El vínculo prohibido: El precio de la sangre

12 Marcas

Marcus

La casa se me cayó encima en cuanto el eco del portazo de Eilis terminó de apagarse. Me quedé inmóvil en mitad del dormitorio, con la respiración agitada y un silencio sepulcral rodeándome. Pasé los dedos por mi mejilla izquierda; todavía me ardía el lugar donde me había cruzado la cara, pero ese dolor no era nada comparado con el vacío punzante que me devoraba el pecho.
La había cagado. Dioses, la había cagado hasta el fondo.
La gente como yo, con la sangre dual arañándonos las entrañas, no solemos medir las consecuencias cuando la bestia toma las riendas. Había dejado que la rabia me gobernara y le había escupido las palabras más destructivas posibles a la única persona que se había atrevido a amarme tal y como era.
Desesperado, bajé al salón a trompicones, agarré el teléfono y marqué el único número que mi orgullo me permitía en un momento de crisis. Necesitaba hablar con alguien que supiera lo que era lidiar con esta maldita naturaleza.
—¿Marcus? —la voz de Druso sonó al otro lado de la línea, pero de fondo se escuchaba el murmullo de otras voces.
—La he jodido, Druso —solté sin preámbulos, con la voz rota y apoyando la frente contra la pared—. La he cagado con Eilis. Se ha marchado. Le he dicho... le he dicho una burrada que no tenía que haber salido jamás de mi boca. Estoy perdiendo el puto control.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio repentino. Druso, que compartía conmigo esa misma condición de híbrido y que sabía perfectamente lo volátil que podía ser nuestro temperamento, comprendió la gravedad del asunto de inmediato. En ese momento, se encontraba en su casa junto a su hermano Alan y con el propio hermano mío y cuñado de Druso, Ares, analizando los movimientos en la frontera.
—Quédate ahí, Marcus. No te muevas —dijo Druso con tono grave antes de colgar.
No pasaron ni veinte minutos cuando escuché el motor de un coche detenerse frente a la casa. Esperaba ver entrar a Druso, pero la puerta se abrió para dejar pasar a una figura diferente. Era Ares. Mi hermano, el hombre con el que apenas esa mañana había enterrado el hacha de guerra en el bosque.
Ares entró en el salón a paso lento, con las manos metidas en los bolsillos de su cazadora de cuero. Me miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo en la marca roja que cruzaba mi mejilla, y soltó un suspiro pesado antes de sentarse en el sillón frente a mí.
—Druso me ha dicho que estabas al límite —comenzó Ares, cruzándose de piernas—. Y por la cara que traes, veo que la dearg te ha dejado un bonito recuerdo de despedida. Desembucha, Marcus. ¿Qué cojones ha pasado?
Me senté en el sofá, hundiéndome en el cojín y pasándome las manos por la cara, completamente agotado. No me guardé nada. Le conté la estúpida discusión con Connor, cómo me había metido en medio para frenarlos y cómo, al quedarnos solos, la tensión entre Eilis y yo había estallado. Le repetí, palabra por palabra, la atrocidad que le había gritado sobre las mujeres de mi pasado y lo mucho que me arrepentía.
Cuando terminé de hablar, me quedé mirando al suelo, esperando que Ares se riera de mí o que me soltara que me lo merecía por imbécil. Pero no lo hizo.
Ares se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en sus rodillas, mirándome con una comprensión que me descolocó por completo. Ya no veía en mí al enemigo; veía a su hermano pequeño rompiéndose en pedazos.
—La has cagado, sí, y bien herido tienes el orgullo —dijo Ares con una voz inusualmente suave pero firme—. Pero no estás furioso con ella, Marcus. Estás asustado. Estás cargando con demasiado peso sobre la espalda y has terminado pagándolo con la persona que menos lo merecía.
Levanté la vista, frunciendo el ceño, pero él continuó antes de que pudiera interrumpirle.
—Mírate. Eres un híbrido, una fuerza de la naturaleza que ni tú mismo terminas de comprender. Llegas aquí y todo el mundo te mira con miedo, como si fueras a degollarlos si parpadean mal. Cargas con el estigma de ser el hijo de Gael, tienes a todo un clan dearg juzgando cada paso que das con Eilis, y por si fuera poco, nos enteramos de que Muriel, tu propia madre, sigue viva y nos va a dar caza a todos. Es demasiada presión para un solo hombre, Marcus. Has estallado porque estabas saturado.
Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Escuchar a Ares verbalizar todo lo que yo intentaba enterrar bajo capas de arrogancia y violencia me golpeó directo en el pecho.
—Eilis no es una de las tías de tu pasado, y lo sabes —continuó Ares, dándome una palmada firme en el hombro—. Ella se ha jugado la vida y su lugar en su clan por estar contigo. Te ha visto en tu peor versión y se ha quedado. Si le has dicho eso, le has dado donde más le duele. Pero escúchame bien: ahora no te vayas a comportar como el monstruo que Gael quería que fueras. No te encierres en tu rabia.
—¿Y qué se supone que hago? —pregunté con la voz ahogada—. Me va a matar si me acerco.
—Deja que se enfríe la sangre —aconsejó Ares, levantándose del sillón y mirándome desde arriba con una media sonrisa—. Los dearg son orgullosos, pero ella te ama. Dale unas horas para que asimile el golpe, y luego vas y le pides perdón como el hombre que eres, no como el híbrido descontrolado. Tienes un hermano ahora, Marcus. No estás solo para llevar este peso. Aprende a compartir la carga antes de que te destruya a ti y a lo único bueno que tienes.
Ares se quedó un rato más en el salón, compartiendo un silencio que ya no pesaba, sino que sostenía. Su sola presencia me sirvió de anclaje para no dejar que el híbrido se sumiera en la autodestrucción. Cuando finalmente se levantó, me dio un último golpe firme en el hombro a modo de despedida y abandonó la casa, dejándome a solas con mis pensamientos.
El aire dentro de las cuatro paredes me resultaba asfixiante, así que salí al porche. Me apoyé contra la barandilla de madera, contemplando cómo el cielo comenzaba a teñirse de tonos oscuros y el frío de la tarde golpeaba mi rostro. Tenía la cabeza a mil revoluciones, repitiendo el eco de mis propias palabras hirientes una y otra vez.
Fue entonces cuando escuché unos pasos sobre la grava.
Alcé la vista de golpe y la vi. Eilis caminaba hacia la entrada de la casa con la barbilla en alto y la mirada fija al frente, completamente imperturbable. Su rostro era una máscara de hielo. Subió los escalones del porche y pasó por mi lado como si yo fuera un puto fantasma, como si no existiera, dispuesta a cruzar el umbral sin dirigirme la palabra.
No pude evitarlo. El miedo a perderla de verdad superó a cualquier atisbo de orgullo que me quedara.
La agarré firmemente del brazo antes de que tocara el pomo de la puerta y tiré de ella hacia mí con un movimiento rápido, pero sin violencia. Mi cuerpo la atrapó contra el mío, anulando toda distancia. Con la respiración entrecortada por la desesperación, incliné la cabeza y hundí mi rostro en la curva de su cuello, aspirando profundamente su aroma a canela y piel viva, ese olor que me devolvía la cordura y que por poco saboteo para siempre.
—Suéltame, Marcus —siseó ella, completamente rígida en mis brazos, aunque noté el leve temblor en su voz—. Suéltame ahora mismo. No quiero tocarte.
—No —susurré contra su piel, negándome a dejarla ir, rodeando su cintura con mis brazos para acunarla contra mi pecho—. No te voy a soltar. Mírame, por favor... Mírame.
Eilis se giró despacio en mi agarre, obligada por mi cercanía, clavando en mí unos ojos inyectados en rabia y dolor. La marca de mi bofetón apenas se intuía en mi mejilla, pero el daño en sus ojos era evidente.
—Fui un completo imbécil, Eilis —le dije, y mi voz, siempre dura y amenazante, sonó desarmada, teñida de una ternura que solo ella lograba sacar de mí—. Lo que te dije en esa habitación es la mayor mentira que ha salido de mi boca. Estaba asustado, acorralado por mis propios demonios y por el peso de todo lo que se nos viene encima, y pagué mi frustración con lo único sagrado que tengo en esta vida.
Acaricié su mejilla con el pulgar, buscando su mirada con una intensidad que pretendía desnudar mi alma ante ella.
—Tú no eres como las demás, Eilis. Nunca lo has sido. Eres la única mujer que ha conseguido entrar en este infierno que llevo dentro y encender una luz. Eres mi redención, mi fuerza y lo mejor que me ha pasado jamás. Me he pasado la vida rodeado de destrucción, pero contigo... contigo quiero construir algo real. Por favor, perdóname. No dejes que mi estupidez nos destruya.
Eilis se quedó completamente quieta contra mi pecho por unos instantes, con la respiración agitada y los ojos clavados en los míos. Pude notar el conflicto interno que la desgarraba; la rabia dearg, orgullosa y ardiente, luchaba con fuerza contra el amor que sentía por mí. El silencio en el porche se volvió tan denso que casi podía escuchar el latido desbocado de su corazón respondiendo al mío.
Desvió la mirada hacia el horizonte por un instante, tragando saliva, y cuando volvió a mirarme, el hielo de sus ojos se había empezado a derretir, dejando ver la profunda herida que mis palabras le habían causado.
—Me dolió, Marcus —confesó en un suspiro roto, y su voz sonó tan vulnerable que sentí un tirón violento en las entrañas—. Me dolió porque sé exactamente qué monstruos habitan en tu cabeza y, aun así, decido quedarme todos los días. Que usaras eso para rebajarme... para compararme con tu pasado... No vuelvas a hacerme eso, Marcus. No vuelvas a alejarme de esa manera. Si la tormenta viene, la vamos a recibir juntos. Con Muriel, con los clanes o con lo que haga falta. Pero tú y yo no nos destruimos.
Sin embargo, en cuanto terminó de hablar, colocó las manos firmes contra mi pecho y, con un movimiento decidido, se soltó de mi agarre, dando un paso hacia atrás para marcar distancia. Mis brazos quedaron vacíos en el aire, sintiendo de inmediato el frío de la tarde.
—Pero que te perdone no significa que todo vuelva a ser como antes en cinco minutos —sentenció, sosteniéndome la mirada con una dignidad imponente, recuperando esa fuerza dearg que tanto me fascinaba—. Necesito tiempo, Marcus. Necesito respirar y asimilar esto.
Se dio la vuelta y, esta vez sin que yo intentara detenerla, cruzó el umbral de la puerta y entró en la casa, dejándome solo en el porche.
Me quedé allí quieto, mirando la puerta cerrada, asimilando sus palabras. Me dolía la distancia, pero una parte de mí respiró aliviada; no me había abandonado, seguía dispuesta a luchar a mi lado. Iba a respetar su espacio el tiempo que hiciera falta, porque por una mujer como Eilis, estaba dispuesto a aprender lo que significaba tener paciencia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.