El vínculo prohibido: El precio de la sangre

13 Sangre y ceniza

Marcus

La madrugada se colaba por las rendijas de las persianas, tiñendo el dormitorio de un tono grisáceo y frío. En la cama, el silencio por fin era absoluto. Después de la tormenta de reproches, del bofetón que aún me escocía sutilmente en la mejilla y de la salvaje y despiadada reconciliación en la cocina, la paz se había instalado en nuestra habitación.
Eilis dormía profundamente a mi lado, completamente desnuda, con la cabeza apoyada en mi pecho y una de sus piernas enredada entre las mías. Su respiración era un compás suave y rítmico que conseguía apaciguar el runrún constante de mi bestia. Yo la rodeaba con un brazo, acariciando inconscientemente las marcas leves que mis dedos habían dejado en su cadera horas antes, atrapado en ese limbo perfecto entre el cansancio y la vigilia.
Habían pasado apenas unas horas desde que Ares se marchó de casa, dejándome el consejo de que compartiera la carga. Mirando a Eilis en la penumbra, supe que tenía razón. No estaba solo.
De repente, los hilos de mi sueño se cortaron en seco.
La bestia en mi interior se erizó, pegando un zarpazo en las paredes de mi mente. No hubo un ruido previo, solo un cambio drástico en la presión del aire y un sutilísimo olor que se filtró desde la planta baja. Un olor rancio, químico, mezclado con el hedor a azufre de la magia negra. Un olor que conocía demasiado bien y que congeló la sangre en mis venas.
*Peligro.*
Me tensé como una cuerda de piano. Antes de que pudiera procesar el aviso de mi instinto, la noche se rasgó de forma violenta.
*¡CRASH!*
El ventanal del salón, justo debajo de nosotros, estalló en mil pedazos. El estruendo fue seguido de un golpe seco y brutal que hizo crujir las vigas de madera del porche delantero. Un rugido espantoso, distorsionado, una mezcla de aullido agónico y rabia ciega que no pertenecía a ningún animal herido, reverberó en toda la casa.
Eilis se despertó de golpe, incorporándose en la cama con el corazón desbocado y los ojos desorbitados por la confusión del sueño interrumpido.
—Marcus... ¿qué ha sido...? —empezó a susurrar, pero no la dejé terminar.
—¡Quédate detrás de mí! —rugí, saltando de la cama en un movimiento puramente felino.
No había tiempo para buscar ropa, ni para estrategias, ni para respirar. Estábamos completamente desnudos y expuestos en mitad de la madrugada. En un parpadeo, dejé que el híbrido tomara el control absoluto de mi cuerpo: mis pupilas se dilataron hasta engullir el iris en un pozo negro, mis colmillos rasgaron mis encías y las garras brotaron de la punta de mis dedos, listas para destrozar.
La puerta del dormitorio saltó por los aires hecha astillas antes de que pudiera cruzar el umbral.
Dos siluetas enormes, deformes y monstruosas se abalanzaron al interior de la habitación. Al verlas, una descarga de pura bilis me subió por la garganta. Eran ellos. Los experimentos de Muriel. Híbridos fallidos, aberraciones genéticas que mi madre creaba en sus laboratorios secretos inyectando magia oscura en carne mutada. Tenían la piel grisácea, llena de cicatrices y venas negras que latían con fuerza, garras hipertrofiadas y unos ojos inyectados en un brillo violáceo letal.
El primer engendro se lanzó directo hacia mí con las fauces abiertas.
Lo recibí a mitad de camino con un impacto brutal de mi hombro. El choque de nuestros cuerpos sonó como un trueno en el dormitorio cerrado. Rodamos por el suelo en una amalgama de golpes secos, garras y dientes. El monstruo intentó arrancarme la yugular de un bocado, pero yo era más rápido, más letal y estaba defendiendo mi territorio. Le clavé las garras directamente en los costados, desgarrando esa carne corrupta que apestaba a azufre, y con un rugido salvaje que me desgarró la garganta, apoyé mis manos en su mandíbula y se la partí en dos con un chasquido seco.
Mientras terminaba de ahogar el estertor del primero, alcé la vista. El segundo mutante esquivó el cuerpo de su compañero y saltó sobre la cama, arrinconando a Eilis contra el cabecero.
La rabia dearg de mi mujer estalló en ese mismo instante. Sin ropa que la protegiera, se movió con una agilidad asombrosa. Sus manos se envolvieron en unas llamaradas anaranjadas que iluminaron el dormitorio con un destello infernal. Esquivó la primera embestida del monstruo echando el cuerpo a un lado y le plantó las dos palmas envueltas en fuego directo en el pecho.
La criatura aulló cuando su piel empezó a carbonizarse, pero el sadismo de mi madre los había vuelto inmunes al dolor. El mutante ignoró las llamas, agarró a Eilis del pelo y la estampó contra el suelo del dormitorio, subiéndose encima y presionando una garra hipertrofiada contra su garganta para aplastarle la tráquea.
El mundo se volvió completamente rojo ante mis ojos. Verla allí abajo, desvalida, a merced de una de las creaciones de la mujer que me había arruinado la vida, desató al monstruo real que llevo dentro.
—¡Quítale tus putas manos de encima! —bramó una voz que ya no era la mía, sino el rugido unificado del lobo y el dearg.
Crucé la habitación en un salto sobrenatural. Caí sobre la espalda del experimento como un depredador sobre su presa. Le hundí las garras en los hombros, desgarrando músculo y hueso, y lo levanté en vilo, arrancándolo de encima de Eilis con una fuerza descomunal. Lo arrojé contra el gran espejo del tocador, que se hizo añicos al recibir el impacto.
Antes de que la aberración pudiera reaccionar entre los cristales, me arrojé sobre ella. Perdí los papeles por completo. No hubo técnica, solo una violencia ciega, sádica y brutal. Golpeé su rostro con mis puños una, otra y otra vez, machacando sus huesos contra las tablas del suelo, descargando toda la frustración, el miedo y el odio acumulado de mi vida entera hasta que la cabeza del monstruo quedó reducida a una masa informe y negra sobre el suelo.
El silencio de la madrugada regresó de golpe, roto únicamente por mis jadeos pesados y el siseo del fuego de Eilis que terminaba de consumirse. El dormitorio exhalaba un olor insoportable a sangre quemada y muerte.
Me giré despacio, con las garras aún goteando ese fluido oscuro y espeso, y busqué a mi mujer. Eilis estaba en el suelo, frotándose el cuello, tosiendo sutilmente pero con los ojos encendidos en pura adrenalina. Me acerqué a ella a trompicones, extendiéndole mi mano ensangrentada para levantarla.
—¿Estás bien? —conseguí articular, con la voz pastosa y los pulmones quemándome.
Ella tomó mi mano y se puso en pie, limpiándose un hilo de sangre que le corría por el labio. Miró los cadáveres deformes y luego me miró a mí.
—Esa maldita loca... Ha enviado a sus perros a nuestra propia casa —siseó con una furia fría.
—No han venido solo a matarnos, Eilis —dije, sintiendo cómo el instinto de rastreador me ponía alerta de nuevo. Mis ojos se desviaron hacia la planta baja—. El golpe del principio... no fue el de estas cosas al romper la ventana. Hubo algo más.
Caminamos a paso lento fuera del dormitorio, bajando las escaleras destrozadas a oscuras, sorteando las astillas y los cristales que cubrían los escalones. El salón estaba devastado, pero la puerta principal del porche había quedado entornada de par en par, dejando entrar el viento gélido de la noche.
Empujé la puerta con el pie. Allí, tirado justo en mitad de la madera del porche, había un saco de arpillera empapado en una sangre roja y brillante que aún humeaba por el frío de la madrugada.
Me agaché y abrí la tela con cuidado. Un nudo me apretó la garganta. Dentro estaba la cabeza cercenada de uno de los centinelas wulver que Ares tenía apostados en la linde de nuestro territorio. Un chico joven. Alcé la mirada hacia la pared del porche y lo vi. Escrito con la propia sangre del lobo, en letras grandes, erráticas y burlonas, se leía el mensaje de mi madre:
> *"Gael era débil, Marcus. Yo no cometo errores. Voy a recuperar a mi arma y a extinguir a tu nueva familia. Nos vemos pronto, hijo."*
>
Me levanté lentamente, contemplando la firma de la mujer que me había dado la vida solo para convertirme en un monstruo. Sentí cómo la última gota de duda desaparecía de mi interior. Eilis se acercó por detrás, abrazándose a sí misma para protegerse del frío nocturno, clavando sus ojos en la pared.
La tregua con mi hermano, la paz que acabábamos de encontrar... Muriel venía a destruirlo todo.
—Ya no podemos esperar a que ella dé el siguiente paso —dijo Eilis, y su voz no temblaba; exigía sangre—. Hay que avisar a todos. Ahora mismo.
Apreté los puños, dejando que las garras se retrajeran despacio mientras miraba la cabeza del vigía wulver. El tiempo de las discusiones y de los miedos se había terminado.
—Vístete, Eilis —sentencié, con una frialdad que prometía una guerra sin cuartel.
El trayecto hasta la sede del clan fue un viaje de puro silencio y tensión. Dejamos atrás los cadáveres deformes y la cabeza del centinela wulver, pero el mensaje de mi madre seguía grabado a fuego en mi mente. Al llegar, la base era un hervidero de actividad a pesar de las horas. La noticia del ataque y de la baja en la frontera había corrido como la pólvora.
Nos reunimos en la sala principal de la sede, alrededor de la gran mesa de madera. Allí estaban Druso, con el rostro ensombrecido por la pérdida de uno de los suyos; su hermano Alan; mi hermano Ares, que mantenía una calma tensa y peligrosa; y Lug, el anciano sabio del clan, que observaba todo con esos ojos que parecían haber visto pasar tres vidas enteras.
Eilis y yo, ya vestidos pero aún con la adrenalina pegada a la piel, nos plantamos frente a ellos. Fui yo quien tomó la palabra, explicando de forma milimétrica cada detalle del asalto nocturno. Les hablé de los dos híbridos fallidos que habían reventado nuestro dormitorio, de la mutación de su carne grisácea, de sus venas negras y de la inmunidad al dolor que Muriel les había infligido. También describí el macabro regalo que nos dejó en el porche y la declaración de guerra firmada con sangre.
Durante todo mi relato, los presentes escuchaban con gravedad, asintiendo o apretando los puños. Pero cuando llegué a la parte del combate en la habitación y describí cómo nos habíamos defendido, Lug, que había permanecido en silencio apoyado en su bastón, alzó la mano de golpe, interrumpiéndome.
Sus ojos ancianos se clavaron directamente en Eilis.
—Espera un momento, Marcus —dijo Lug, con una voz profunda que hizo que toda la sala guardara un respeto absoluto—. Has dicho que la criatura tenía a Eilis atrapada contra el suelo y que ella se defendió... ¿con llamas?
Eilis, que estaba a mi lado con los brazos cruzados y la mirada cansada, parpadeó un par de veces, visiblemente perpleja. Vi cómo miraba sus propias manos, las palmas limpias, como si acabara de caer en la cuenta de algo que su cerebro había enterrado bajo el pánico del ataque.
—Yo... sí —titubeó ella, con una expresión de desconcierto que jamás le había visto—. Invoqué mi fuego interno. Mis manos se cubrieron de llamas anaranjadas. Fue puro instinto para apartar a esa cosa de encima, pero... no lo había vuelto a pensar hasta ahora. Con todo lo que pasó después con el mensaje...
—Muchos dearg manipulan el calor, canalizan la energía del lago o encienden pequeñas brasas —continuó Lug, dando un paso hacia el frente, sin apartar la vista de ella—. Pero generar fuego vivo y puro directamente de la piel, quemar la carne de un monstruo mutado sin quemarte tú misma... Eso no es un truco de defensa, muchacha. Ese es tu poder. Tu verdadero don.
Eilis se quedó de piedra, mirándome a mí en busca de alguna respuesta, pero yo solo pude sostenerle la mirada, igual de impactado.
—No entiendo —insistió ella, dando un paso atrás—. Nunca antes había tenido esa fuerza. Mi fuego siempre fue... ordinario. Controlado.
Lug dejó escapar una sonrisa sabia, casi mística, que contrastaba con la oscuridad de la reunión.
—Porque estabas sola, Eilis —sentenció el anciano, señalándonos a ambos con el dedo—. Los dones más antiguos y destructivos de nuestra estirpe permanecen dormidos hasta que se completa el ciclo. Al estar con Marcus, al haber aceptado vuestro lazo de destino y unirte a tu pareja de sangre, tu magia está madurando. Se está desarrollando cómo en su momento lo hizo Enya. Él es la fuerza bruta, el catalizador, pero tú... tú eres el fuego vivo, Eilis. El fuego que va a consumir a los que intenten cazarnos.
Las palabras de Lug cayeron en la sala como un balde de agua helada, pero mientras los demás miraban a Eilis con una mezcla de asombro y respeto, a mí se me revolvieron las entrañas. Un frío horrible me recorrió la espina dorsal, un miedo que no tenía nada que ver con el temor a morir, sino con el terror absoluto a lo que estaba por venir.
Miré a Eilis. Ella seguía observándose las manos, abrumada por la revelación de su propio poder, pero mi mente, que conocía perfectamente los mecanismos retorcidos de la mujer que nos acechaba, conectó los hilos de inmediato.
—No... —susurré, y mi voz sonó tan sombría que captó la atención de Ares y Druso al instante. El híbrido dentro de mí empezó a arañar el pecho, desesperado—. No, esto es un problema. Un problema enorme.
—¿De qué estás hablando, Marcus? —preguntó Ares, dando un paso hacia la mesa, frunciendo el ceño—. Tu mujer acaba de manifestar un poder legendario. Si vamos a ir a la guerra contra Muriel, que ella sea capaz de carbonizar a sus engendros es una ventaja, no un problema.
—No conoces a mi madre, Ares —le solté, girándome hacia él con los ojos negros fijos y la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes—. No tenéis ni puta idea de cómo funciona su cabeza.
Me apoyé con ambas manos sobre la mesa de madera, inclinándome hacia el centro, sintiendo cómo la adrenalina de la batalla volvía a transformarse en una furia protectora.
—Muriel no envía a sus experimentos a una misión suicida solo para dejar una nota —expliqué, mirando a Druso y luego a Lug—. Esos mutantes no vinieron solo a matarnos. Vinieron a ponernos a prueba. Vinieron a medir nuestras fuerzas, a ver cómo reaccionábamos. Y ahora mi madre ya tiene su respuesta.
Me giré despacio hacia Eilis, que me miraba con los ojos muy abiertos, captando por fin la gravedad de mis pensamientos.
—Ella lo sabe —dije, y la voz casi se me quebró de la rabia—. Muriel ya sabe lo que eres, Eilis. Sabe lo que has desarrollado al unirte a mí.
Pasé una mano por mi cabello, frustrado, caminando de un lado a otro de la sala bajo la atenta mirada del clan. La verdad me golpeaba con una claridad espantosa.
—Durante años, mi madre me torturó y me moldeó porque me consideraba su arma perfecta, su mayor logro genético —continué, deteniéndome frente a mi mujer y tomándola de los hombros con firmeza, necesitando transmitirle mi urgencia—. Pero ella siempre ha estado obsesionada con el poder puro, con la evolución, con la magia antigua. Si Eilis es el fuego vivo... si su don ha despertado gracias a nuestro lazo... ahora ella es diez veces más valiosa para mi madre de lo que yo lo he sido nunca.
El silencio regresó a la sede, esta vez cargado de un horror compartido. Druso maldijo entre dientes y Ares se cruzó de brazos, asimilando la jugada.
—Muriel no va a querer destruirte, Eilis —sentencié, mirándola a los ojos con toda la verdad de la que era capaz—. Va a querer capturarte. Va a querer diseccionarte, entender tu fuego, replicarlo o usarte como la pieza central de sus próximos experimentos. Te has convertido en su mayor trofeo.
Apreté el agarre en sus hombros, atrayéndola un milímetro más hacia mí. La idea de que esa psicópata pusiera un solo dedo sobre ella me quemaba por dentro. Si antes estaba dispuesto a matar a mi madre por venganza, ahora lo haría por pura supervivencia. No iba a permitir que la historia se repitiera. No con Eilis.




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