híbrido original fuera de sí, no mostró un ápice de miedo. Su propia fuerza híbrida le permitía encajar el golpe. Al contrario, una sonrisa lenta y triunfal apareció en sus labios. Miró mis manos en su pecho y luego me clavó los ojos, sabiendo que me había atrapado por completo en su trampa.
—Vendrás entonces —dijo con total tranquilidad.
Druso no me dejó margen para replicar. Con un movimiento seco y calculador, se zafó de mi agarre, recolocándose las solapas de la cazadora sin perder un ápice de esa compostura tan suya.
—No te molestes en contestar ahora —me interrumpió, levantando una mano para frenar el hilo de voz que ya se me formaba en la garganta—. Voy a instalarme en el pueblo un par de días. Voy a observarte, a ver cómo te manejas aquí. Cuando se cumpla el plazo, decidiré si viajo de vuelta al sur contigo... o sin ti, directo a por las Nornas. La pelota está en tu tejado.
Me quedé estático en mitad del salón, sintiendo el eco de la advertencia vibrar en mis venas. La mención de romper el lazo me había dejado desarmado, atrapado entre mi instinto de protección y el pánico atroz a perderla para siempre. Finalmente, tragué saliva, obligué a mis colmillos a retraerse y asentí con la cabeza de mala gana. El chantaje había funcionado.
—Está bien —gruñí, apartándome para romper la distancia—. Toma asiento. Te invito a algo. Si vas a quedarte a juzgarme, al menos no lo hagas con la garganta seca.
Druso aceptó el gesto con una inclinación de cabeza y se sentó en uno de los sillones frente a la chimenea, observando cómo servía un par de vasos con licor fuerte del norte. Le tendí el suyo y me senté enfrente, sintiendo el calor del fuego golpear la piedra de la estancia.
—Dime una cosa, Marcus —empezó Druso, dando un sorbo corto y mirándome de hito en hito con la seriedad de un auténtico guerrero—. ¿Cómo te sientes de verdad? ¿Tienes a la bestia controlada o solo estás fingiendo para Thorgar?
Dejé el vaso sobre la mesa baja, mirando el líquido ámbar, sopesando cuánta verdad revelar. Pero Druso era un híbrido, igual que yo; las mentiras no servirían de nada con él.
—A veces se descontrola —admití con la voz ronca, recordando la agonía de la noche anterior—. Hay momentos en los que la presión en el pecho es tan brutal que tengo que salir corriendo al bosque. Necesito destrozar cosas, rugir... quemar la energía antes de perder la cordura por completo. Consumir la sangre de tu prima a distancia solo ha empeorado las cosas, Druso. Ha despertado un hambre que no sé si puedo contener.
Druso asintió, mostrando una empatía silenciosa que no esperaba de un soldado del sur. Animado por su falta de juicio, me descubrí hablando de algo que jamás le había contado a nadie.
—Es que no conozco otra cosa —continué, apretando el vaso entre los dedos—. En mi infancia, Gael y Muriel no me criaron como a un hijo. Me criaron como a una máquina de matar. Desde que tengo uso de razón, me metían en celdas, me obligaban a pelear, a despedazar... Mi padre quería un arma perfecta, alguien diseñado exclusivamente para acabar con el clan del sur y con los Dearg, para poder quedarse él como el único señor absoluto de todo. No lo logró porque yo me rebelé por Eilis. Pero ahora... ahora lo va a intentar Muriel. Mi madre es igual de despiadada, y no parará hasta terminar lo que él empezó.
Druso se quedó mirando las llamas de la chimenea durante un largo momento, procesando la crudeza de mis palabras. El peso de mi pasado flotó en el aire de la cabaña, espeso y oscuro.
—Ha debido de ser un auténtico infierno, Marcus —dijo finalmente, volviendo a clavar sus ojos en los míos, esta vez con una firmeza que pretendía infundirme respeto—. Pero ya es hora de que dejes de mirarte como el monstruo que ellos crearon. Debes mirar hacia adelante. No eres el títere de Gael, eres el dueño de tu propio destino.
Se terminó el licor de un trago y apoyó el vaso con decisión.
—Muriel viene a por nosotros, y el norte ya no es tu refugio, es tu escondite. Tienes que madurar, Marcus. Ha llegado el momento de que bajes con fuerza, reclames lo que te pertenece y cojas de una vez tu sitio junto a mi prima Eilis. Ella te necesita, y tú la necesitas a ella para no terminar de volverte loco. Piensa en eso estos dos días.
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Editado: 07.07.2026