Marcus
La luz de la mañana se filtraba de manera inclemente por los grandes ventanales de la cabaña principal, el punto neutral donde los líderes se reunían para decidir el destino de las tierras. Yo estaba sentado en un extremo de la alargada mesa de roble, manteniendo una postura ríguida, con los brazos cruzados sobre el pecho. A mi alrededor, el silencio era tan espeso que casi podía cortarse con un cuchillo.
Todos los presentes me miraban fijamente, sin parpadear, como si fuera un bicho raro, una criatura de circo o un arma biológica a punto de estallar en mitad de su pacífica comunidad. Sabía perfectamente lo que era para ellos: el híbrido del norte, el ejecutor, el monstruo que cargaba con demasiada sangre en las manos.
Justo enfrente de mí, sentados al lado de los jefes de clan, se encontraban Rory y Morag, los padres de Eilis. No habían dicho una sola palabra desde que me senté, pero sus ojos no me daban tregua. Me examinaban de arriba abajo con un silencio sepulcral, analizando cada cicatriz visible, cada respiración, intentando descifrar si el lazo de sangre había unido a su hija con un hombre o con un demonio insaciable. Morag mantenía los labios apretados en una línea fina de pura preocupación maternal, mientras que Rory apretaba los puños sobre la madera, debatiéndose entre el instinto de proteger a su estirpe y el respeto a las leyes ancestrales del destino.
Pero el que no estaba dispuesto a morderse la lengua era Connor, el hermano mayor de Eilis.
Connor dio un paso al frente, plantando las palmas de las manos sobre la mesa y volcando su peso hacia mí, acortando la distancia con una clara actitud de desafío. Sus ojos centelleaban con la ferocidad protectora de un hermano dispuesto a todo.
—Ya hemos escuchado las disculpas de Druso y los informes del frente, pero a mí las palabras de los intermediarios no me sirven de nada —escupió Connor, con la voz cargada de una tensión cortante—. Menos aún después del espectáculo que diste anoche en el jardín de la frontera con Ares. Así que exijo saberlo directamente de ti: ¿cuál es tu punto aquí? ¿Qué es lo que buscas de nosotros y de mi hermana? Necesitamos saber si de verdad eres alguien de fiar o si solo has venido a traer la maldición de tu sangre a nuestra puerta.
Sostuve su mirada desafiante sin mover un solo músculo de la cara. El eco de sus palabras flotó en la sala, mientras todos esperaban mi respuesta.
Mantuve la mirada clavada en Connor, sosteniendo la presión de sus ojos sin pestañear. No me iba a dejar amedrentar por el hermano mayor de mi pareja, por muy protector que quisiera sonar.
—Mi punto aquí es muy simple —respondí, con una voz tan tajante y fría que hizo eco en las paredes de madera—. Estoy aquí por Eilis. El lazo de sangre nos ha unido y eso es algo que ninguno de vosotros puede cambiar. No he venido a buscar problemas, ni a invadir vuestro territorio, ni a traer ninguna maldición. Soy de fiar para los míos, y Eilis ahora es mi máxima prioridad. Eso es todo lo que necesitáis saber.
—¡Ja! Qué discurso tan bonito —soltó una voz cargada de veneno desde el fondo de la sala.
Era Ares. El chamán estaba presente, con el rostro aún marcado por los golpes de la noche anterior. Se cruzó de brazos, apoyado contra la pared, y comenzó a hacer comentarios desafortunados con una sonrisa burlona y despectiva—. Un asesino hablando de prioridades y de confianza. Es de risa. No te crees ni tú mismo, engendro. Estás hecho de la misma basura que los tuyos. Solo traes muerte allá adonde vas, igual que tu maldita estirpe.
La paciencia que me quedaba se evaporó en un segundo. Me incliné hacia adelante en la mesa, fijando mis ojos en él con una intensidad peligrosa.
—Escúchame bien, Ares —le solté, cortándolo en seco—. Yo no tengo la culpa de que tu padre hubiera matado a tu madre y luego se hubiera marchado al norte para quedarse con Muriel, mi madre. No pagues tus traumas infantiles conmigo. Tu historia familiar no es mi problema.
Esas palabras cayeron como una bomba en la reunión. El rostro de Ares se desencajó por completo; la mención de su pasado y de la traición de su padre desató su furia de nuevo. Sus ojos brillaron en un amarillo salvaje y dio un paso al frente dispuesto a saltar sobre la mesa para arrancarme la cabeza. Sin embargo, Enya reaccionó de inmediato, poniéndole una mano firme en el pecho y clavándole una mirada de advertencia. Ares, respirando de forma agitada y con los puños temblando de rabia, se contuvo únicamente por el respeto y el amor que le profesaba a su pareja, aunque no apartó sus ojos asesinos de mí.
En medio de ese silencio sepulcral y tenso, una voz aburrida rompió el ambiente desde el otro lado de la mesa.
—Madre mía, de verdad... Qué coñazo de reunión —soltó Alan, estirando las piernas con total desgana—. Es que no lo entiendo. No entiendo qué cojones hacemos todos aquí metidos, perdiendo el tiempo y analizando a esta persona como si fuera un insecto bajo un microscopio. Tienen un lazo de sangre y ya está, superadlo.
Tristán, el padre de Alan, Druso y Enya, fulminó a su hijo mayor con la mirada desde la cabecera, haciendo valer su autoridad. Le llamó la atención de inmediato de forma severa, visiblemente harto de su falta de tacto.
—¡Alan! Un respeto por los presentes y por la gravedad de la situación —le reprendió con voz firme y cargada de una severidad paternal.
Enya aprovechó la oportunidad para clavarle una mirada afilada a su hermano mayor. Soltó una risa amarga y soltó un dardo que dio justo en el blanco:
—Mira quién fue a hablar de superar vínculos... Habló el experto en aceptar lazos —ironizó Enya, dejando caer la indirecta sobre el rechazo de Alan hacia Kiara, la amiga humana de esta, con quien compartía una conexión que él se negaba a admitir.
El rostro de Alan se tensó de inmediato, perdiendo toda la diversión y la actitud despreocupada. La mención indirecta de su situación con Kiara le tocó una fibra sensible y dolorosa. Se puso en pie de golpe, apartando la silla con rudeza.
—Vale, vale, lo siento, papá. Mala mía —se disculpó a regañadientes con Tristán, ignorando deliberadamente a su hermana—. Esto no es para mí. Me largo a que me dé el aire.
Sin esperar respuesta de nadie, Alan caminó a zancadas hacia la salida y abandonó la sala, pegando un portazo que dejó atrás un ambiente que seguía oliendo a pólvora y a demasiadas cuentas pendientes.
El portazo de Alan dejó un eco sordo en la sala, pero el silencio que siguió no tardó en acomodarse de nuevo. Los líderes de los clanes intercambiaron miradas, sopesando mis palabras y mi reacción ante las provocaciones de Ares. Finalmente, tras un tenso debate silencioso entre las cabezas de las familias, la balanza pareció inclinarse.
Uno a uno, los clanes terminaron por darme una fría bienvenida al territorio. Algunos lo hicieron con un asentimiento solemne, otros con una clara dosis de escepticismo pintada en el rostro, pero nadie se atrevió a contradecir la ley del lazo de sangre.
Fue entonces cuando Rory, el padre de Eilis, se inclinó hacia adelante en su silla. Su mirada limpia y protectora se clavó en mí, ajena a la política de los clanes. Solo le importaba una cosa.
—Todo esto está muy bien, los pactos, la tregua... —comenzó Rory, con la voz ronca por la preocupación—. Pero, ¿qué va a pasar con mi hija? ¿Qué pretendéis hacer ahora?
Lug, el abuelo materno de Eilis y uno de los ancianos más respetados de la mesa, dejó escapar un suspiro hondo y tomó la palabra antes de que yo pudiera abrir la boca, interviniendo para responder a su propio yerno.
—Tu hija ya ha tomado una decisión, Rory —sentenció el viejo líder con una calma aplastante.
Rory frunció el ceño, visiblemente confundido y a la defensiva. Se giró hacia su suegro, exigiendo una explicación inmediata.
—¿Por qué dices eso, Lug? ¿De qué decisión hablas si ella ni siquiera está en esta sala?
Lug esbozó una sonrisa de medio lado, una de esas que demostraban que pocos detalles se le escapaban a su agudeza Dearg. Se recostó en su silla y me señaló con la cabeza, obligando a Rory a mirarme.
—Míralo bien, Rory. Anoche todos fuimos testigos de la pelea en el jardín de la frontera. Marcus terminó herido, sangrando y con el costado destrozado por las garras de Ares. Era una transformación salvaje y las heridas eran profundas —explicó el anciano, capturando la atención de todos los presentes—. Sin embargo, míralo esta mañana. No hay ni un solo rasguño, ni una marca, ni el más mínimo rastro de dolor. Está completamente intacto.
Un murmullo recorrió la mesa. Rory y Morag miraron fijamente mi torso, asimilando las palabras de Lug.
—Eso solo puede significar una cosa —continuó el viejo, fijando sus ojos sabios en los padres de Eilis—. La única forma de que uno de los nuestros sane de esa manera, borrando el daño de un wulver como el chamán en cuestión de horas, es a través del cruce de sangre con su pareja de destino. Mi nieta estuvo con él anoche. Se entregó a él y lo curó. Así que, os guste o no, la decisión está tomada: Eilis se irá a vivir con Marcus desde ya. Su lugar está en su casa.
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Editado: 07.07.2026