Marcus
Escuchar la voz de Gràdh rompiendo el silencio de la terraza provocó un vuelco violento en mi pecho. Verlo allí de pie, cara a cara, siendo ya casi un adolescente y mostrando esa madurez imprevista, me golpeó de una forma que no supe prever. El eco de su saludo directo me llenó al instante de una marea de sentimientos completamente desconocidos y asfixiantes. No era la furia de la bestia ni el instinto posesivo del lazo; era algo más profundo, una calidez extraña y dolorosa que se me instaló en la garganta.
Me quedé completamente mudo, paralizado bajo el peso de su mirada, sin saber ni qué decir. La elocuencia que solía usar para defenderme de los ataques de los clanes desapareció por completo. Con un movimiento lento, casi inconsciente, solté la mano de Eilis, rompiendo nuestro agarre para dar un paso al frente. Avancé hacia el chaval, ignorando la figura rígida de Ares que parecía a punto de estallar a su lado.
—Hola, Gràdh —respondí, y mi propia voz me sonó extraña, despojada de la dureza habitual—. Un placer saludarte.
El muchacho no se amedrentó por mi tamaño ni por la energía híbrida que solía ahuyentar a los demás. Al contrario, sus hombros se relajaron y dio un paso hacia mí, esquivando la mirada fulminante de su tío. Se puso a hablar conmigo con una naturalidad pasmosa, demostrando una madurez que me desarmó.
—Quería conocerte —me soltó el chaval sin rodeos, mirándome con una curiosidad limpia—. He escuchado muchas cosas, pero quería verlo por mí mismo. Además, como eres nuevo por aquí... ¿qué te parece si quedamos mañana? Puedo enseñarte los alrededores, el bosque alto y las rutas del lago que los demás no suelen usar.
A mi lado, pude escuchar cómo Ares contenía el aliento, la mandíbula tan apretada que juraría haber oído crujir sus dientes. Pero no le miré. Mi atención estaba fija en el hijo de Logan, en el sobrino que compartíamos y que, por primera vez en mi maldita vida, me miraba como si yo fuera parte de algo legítimo.
Miré de reojo a Eilis, que me observaba con una mezcla de orgullo y ternura en sus ojos dearg, y luego volví a centrarme en el chaval.
—Me parece una buena idea, Gràdh —acepté, forzando una sutil sonrisa que esperaba que aliviara la tensión del ambiente—. Mañana nos vemos. Enséñame de lo que eres capaz.
Ares no pudo contenerse más. Agarró a Gràdh del brazo de un tirón, dedicándome una última mirada cargada de desprecio antes de arrastrar al chaval lejos de nosotros, perdiéndose entre la multitud que abarrotaba la terraza. El silencio que había dejado su marcha fue sepultado rápidamente por el regreso del murmullo general de los clanes, pero la tensión seguía flotando en el aire.
Solté un suspiro pesado, intentando procesar el torbellino de emociones que me quemaba el pecho, cuando sentí el calor de Eilis regresando a mi lado. Deslizó su mano de nuevo en la mía, apretándola con fuerza, recordándome que no estaba solo.
En ese momento, el grupo de amigos se acercó a nosotros por fin. Enya, Kiara, Malen y Druso acortaron la distancia con rostros que reflejaban una mezcla de indignación por el comportamiento de Ares y una profunda sorpresa por lo que acababa de pasar con el chico.
Fue Enya la primera en hablar. Se colocó frente a mí, con una mirada brillante y una sonrisa llena de una gratitud genuina.
—Gracias por no saltarle a la yugular a Ares, Marcus —dijo en tono bajo, cruzándose de brazos—. Sé lo difícil que es contenerse con él, pero lo que has hecho por Gràdh... no te imaginas lo importante que ha sido.
—Solo he aceptado dar un paseo con el chaval —respondí, intentando restar importancia al asunto, aunque la voz todavía me salía algo rígida—. Me ha sorprendido que me hablara con tanta facilidad, después de lo que me habéis contado sobre su mutismo.
Enya asintió, suavizando la expresión, y buscó algo en el pequeño bolso que llevaba colgado.
—Gràdh ha pasado por mucho, Marcus. Desde que perdió a sus padres, se cerró por completo al mundo. Le costó muchísimo volver a confiar, volver a pronunciar una sola palabra —explicó, mientras sacaba una cartera pequeña de la que extrajo una fotografía antigua, un poco gastada por los bordes—. Por eso la razón por la que ha ido directo hacia ti esta noche, pasando olímpicamente de las amenazas de su tío, es esta. Tienes que verla.
Me tendió la imagen y, con cierta renuencia, la tomé entre los dedos. Eilis se inclinó sutilmente sobre mi hombro para mirar también.
En cuanto mis ojos se posaron en el papel, el corazón me dio un vuelco violento. En la foto aparecía un hombre joven, de hombros anchos, mandíbula marcada y una mirada intensa que derrochaba la misma fuerza salvaje que yo sentía bullir en mis venas. Estaba sonriendo a la cámara, con un brazo rodeando a la que debía de ser su mujer.
Era Logan.
El parecido conmigo era tan brutal, tan evidente, que me quedé sin aliento. Tenía mis mismos rasgos faciales, la misma forma de plantarse ante el mundo, el mismo deje con la mirada. Era como mirarme en un espejo distorsionado por el tiempo. Comprendí en un segundo por qué el chaval se había quedado estupefacto al verme en el local y por qué me había buscado con esa determinación: Gràdh no solo veía a un extraño peligroso; estaba viendo el vivo reflejo del padre que le habían arrebatado.
—Se parece muchísimo a ti, Marcus... —susurró Eilis a mi lado, con la voz teñida de asombro mientras me acariciaba suavemente la espalda.
—Cuando Gràdh te vio llegar de la mano de Eilis, se le iluminó la cara —continuó Enya, mirándome con ternura—. Para él, tú eres el vínculo vivo con su padre, la única oportunidad de conocer la parte de su familia que Ares ha intentado borrar. Por eso quiere estar contigo.
Tragué saliva, devolviéndole la fotografía a Enya con los dedos ligeramente temblorosos. La revelación me golpeó con la fuerza de un impacto físico. El híbrido dentro de mí, que siempre había sido una fuerza de destrucción y aislamiento, de pronto se sintió extrañamente conectado a una raíz, a una sangre que, a pesar de las tragedias y los odios de Ares, se negaba a morir.
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Editado: 07.07.2026