Marcus
El motor del coche ni siquiera se había apagado del todo cuando la puerta del copiloto se abrió de un portazo. Eilis bajó hecha un torbellino de furia, y yo tardé apenas un segundo en seguirla, con la sangre hirviéndome a una temperatura que rozaba lo peligroso. Cruzamos el umbral de la casa y el portazo de la entrada principal retumbó en las paredes, dando inicio a la continuación de aquel infierno.
—¡No vuelvas a darme la espalda, Marcus! —me chilló, plantándose en mitad del salón, con el rostro encendido y los ojos inyectados en esa rabia dearg que parecía nublarle por completo el juicio—. ¡Me has humillado delante de todo el mundo! ¡Has defendido a esa zorra en mi cara!
—¡Te he sacado de allí porque estabas comportándote como una maldita desquiciada! —le rugí, pasándome las manos por el pelo, intentando desesperadamente alejarme de ella. Caminé hacia el ventanal, dándole la espalda para no verla, para contener el latido salvaje que empezaba a desbocarse en mi pecho—. Cállate ya, Eilis. Te lo advierto. Cállate.
Pero no lo hizo. Su orgullo, o tal vez el maldito lazo que nos retorcía las entrañas, la empujó a seguir presionando. Se acercó a mí a zancadas, agarrándome del brazo para obligarme a mirarla, chillándome insultos, provocando a una fuerza que no tenía la menor capacidad de comprender.
Entonces, algo dentro de mí terminó de romperse.
La barrera que separaba mi parte humana de la bestia se agrietó por completo. Una oleada de calor violento y oscuro me inundó las venas; mis colmillos presionaron contra mis encías, la vista se me tiñó de sombras y un rugido puramente animal brotó desde lo más profundo de mi garganta. Durante un segundo terrorífico, creí de verdad que iba a matarla. El híbrido interno estalló, tomando el control absoluto de mi cuerpo, y la cordura desapareció.
Antes de que pudiera asimilar el peligro de la situación, la arrastré hacia mí con una brutalidad desmedida. Eilis soltó un grito ahogado cuando mi mano se clavó en su nuca, obligándola a arquear el cuello mientras la estampaba de espaldas contra la pared más cercana. Los cuadros vibraron con el impacto.
No había delicadeza. No había control. Convertido a medias en el monstruo que tanto temía, la dominé por completo, usando mi peso para inmovilizarla. Mis garras rasgaron la tela de su ropa en un movimiento limpio y violento, dejando su piel expuesta al aire frío del salón. Ella jadeó, con los ojos abiertos de par en par, una mezcla de terror y un deseo puramente salvaje y primitivo reflejándose en sus pupilas dearg. Su rastro de sangre me volvía loco, espoleando el instinto más oscuro del híbrido.
—Marcus... —consiguió articular, pero mi boca acalló su voz de un golpe.
La besé con rabia, una embestida de dientes y lengua que sabía a posesión y a peligro. Le bajé las bragas de un tirón seco y, sin preámbulos, doblé una de sus piernas sobre mi cadera. La necesidad de marcar territorio, de someter la arrogancia que casi nos destruye en el coche, guió mis movimientos. Me desabroché el pantalón con manos torpes y garras afiladas, rozando la locura.
La penetré de golpe, un empuje rudo y profundo que nos hizo gemir a los dos. Eilis clavó sus uñas en mis hombros, arañándome la espalda mientras un grito desgarrador se ahogaba contra mi cuello.
La situación era extremadamente peligrosa. En ese estado de semi-transformación, mi fuerza estaba duplicada y la noción del límite no existía. Cada embestida contra la pared era rápida, dura y despiadada, un vaivén salvaje que hacía crujir la estructura. La golpeé con una intensidad que rozaba el dolor, hundiéndome en ella una y otra vez mientras mis manos le sujetaban las caderas con tanta presión que supe que le dejaría marcas oscuras al día siguiente.
—Eres mía —le rugí al oído, con una voz animal, ronca, completamente distorsionada por el híbrido. Le mordí la línea del cuello, justo donde la piel latía con fuerza, saboreando el metal de su sangre mientras continuaba embistiéndola sin piedad.
Eilis echó la cabeza hacia atrás, entregándose al ritmo frenético y descontrolado. Su cuerpo respondía al mío con la misma violencia dearg, apretándose contra mi anatomía, buscando más de esa brutalidad que nos consumía. El salón se llenó de sonidos húmedos, de respiraciones agónicas y del calor sofocante de dos bestias devorándose mutuamente.
El clímax me alcanzó como una explosión de violencia pura. Con una última embestida brutal que la elevó por completo del suelo, me corrí dentro de ella con un rugido sordo que vibró en su propio pecho. Eilis se tensó, espasmódica, atrapada en su propio orgasmo mientras sus músculos me estrujaban con fuerza.
Nos quedamos suspendidos en esa posición durante unos segundos largos y pesados, unidos por el sexo y la furia, con el aire escapándose de nuestros pulmones en jadeos roncos mientras la oscuridad de mi bestia comenzaba, muy lentamente, a replegarse de nuevo bajo mi piel.
Todavía jadeando, con el pecho pegado al suyo y el calor de nuestros cuerpos evaporándose en el aire del salón, me negué a retirarme. La mantuve inmovilizada contra la pared, aún profundamente hundido en ella, sintiendo los últimos espasmos de su musculatura abrazando mi hombro. Mi parte híbrida seguía alerta, gruñendo bajo mi piel, pero la lucidez empezaba a filtrarse de nuevo entre la niebla de la bestia.
La miré fijamente a los ojos, con el rostro a milímetros del suyo, y agarré su mandíbula con firmeza, obligándola a sostener la mirada.
—No vuelvas a decir una estupidez como la del coche —le solté, con la voz todavía ronca y rota por el esfuerzo—. Jamás estaría con nadie más, Eilis. No podría aunque quisiera. Ya ha habido otras que lo han intentado antes, que han buscado este lazo, pero es jodidamente imposible. Mi sangre solo te reclama a ti. Solo quiero estar con mi pareja.
Eilis tragó saliva, con los labios entreabiertos y el pulso galopando en su cuello, justo donde mis dientes le habían dejado la piel marcada. Relajé un poco la presión en sus caderas, pero la gravedad de lo que acababa de pasar me golpeó el pecho. La falta de control, la fuerza desmedida... Habíamos rozado el abismo.
—Pero no vuelvas a jugar con fuego de esa manera —le advertí, endureciendo el gesto mientras la bajaba despacio hasta que sus pies tocaron el suelo, aunque sin salir de ella—. No me presiones cuando la bestia está arañando por salir. Te lo dije anoche y te lo he dicho hoy: no me controlo. Podría haberte matado ahí mismo, Eilis. He estado a punto de perder el juicio por completo.
En lugar de amedrentarse o mostrar el miedo que cualquier mujer cuerda habría sentido, una sonrisita impertinente y desafiante apareció en la comisura de sus labios. Esos ojos dearg volvieron a brillar con esa chispa peligrosa que me volvía loco.
—Pues qué quieres que te diga, Marcus... —susurró, rodeando mi cuello con sus brazos y pegando su cuerpo templado al mío—. Me parece que el sexo me gusta bastante más con tu bestia que contigo.
Me quedé estupefacto un segundo, mirándola como si se hubiera vuelto completamente loca, hasta que una risa ronca y genuina me brotó del pecho. La tensión acumulada durante todo el maldito día se disolvió en ese instante. La pegué de nuevo a mí con un tirón posesivo, apretando sus nalgas con las manos mientras una nueva oleada de deseo, esta vez más humana pero igual de intensa, me encendía las venas.
—¿Ah, sí? ¿Con la bestia? —le respondí con una sonrisa ladina, rozando mis labios contra los suyos—. Pues prepárate, preciosa, porque vas a ver la bestia que te voy a dar yo ahora mismo.
La besé con una pasión desatada, devorando sus labios mientras el sabor de nuestra furia compartida se transformaba en pura necesidad. Salí de ella despacio, un gemido húmedo escapándose de su boca al sentir la pérdida, pero no le di tiempo a respirar. La tomé por las caderas y, con un movimiento firme y seguro, la conduje hacia la mesa de madera del salón.
La tumbé de espaldas sobre la superficie lisa, abriendo sus piernas de par en par. Eilis jadeó, apoyando los codos mientras observaba cómo me arrodillaba entre sus muslos. Sin preámbulos, busqué el centro de su feminidad, completamente empapada y palpitante por el encuentro anterior. Separé sus labios con los dedos y clavé mi mirada en la suya mientras mi lengua, audaz y experta, comenzaba a lamer su clítoris con pasadas largas, firmes y calientes.
Eilis se arqueó de golpe, clavando las uñas en los bordes de la mesa. La estimulación directa la hizo enloquecer; succioné su punto más sensible con fuerza, alternando con toques rápidos de la punta de la lengua que la hicieron estallar en un grito desgarrador que llenó la habitación.
Al verla temblar, el calor en mi vientre se volvió insoportable. Dejé salir de nuevo al híbrido, pero esta vez canalicé esa fuerza oscura con un control absoluto, permitiendo que la energía de la bestia fluyera directamente hacia mi masculinidad. Sentí cómo mi miembro se congestionaba al límite, creciendo muchísimo, ganando un grosor y una longitud que desafiaban la anatomía humana.
La cargué en brazos y la llevé hasta el sofá, recostándola contra los cojines. Cuando me coloqué sobre ella, completamente desnudo y erecto, Eilis bajó la mirada hacia mi entrepierna y sus ojos dearg se abrieron de par en par, estupefacta. Su respiración se volvió errática.
—Marcus... —susurró, con un deje de genuino temor y excitación mezclados—. Dios, eso... eso es demasiado grande para mí. No va a caber.
—Vas a poder con ello, preciosa —le prometí con voz ronca, rozando la enorme y caliente cabecera de mi miembro contra su entrada, que destilaba jugos naturales—. Tu cuerpo está hecho para el mío.
Apoyé las manos a ambos lados de su cabeza y empujé con lentitud implacable. Eilis soltó un jadeo agudo, estirando el cuello mientras sus paredes vaginales se tensaban al máximo, cediendo milímetro a milímetro ante la tremenda envergadura que la iba invadiendo. Estaba tan estrecha, tan jodidamente caliente, que me costó no correrme con solo meter la mitad.
Finalmente, con un empuje firme y decidido, me hundí entero en su interior, llenándola por completo hasta tocar su fondo. Al mismo tiempo, bajé la boca hacia su pecho, atrapando uno de sus pezones entre mis dientes para morderlo con una fuerza controlada pero lasciva.
Eilis no pudo contenerse y comenzó a chillar de placer. Al estar tan sumamente grande y grueso, mi miembro rozaba e impactaba de lleno contra su punto G con cada minúsculo movimiento, estimulando esa zona interna de una manera tan brutal que la hizo perder el conocimiento de todo lo que la rodeaba.
Comencé a bombear con un ritmo constante, denso y profundo. Cada embestida era un deleite; el sonido húmedo de nuestros sexos chocando resonaba en el salón mientras ella se retorcía bajo mi cuerpo, completamente entregada a la delicia de sentirse desgarrada por el placer. Sus chillidos guiaban mis movimientos, espoleándome a golpear una y otra vez ese punto exacto que la hacía temblar y humedecerse aún más, atrapados ambos en la red de un lazo que reclamaba cada fibra de nuestro ser.
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Editado: 07.07.2026