El vínculo prohibido: El precio de la sangre

6 Híbridos

Marcus

El silencio que dejó la huida de Ares era denso, impregnado del olor a tierra removida y a la sangre fresca que me goteaba por los costados. Mi abuelo y el viejo Alano me soltaron lentamente, aunque sus posturas seguían siendo rígidas, vigilando cada uno de mis movimientos. Yo obligué a mis garras a retraerse y forcé a la bestia a regresar a las profundidades de mi pecho, tragándome la rabia que todavía me quemaba la garganta.
Fue entonces cuando Enya se adelantó, dejando atrás a Druso y a mi abuelo. Cruzó el jardín destrozado con paso firme y se detuvo a apenas un metro de mí.
Tenía el rostro desencajado por la tensión de la pelea, pero sus ojos reflejaban una determinación inquebrantable. Me miró de hito en hito, evaluando las heridas que su pareja me había infligido y el rastro salvaje que aún quedaba en mi mirada.
—Sé perfectamente que esta no ha sido manera de recibirte, Marcus —empezó Enya, y su voz, aunque calmada, vibró con una fuerza imponente—. Te pido disculpas en nombre del clan por este recibimiento. Sé que tú intentabas evitar el conflicto.
Mantuve el silencio, observándola. Sabía quién era: la hermana de Druso, una híbrida como yo, y la mujer que había elegido unir su vida a la de Ares.
—Pero también te advierto una cosa —continuó ella, dando un paso más hacia mí, acortando la distancia sin un ápice de temor—. Ares es mi pareja. Es mi vida. Si vuelves a ponerle una mano encima, si vuelves a hacerle daño, me va a importar muy poco el pacto de los líderes o lo que opine mi abuelo. Yo también dejaré salir a mi híbrida interior y nos destruiremos mutuamente si es necesario para protegerlo.
La miré fijamente. Mi parte racional y mi instinto más oscuro sabían, con absoluta certeza, que ella no sería rival para mí. En un combate real, mis habilidades de híbrido original me bastarían para matarla en un solo movimiento, antes de que pudiera parpadear. Podría haberla intimidado, recordarle quién era yo o simplemente ignorar su amenaza con desprecio.
Sin embargo, no lo hice.
En lugar de eso, agaché levemente la cabeza y asentí con un gesto serio, cargado de una profunda solemnidad. No lo hice por miedo, sino por puro respeto. Respeto hacia alguien de mi propia especie que entendía el peso de nuestra doble naturaleza y que, aun así, estaba dispuesta a dar su vida entera y a desatar el infierno con tal de defender a su pareja. Yo sentía exactamente esa misma locura posesiva y protectora por Eilis; entendía su código mejor que nadie en ese jardín.
—Entendido —respondí con la voz ronca, sosteniéndole la mirada con madurez—. No habrá más problemas por mi parte si él se mantiene al margen.
Enya asimiló mi respuesta, relajando sutilmente los hombros, y tras dedicarle una mirada de complicidad a su hermano Druso, se dio la vuelta para retirarse junto a los demás líderes hacia el sendero del pueblo, dejándome por fin a solas en la entrada de la casa.
Me di la vuelta y crucé el umbral de la casa, cerrando la puerta a mis espaldas para dejar fuera el frío de la noche y las miradas inquisitivas de los líderes. El salón estaba a oscuras, sumido en una penumbra rota únicamente por los débiles hilos de luz de la luna que se colaban por las ventanas.
Estaba exhausto. La pelea con Ares y el esfuerzo titánico por contener a la bestia me habían dejado al límite de mis fuerzas. Caminé a tientas, me dejé caer pesadamente en el sofá y apoyé los codos en las rodillas, hundiendo el rostro entre las manos. Me quedé así unos instantes, respirando despacio, escuchando el silencio de la estancia.
O más bien, el falso silencio.
—Ya puedes salir de tu escondite —dije con la voz ronca, sin levantar la cabeza ni apartar las manos de mi cara—. Te he olido desde que he llegado. Tu rastro estaba impregnado en el porche y en cada rincón de este salón.
Hubo un instante de vacilación, un crujido sutil, y entonces Eilis salió de las sombras del rincón donde se había estado ocultando. Su respiración era agitada y sus ojos reflejaban un miedo evidente. Estaba asustada, no solo por haber sido descubierta, sino por la brutalidad salvaje que acababa de presenciar en el jardín. Verla allí, tan cerca y a la vez tan distante por el temor, me provocó una punzada de dolor en el pecho.
Dejé caer las manos y alcé la vista para mirarla, suavizando por completo la expresión de mi rostro y forzando a mis ojos a recuperar su tono normal.
—No tengas miedo —le aseguré, manteniendo la voz lo más baja y calmada posible—. No te voy a hacer daño, Eilis. Jamás te pondría una mano encima. Lo que has visto ahí fuera... era otra cosa.
Me incorporé un poco en el sofá, sosteniéndole la mirada en la penumbra, debatiéndome entre el deseo arrollador de acortar la distancia y la fría necesidad de protegerla de mí mismo.
—Pero no deberías estar aquí —continué, con un deje de reproche y preocupación—. Esta noche ha sido un caos y el ambiente está demasiado tenso. No es seguro para ti estar a solas conmigo en esta casa, no después de lo que acaba de pasar. Deberías haber esperado a mañana.
Eilis dio un paso al frente, abandonando la seguridad de las sombras. El miedo que había visto en ella un instante antes pareció disolverse en el aire, transformándose en algo mucho más denso y eléctrico.
—Necesitaba verte —respondió, y su voz, aunque un poco trémula, sonó cargada de una determinación absoluta—. Necesitaba estar aquí para saber qué es lo que sientes de verdad, Marcus. No podía seguir esperando.
Me quedé estático, observándola fijamente en la penumbra. Fue entonces cuando me di cuenta: sus ojos Dearg empezaron a cambiar de color, brillando con una intensidad sobrenatural, pero no era por culpa del miedo. Era justo por todo lo contrario. El lazo de sangre que nos unía estaba reaccionando a nuestra cercanía, despertando una fuerza que ninguno de los dos podía controlar.
Tragué saliva, sintiendo que el aire de la habitación se volvía peligrosamente cálido. La tensión de la pelea con Ares desapareció de mi mente, sustituida por una urgencia mucho más primitiva.
—Ya me has visto —le dije, con la voz volviéndose más ronca a cada segundo mientras me ponía en pie despacio—. Has visto de lo que soy capaz. Has visto a la bestia. Así que dime... ahora que lo sabes, ¿qué es lo que quieres?
Eilis no retrocedió. Cortó la distancia que nos separaba con pasos decididos hasta quedar a escasos centímetros de mí. Podía sentir el calor que desprendía su cuerpo y el ritmo desbocado de su corazón.
—Necesito estar contigo, Marcus —confesó, clavando sus ojos mutados en los míos—. El olor de tu sangre... tenerte aquí, frente a mí después de todo este tiempo... me está consumiendo de deseo. No puedo luchar más contra esto.
Esas palabras fueron el detonante. El aroma de su propia sangre, mezclado con la cercanía de su piel, hizo que mi lobo y mi vampiro se alinearan en un solo propósito. La distancia entre nosotros se esfumó por completo.




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