El vínculo prohibido: El precio de la sangre

8 Distancia y tregua

Marcus

La atmósfera dentro de la casa se había vuelto tan sofocante que el aire puro del mediodía me golpeó en el rostro como un bálsamo. Bajé los escalones del porche y caminé hacia la explanada principal, con las manos metidas en los bolsillos y la mandíbula aún tensa por la encerrona de los ancianos.
A unos metros, un grupo de mujeres rompía la monotonía del paisaje verde. Eran Eilis, su madre Morag, Eleonora, Kiara, Malen y Enya. En cuanto mis botas pisaron la tierra de la explanada, todas se callaron de golpe. El silencio cayó sobre ellas como un manto pesado y me observaron con absoluta atención, escudriñando mis movimientos como si esperaran que diera un paso en falso. Eilis, que tenía las mejillas ligeramente sonrojadas y los ojos brillantes por el llanto reciente, me miró con una mezcla de timidez y determinación que me removió las entrañas.
Para romper el hielo y aliviar la evidente incomodidad que se había instalado en el jardín, Enya dio un paso al frente. Con esa seguridad natural que la caracterizaba, comenzó a darme conversación.
—Vaya, parece que has sobrevivido al interrogatorio del tercer grado allí dentro —comentó Enya, con una sonrisa de medio lado que buscaba rebajar la tensión—. Mis felicitaciones, Marcus. No cualquiera sale ileso de una reunión presidida por Lug y Alano.
—Digamos que tengo el pellejo duro —respondí, suavizando un poco el tono, agradecido en el fondo por su intento de normalizar las cosas.
Antes de que la conversación pudiera extenderse o de que tuviera que enfrentarme a la mirada cargada de reproche de mi suegra Morag, el sonido de unos pasos firmes captó nuestra atención. Druso se acercaba a la explanada a buen paso, rompiendo el círculo de las mujeres. Me miró de arriba abajo, evaluando el ambiente con un solo vistazo, y esbozó una sonrisa franca y cómplice.
—Marcus —me saludó, dándome una palmada amistosa en el hombro—. Creo que ambos hemos tenido suficiente dosis de política y clanes por esta mañana. ¿Qué te parece si vamos a tomar una copa y dejamos que las aguas se calmen un poco por aquí?
Miré a Druso y luego desvié la mirada hacia Eilis, que me dedicó un leve asentimiento con la cabeza. La perspectiva de encerrarme en una taberna con un trago fuerte al mediodía y lejos de las exigencias del consejo era la mejor oferta que me habían hecho en todo el día.
—Acepto encantado, Druso —respondí de inmediato, exhalando un suspiro de alivio—. Sácame de aquí antes de que a alguien se le ocurra organizar otra reunión.
Nos dimos la vuelta y comenzamos a caminar hacia los límites de la propiedad, dejando atrás la gran casa y las miradas atentas de las mujeres, listos para ahogar la tensión de la mañana en un buen vaso de alcohol.
Pasé el resto de la tarde con los chicos, encadenando un trago tras otro en un intento de desconectar de la presión de los clanes y de las absurdas imposiciones de los ancianos. Druso y los demás resultaron ser una buena distracción, pero a medida que el sol se ponía y la noche caía sobre el territorio, la idea de volver a mi casa empezó a rondarme la cabeza con insistencia. En el fondo, albergaba la firme esperanza de que la cordura hubiera imperado en mi ausencia; estaba convencido de que, tras el sofocón del mediodía, Morag y Rory habrían recapacitado y habrían retenido a Eilis en su hogar. Lo último que necesitaba era tenerla bajo mi techo por pura obligación.
Cuando por fin llegué a mi propiedad, la oscuridad envolvía la fachada. Apagué el motor, bajé del coche y caminé hacia la entrada en medio de un silencio absoluto. Esperaba encontrar la casa vacía, fría y sumida en la tranquilidad habitual a la que estaba acostumbrado.
Sin embargo, nada más abrir la puerta principal, la realidad me dio un bofetón directo a los sentidos.
El aroma de Eilis me golpeó con una fuerza descomunal. Era una fragancia intensa, embriagadora y jodidamente nítida que inundaba cada rincón del recibidor, impregnando el ambiente con una calidez que aceleró mi pulso en un maldito segundo. Mi lado dearg reaccionó de inmediato, reconociendo a su pareja y tensando cada uno de mis músculos.
—¿Eilis? —llamé en voz alta, con la voz un punto más ronca de lo normal.
Nadie respondió. El silencio de la casa era sepulcral, lo que contrastaba brutalmente con la abrumadora presencia de su rastro olfativo. Frunciendo el ceño y con el corazón golpeándome el pecho, comencé a buscarla por toda la planta baja. Entré en el salón, miré en la cocina y recorrí el pasillo, pero allí no había ni rastro de ella. La fragancia era tan vívida que parecía que acababa de desvanecerse en el aire, pero la casa seguía completamente desierta.
Seguí el rastro de su aroma, dejándome guiar por la intensidad que flotaba en el ambiente, hasta que mis pasos me llevaron hacia la parte posterior de la casa. Fue entonces cuando la vi a través del ventanal.
Eilis estaba sentada en el porche trasero, dándole la espalda a la vivienda y con la mirada perdida en el gran lago que se extendía ante mi propiedad, cuyas aguas oscuras reflejaban la luz de la luna. Se había arropado con una mantita para protegerse del frío de la noche, encogiéndose sobre sí misma en una estampa que me pareció jodidamente vulnerable.
Giré el pomo con suavidad, salí al porche y cerré la puerta a mis espaldas. El suave crujido de la madera del suelo delató mi presencia, y ella giró levemente la cabeza, observándome en silencio mientras me acercaba a la barandilla.
—¿Por qué estás aquí, Eilis? —pregunté, rompiendo el hielo con una voz que intenté que sonara lo más neutra posible—. Pensé que tus padres habrían entrado en razón.
Ella se recolocó la manta sobre los hombros y me miró fijamente, con esos ojos que parecían leer mis dudas a la perfección.
—¿Por qué no me quieres aquí, Marcus? —me soltó a bocajarro, directa y sin rodeos—. Me lo dejaste claro esta mañana ante los clanes y lo vuelves a hacer ahora. ¿Tanto te molesta mi presencia?
Exhalé un suspiro pesado, pasándome una mano por el pelo antes de apoyarme en la barandilla, de espaldas al lago, para poder mirarla de frente.
—No se trata de que me molestes, Eilis. No entiendes a lo que te expones —respondí, endureciendo el tono por pura frustración—. Todavía hay veces que mi bestia interior sale a la superficie y no soy capaz de dominarla. No controlo del todo al híbrido que llevo dentro, sobre todo por las noches, si tengo pesadillas. Si me desespero y pierdo el control contigo durmiendo bajo el mismo techo, podría hacerte daño. Y no me lo perdonaría.
Eilis se levantó de golpe, dejando que la manta resbalara un poco por sus brazos, y dio un paso hacia mí. Su rostro reflejaba una indignación que no pretendía ocultar.
—¡Estoy harta de que me trates como si fuera de cristal! —replicó, alzando la voz a medida que la discusión se volvía más acalorada—. Anoche demostré que no te tengo miedo, Marcus. ¡Te curé! Mi sangre y la tuya se reconocen. ¿Crees que soy una humana indefensa que va a salir corriendo a la primera de cambio?
—¡No eres de cristal, pero eres mi maldita pareja de destino y mi instinto es protegerte, incluso de mí mismo! —le espeté, dando un paso hacia ella, contagiado por su ira—. No tienes ni idea de las cicatrices que arrastro ni de lo que soy capaz de hacer cuando pierdo la cabeza. ¡Esto no es un juego de clanes, es tu vida!
—¡Pues es mi vida y yo decido qué hacer con ella! —me gritó de vuelta, plantándome cara a escasos centímetros, con el pecho agitado por la rabia—. Los ancianos hablaron, yo acepté y estoy aquí. Así que deja de buscar excusas para alejarme, porque no me voy a marchar de esta casa por mucho que intentes asustarme.




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