El vínculo prohibido: El precio de la sangre

11 El peso de los espejos

Marcus

El olor a pino húmedo y a tierra mojada me ayudó a despejar la cabeza mientras caminaba por la ruta del muelle alto. La luz de la mañana se filtraba entre las copas de los árboles, iluminando el sendero que Gràdh pisaba con total soltura. A pesar de la tormenta de posesión de la noche anterior con Eilis y del cansancio físico, mi palabra era sagrada. Había quedado con el chaval y allí estaba, guardando las distancias pero observando cada uno de sus movimientos.
Gràdh caminaba a mi lado con una madurez que no encajaba con su edad. No parecía tener prisa, simplemente disfrutaba guiándome por los alrededores que los dearg y los wulver solían evitar.
—Mi padre solía venir mucho por aquí —soltó Gràdh de golpe, rompiendo el silencio sin mirarme—. Tío Ares me contó que a Logan le gustaba el aislamiento de este bosque para entrenar cuando la sangre wulver se le ponía difícil de controlar.
Escuchar el nombre de Logan en su boca me tensó los hombros. Me mantuve callado, esperando a ver por dónde salía el chico. Gràdh se detuvo junto a un saliente de roca que daba al lago y se giró para mirarme de frente. Tenía esa mirada idéntica a la mía, esa fijeza que asustaba a los demás, pero en él solo había una determinación limpia.
—Sé que anoche las cosas se pusieron tensas con tío Ares —continuó el chaval, cruzándose de brazos—. Él se porta como un idiota contigo, lo sé. Pero quiero que entiendas algo, Marcus... Yo quiero que os llevéis bien.
Solté una carcajada seca, sin pizca de gracia, mirando hacia las aguas del lago.
—Eso es pedir un milagro, chaval. Tu tío me odia. Para él solo soy una lacra, un error.
—No te odia a ti —me cortó Gràdh con firmeza, dándome un baño de realidad que no esperaba de alguien tan joven—. Ares es como un padre para mí. Desde que murieron mis padres, él lo dejó todo para criarme. Lo he visto sufrir, lo he visto trasnochar cuando yo no podía hablar y sé cómo piensa. A tío Ares le duele verte, Marcus. Le duele en lo más hondo porque, cada vez que te mira, ve a Logan.
Esas palabras rimaron dolorosamente con lo que Enya le había dicho a Eilis la noche anterior. Tragué saliva, manteniendo el rostro inexpresivo, aunque por dentro la bestia se removía, incómoda.
—Eres el vivo reflejo del hermano que perdió —siguió Gràdh, dando un paso hacia mí, desafiando mi espacio de la misma manera que yo solía hacer con los demás—. Ver tu cara, tus gestos... para él es un recordatorio constante de que mi padre ya no está aquí. Aunque él fuera un wulver puro y tú seas un híbrido, el parecido físico es demasiado real. No sabe cómo gestionar ese dolor y por eso te ataca con rabia. Es su forma de protegerse.
Me quedé mirándole, dándome cuenta de que este chaval tenía más luces que la mayoría de los adultos del clan. Había una súplica silenciosa en sus ojos grandes, una petición de tregua que no iba dirigida al monstruo peligroso, sino al tío que acababa de descubrir.
—Deberíais hablar los dos a solas, Marcus —sentenció Gràdh, dejando caer los brazos a los lados—. Sin Eilis, sin Enya, sin nadie del clan alrededor. Cara a cara. Tenéis demasiada sangre común como para seguir comportándoos como enemigos.
Miré el horizonte, asimilando el peso de sus palabras. La petición de mi sobrino se me clavaba en el pecho como una orden directa de la que no podía escapar. Si quería ganarme un lugar en este mundo y no solo ser una fuerza de destrucción, iba a tener que mirar a los fantasmas de mi propia sangre de frente.
Las palabras de Gràdh me seguían dando vueltas en la cabeza cuando me despedí de él en el linde del bosque. La bestia en mi interior rascaba, inquieta, rechazando la idea de rebajarme ante nadie, pero el peso de mi propia sangre y la mirada de ese chaval me empujaban a avanzar.
Caminé siguiendo las indicaciones exactas que me había dado mi sobrino hasta llegar al claro del riachuelo alto, un rincón apartado del territorio wulver donde el agua rompía contra las rocas con un murmullo constante. Allí estaba él. Ares se encontraba sentado en una roca plana, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, buscando en la meditación el control que la sangre wulver a menudo le arrebataba.
En cuanto mi bota pisó una rama seca, sus ojos se abrieron de golpe.
Ares se tensó de tal manera que pude escuchar el crujido de sus músculos bajo la ropa. Se puso de pie con una agilidad felina, clavando en mí una mirada cargada de pura hostilidad. Sus puños se cerraron a los lados de su cuerpo.
—¿Qué cojones haces tú aquí, Marcus? —escupió, con una voz que era casi un rugido sordo—. Este no es tu sitio. Vuelve a tu agujero con los dearg y deja de invadir mi espacio.
—Tu sobrino me ha dicho dónde encontrarte —respondí, manteniéndome firme, a pocos metros de él, sin mostrar un ápice de sumisión—. Y he venido porque tenemos algo de lo que hablar, nos guste o no.
Ares soltó una carcajada amarga, dando un paso hacia mí de forma amenazante.
—¿Hablar? ¿Tú y yo? No tenemos absolutamente nada en común, híbrido. Te lo dije anoche y te lo repito hoy: mantente alejado de Gràdh. No voy a permitir que un monstruo como tú le llene la cabeza de pájaros. Bastante ha sufrido ya como para que vengas a desestabilizarlo.
La palabra "monstruo" hizo que mi propia energía peligrosa amenazara con salir a la superficie, pero me obligué a respirar hondo, recordando la foto que Enya me había enseñado. Le sostuve la mirada, fijándome por primera vez en el dolor real que se escondía detrás de toda esa fachada de rabia.
—No vengo a desestabilizar a nadie, Ares —dije, bajando sutilmente el tono, forzando una calma que me costaba la vida mantener—. Vengo porque el chaval me ha pedido que hable contigo. Y vengo porque anoche vi una foto de Logan.
Al escuchar el nombre de su hermano, la expresión de Ares cambió por completo. La furia ciega se transformó en un impacto visible, casi físico, que lo obligó a dar medio paso atrás. Su mandíbula se apretó tanto que pareció que iba a sangrar.
—No te atrevas a pronunciar su nombre —susurró Ares, con una voz temblorosa por la mezcla de rabia y un dolor antiguo—. Tú no tienes derecho. Tú no eres parte de esto. No sabes nada de lo que pasamos, de lo que dolió perderlo.
—Sé que no estuve aquí, Ares. Sé que Gael me mantuvo al margen y que nunca llegué a cruzar una sola palabra con él —admití, dando un paso al frente de forma pausada—. Pero anoche entendí por qué me miras como si quisieras matarme cada vez que me cruzo en tu camino. No es porque sea un híbrido, o al menos no solo por eso. Es porque cada vez que me miras a la cara, estás viendo al hermano que te arrebataron.
El silencio que se instaló en el claro fue sepulcral, solo roto por el discurrir del agua del riachuelo. Ares desvió la mirada por primera vez, clavándola en el suelo mientras apretaba los puños con una impotencia que llevaba años arrastrando. Los hombros, antes rígidos y dispuestos para la pelea, se le hundieron sutilmente.
—Es una maldita broma de mal gusto —confesó Ares tras un largo rato, con la voz rota, desprovista de la agresividad de antes—. Es injusto. Logan era el mejor de nosotros. Era un wulver puro, noble, el que mantenía unida a esta maldita familia... Y que te hayan dado a ti su misma cara, sus mismos gestos, su forma de plantarse ante los demás... Es como si el destino se estuviera riendo de mí en mis propias narices.
—No elegí nacer así, Ares. Ni elegí tener su físico —le recordé, suavizando mi postura—. Pero Gràdh no ve una burla en mí. Ve un reflejo de su padre. Anoche se me acercó porque necesita aferrarse a lo único vivo que le queda de la sangre de Logan. Si me odias a mí, adelante, no me importa tu aprobación. Pero no le quites al chaval la oportunidad de tener algo parecido a un tío cerca.
Ares levantó la cabeza despacio. La tensión asesina se había aplacado, dejando paso a una resignación pesada y real. Me miró fijamente, ya sin el desprecio ciego de antes, asimilando mis palabras y la verdad que conllevaban.
—Es difícil, Marcus. Muy difícil —admitió, soltando un suspiro largo y cargado de un cansancio acumulado de años—. No te voy a recibir con los brazos abiertos de la noche a la mañana, ni pretendas que seamos una familia feliz. Pero... si el chaval confía en ti, y si de verdad estás dispuesto a no causarle más daño... no me interpondré en que lo veas.
Asentí sutilmente con la cabeza, aceptando los términos de aquella tregua silenciosa. La conversación no había borrado el pasado, pero por primera vez, el hielo entre los dos había empezado a romperse sobre la base de una herida compartida.
Ares se sentó de nuevo en la roca, apoyando los codos en las rodillas y entrelazando los dedos, manteniendo la mirada fija en el riachuelo. El ambiente seguía cargado, pero la hostilidad violenta había dejado paso a una atmósfera pesada, densa por los recuerdos que empezaban a emerger.
Me acerqué unos pasos más, apoyando la espalda contra el tronco de un pino grueso, cruzándome de brazos.
—Crees que tener esta cara es una bendición o una burla del destino, Ares —comencé, con una voz profunda que cortó el murmullo del agua—, pero para mí, mi propia existencia ha sido una maldición desde el primer maldito día. No tienes ni idea de lo que fue crecer bajo el yugo de Gael. Y mucho menos con la madre que me tocó, Muriel.
Ares levantó la cabeza sutilmente, escuchando con atención, aunque sin decir nada.
—Vosotros, al menos, tuvisteis una infancia —continué, sintiendo cómo una vieja amargura me quemaba la garganta—. Tuvisteis una madre que os quería, que os protegía y que os dio calor. Yo jamás tuve nada de eso. Ni padre, ni madre. Gael y Muriel no me veían como a un hijo, no veían a un niño. Para ellos yo solo era un experimento, un arma de destrucción que debían moldear a base de golpes, aislamiento y crueldad. Fui entrenado para matar, para ser el monstruo que todos temían, encerrado en vida mientras vosotros teníais un hogar.
Ares apretó los dientes, y una sombra de culpa cruzó sus ojos claros. Desvió la mirada hacia las piedras del río, y cuando volvió a hablar, su voz sonó más rota y apagada que nunca.
—Yo me culpo cada día de mi puta vida por lo que pasó, Marcus —confesó, y por primera vez sentí que se estaba abriendo de verdad, despojándose de todo su orgullo—. Me culpo porque decidí ser ciego. No quise ver la realidad que tenía delante de mis narices. No quise ver que Gael... que nuestro padre, había matado a su propia mujer. A mi madre.
Me tensé contra el árbol, clavando mis ojos en él. Esa parte de la historia no la conocía en detalle.
—La asesinó a sangre fría para poder quitarse las cadenas y huir con Muriel, tu madre —siguió Ares, con los nudillos volviéndose blancos por la presión—. Yo era joven, admiraba a Gael y me negaba a aceptar que el chamán de mi clan fuera un asesino despiadado. Pero Logan... Logan sí lo sabía. Él me avisaba constantemente antes de morir. Me repetía una y otra vez que Gael era un monstruo, que estaba podrido por dentro y que terminaría destruyéndonos a todos. Y yo no quería verlo. Discutía con mi hermano, le gritaba, le decía que estaba loco por desconfiar de nuestro padre. Qué estúpido fui.
Ares soltó un suspiro tembloroso, pasándose una mano por el rostro con una frustración palpable.
—Solo abrí los ojos cuando ya era demasiado tarde, cuando Logan ya no estaba para protegerme y Gael quiso acabar conmigo. Estaba tan ciego que no lo vi venir... y lo peor es que te utilizó a ti. Te mandó como su arma perfecta para ejecutarme, para borrarme del mapa. Y lo habrías hecho, Marcus, si las cosas no hubieran cambiado en el último segundo. El destino dio un giro cuando te uniste a Eilis en mitad de aquella batalla. Veros luchar juntos, ver cómo te rebelabas contra las órdenes de Gael por ella... eso fue lo que me salvó la vida. Mi ceguera casi nos cuesta la existencia a todos, y que tuviera que ser el hijo de Muriel quien detuviera a ese monstruo... es algo que todavía me cuesta procesar.
Me quedé en silencio, asimilando la crudeza de sus palabras. El monstruo en mi interior pareció aplacarse por completo, comprendiendo que, al fin y al cabo, ambos habíamos estado en los bandos contrarios de una guerra provocada por los mismos malditos verdugos. Ares no solo arrastraba el luto por la muerte de su hermano; cargaba con la culpa de haber adorado a un padre que terminó usando a su propio hermano híbrido para intentar asesinarlo en el campo de batalla.
El silencio volvió a adueñarse del claro, pero esta vez ya no era un silencio tenso ni cargado de desconfianza. Era el peso de la verdad compartida, el eco de una batalla que ambos habíamos librado en bandos opuestos y que, de alguna manera, nos había dejado las mismas cicatrices.
Me despegué del tronco del árbol y di un par de pasos hacia él, acortando la distancia de forma pausada, con las manos a la vista. La bestia en mi interior guardaba un respeto sumiso ante la honestidad de Ares; por fin hablábamos el mismo idioma.
—Cometiste errores, Ares, igual que los cometí yo —dije, captando de inmediato su mirada cansada—. Pero Gael ya no está para ponernos a pelear en campos de batalla que nunca elegimos. No podemos cambiar el pasado, ni yo puedo borrar el hecho de que fui el arma que enviaron para destruirte.
Ares exhaló un suspiro pesado, apoyando las manos en las rodillas.
—Lo sé —contestó en un hilo de voz—. Pero mirar tu cara sigue siendo... jodido. Además, las cosas no han terminado. Tu madre sigue ahí fuera.
Una sombra fría me cruzó el rostro al escuchar la mención de esa mujer.
—Lo sé perfectamente. Gael está muerto, pero Muriel no —asentí, apretando los puños con fuerza—. Consiguió huir en el último momento, y conozco demasiado bien cómo funciona su mente retorcida. Está escondida, lamiéndose las heridas, pero no se va a quedar de brazos cruzados. Sé que volverá y que nos querrá atacar con todo lo que tenga para cobrarse su venganza.
Ares levantó la cabeza despacio, sus ojos fijos en los míos, asimilando la amenaza real que se cernía sobre nosotros.
—Sé que te va a costar la vida aceptarme, Ares —continué, manteniendo la voz firme—. Sé que cada vez que me mires vas a ver a Logan y vas a recordar la traición de nuestra familia. No te estoy pidiendo que lo olvides de la noche a la mañana, pero quiero ser tu hermano. De verdad. No tenemos por qué seguir siendo enemigos cuando hay un peligro real acechándonos. Vamos a intentarlo, al menos por el chaval. Ahora nos tenemos el uno al otro, y somos lo único que queda para proteger a los nuestros de lo que Muriel está planeando. No dejemos que nos destruya.
Ares se quedó mirándome durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, la rigidez de sus hombros cedió por completo. Se levantó de la roca y, aunque no hubo abrazos ni gestos efusivos, extendió su mano derecha hacia mí. Era un pacto de sangre, una tregua real firmada en mitad del bosque wulver ante la tormenta que sabíamos que se avecinaba.
Estreché su mano con fuerza, sintiendo el agarre firme de un hermano que, a pesar de todo el dolor del pasado, estaba dispuesto a unirse a mí para dar caza a la mujer que nos quería ver muertos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.