El vínculo prohibido: El precio de la sangre

14 Distracciones peligrosas

Marcus

El sol de la mañana ya se filtraba sin piedad por las rendijas de las persianas, pero en nuestro dormitorio, la penumbra de las mantas aún nos mantenía a salvo del mundo exterior. Me removí entre las sábanas, sintiendo el cuerpo pesado pero con los sentidos completamente alerta. El cansancio de la batalla nocturna y la posterior bronca en la terraza habían dejado el ambiente cargado, pero ver a Eilis durmiendo a mi lado consiguió apaciguar a la bestia en mi interior.
Estaba completamente desnuda, con la piel bronceada contrastando contra las sábanas blancas, ajena a todo. Al contemplar sus curvas en la calidez de la cama, un deseo primitivo, agudo y posesivo me encendió la sangre. No me lo pensé. Con la agilidad de un depredador, me deslicé hacia abajo por el colchón, apartando la colcha despacio para no desvelarla antes de tiempo.
Me acomodé entre sus piernas. Sus muslos estaban suaves y tibios, y con mis manos los abrí delicadamente para dejar su intimidad expuesta ante mí. Acerqué el rostro, embriagado por su aroma, y posé la lengua directamente sobre su clítoris con una presión firme y certera.
El efecto fue inmediato. Eilis dio un respingo violento sobre el colchón, arqueando la espalda de golpe con un jadeo sordo que rompió el silencio del cuarto. Sus ojos se abrieron de par en par, nublados por la sorpresa del sueño interrumpido.
—Marcus... —murmuró con la voz ronca, intentando incorporarse sobre los codos.
No la dejé continuar. Presioné mis manos contra sus caderas para mantenerla fija en el colchón y continué lamiendo con un ritmo implacable. Usé la punta de la lengua para trazar círculos perfectos, saboreando su humedad, disfrutando de la forma en que sus dedos se clavaban en las sábanas mientras empezaba a respirar de forma entrecortada.
Justo cuando sentía que su cuerpo empezaba a tensarse, ganando temperatura por el placer, un sonido estridente cortó el aire.
*Riiing... Riiing...*
El maldito teléfono móvil de Eilis, tirado en la mesilla de noche, empezó a vibrar con insistencia. Ella intentó ignorarlo al principio, hundiéndose más contra mi boca, pero el aparato volvió a sonar inmediatamente después de cortar la primera llamada.
—Marcus, para... el teléfono —logró articular, jadeando, mientras intentaba apartar mis hombros.
Alcé la vista un segundo. Tenía las pupilas dilatadas y una sonrisa de suficiencia al ver cómo temblaba bajo mi control. Eilis estiró el brazo de forma torpe, alcanzó el aparato y miró la pantalla. Por su expresión, supe que era una llamada oficial; probablemente el cristalero del pueblo que Ares y Druso habían gestionado para reparar los ventanales destrozados del salón.
La vi tragar saliva, intentando forzar una voz normal antes de aceptar la llamada.
—¿Sí? ¿Hola? —dijo, esforzándose por no sonar ahogada.
—*¿Hola? ¿Eilis? Buenos días, soy Tomás, el cristalero* —la voz del hombre resonó sutilmente a través del auricular—. *Me han avisado del clan de que tuvisteis un... percance anoche con los ventanales de la casa alta. Estoy saliendo del taller y quería tomar nota de los daños exactos para llevar el material adecuado. ¿Qué medidas y qué tipo de vidrio tenemos que reponer?*
—Ah... sí, Tomás. Buenos días... —comenzó a decir.
Una chispa de pura travesura y posesión me recorrió las venas. Verla intentar mantener la compostura mientras yo la tenía a mi merced despertó el sadismo de la bestia. Volví a bajar la cabeza y, esta vez, pegué los labios por completo, succionando su clítoris con un hambre feroz.
—¡Ah...! —el gemido se le escapó de la boca antes de que pudiera evitarlo. Eilis se tapó la boca rápidamente con la mano libre, fulminándome con la mirada mientras sus caderas daban un sutil vaivén hacia arriba.
—*¿Perdone? ¿Ha dicho algo?* —preguntó el cristalero, confuso.
—No, no... nada. Un... un tropiezo —mentió ella de forma torpe. Sentía los espasmos de su vientre contra mi rostro, su calor dearg concentrándose en la pelvis—. Verás... son tres cristales grandes abajo, en el salón principal... y las maderas de... ¡uhm!
Aumenté la intensidad, usando mis dedos para abrirla más mientras mis labios la devoraban. Disfrutaba de cada milímetro de su sufrimiento placentero. Eilis estaba completamente vendida a mi boca, con los ojos puestos en el techo y el teléfono temblando en su mano.
—*¿Tres grandes en el salón? De acuerdo. ¿Son de doble capa o de seguridad?* —siguió el hombre, ajeno a la tortura de mi mujer—. *¿Y arriba? Me dijeron que también había daños en el piso superior.*
—Sí... arriba... la puerta del... del dormitorio —Eilis apretó las piernas alrededor de mi cabeza. Estaba al límite, el clímax la iba a hacer estallar en cualquier segundo. Sus músculos internos empezaron a contraerse de forma espasmódica—. Tomás, son de... ¡dios! ... de seguridad. Los de arriba también.
Sentí que se corría en mi boca, pero demostrando el control absoluto del híbrido, me detuve en el último milisegundo.
Separé la boca de ella, dejándola colgando del abismo, jadeando de pura frustración. Antes de que pudiera protestar, me deslicé hacia arriba sobre su cuerpo desnudo. La clavé contra el colchón con mi peso, sosteniéndole la mirada con fijeza animal. Le sujeté las caderas con dos manos de hierro y, de una sola embestida firme, directa y profunda, la penetré por completo.
—¡Oh...! —el grito de Eilis murió en su garganta, transformándose en un suspiro ahogado que fue a parar directo al micrófono del teléfono.
Tenerla así de estrecha, húmeda por mi propia saliva y ardiendo por el orgasmo retenido, casi me hace perder los papeles a mí también. Empecé a moverme despacio, con embestidas largas y pesadas que la obligaban a clavar las uñas en mis hombros para no gritar.
—*¿Eilis? ¿Sigue ahí? Necesito saber si los marcos de madera de arriba están dañados o si solo es el cristal* —insistió el cristalero.
—Los... los marcos... —la voz de mi mujer era un hilo trémulo, entrecortado por el ritmo rítmico de mis embates, que empecé a acelerar al notar cómo se arqueaba bajo mi cuerpo—. Los marcos están... están bien, Tomás. Creo que... ¡ah!... que solo es el cristal.
Le planté un beso corto y hambriento en los labios, devorando sus jadeos mientras continuaba golpeando desde abajo, haciendo crujir el cabecero de la cama con cada impacto seco. Verla sufrir para articular palabra mientras yo la poseía me resultaba jodidamente adictivo.
—*Perfecto. Pues apunto tres de seguridad para abajo y uno mediano para el dormitorio. Estaré allí en unos veinte minutos para ponerme con ello.*
—Sí... veinte minutos... perfecto. Aquí... aquí te esperamos —consiguió balbucear antes de colgar el teléfono de golpe y arrojarlo a cualquier parte de la cama.
En cuanto el aparato tocó el colchón, Eilis rodeó mi cuello con sus brazos y subió las piernas alrededor de mi cintura, tirando de mí con desesperación, incitándome a destrozarla. Ya no había llamadas, ni cristaleros, ni amenazas en el porche; solo la tormenta salvaje que volvía a estallar entre nosotros.
Terminamos de vestirnos a toda prisa, con la piel todavía encendida y la respiración tratando de recuperar la normalidad. Bajamos a la cocina para preparar algo de desayunar antes de que la casa se llenara de extraños. Sentados a la encimera, apenas habíamos dado los primeros sorbos al café cuando el motor de una furgoneta resonó en el patio delantera.
El cristalero había llegado puntual.
Fui a abrir la puerta principal, que aún seguía provisionalmente tapiada. Tomás, un hombre maduro, con el mono de trabajo y una caja de herramientas en la mano, entró echando un vistazo al desastre del salón con una mueca de asombro.
—Vaya avería, Marcus —comentó, silbando bajito—. Menudo vendaval os entró por aquí anoche, ¿eh?
—Sí, algo así —respondí con una amabilidad forzada, manteniendo la compostura—. Los tres ventanales de abajo son prioritarios. El del dormitorio de arriba puede esperar un poco si vas mal de tiempo.
—No te preocupes, subo primero a echar un ojo al de arriba para ver si el marco ha cedido con el impacto y luego me pongo con los grandes —dijo el hombre, enfilando las escaleras con paso pesado.
Regresé a la cocina y me apoyé contra la encimera, dándole otro trago al café. Eilis estaba sentada en uno de los taburetes, observándome de reojo con una sonrisa felina, cargada de una picardía que me hizo sospechar de inmediato. Todavía le escocía la jugarreta de la llamada telefónica, y sus ojos dearg brillaban con pura sed de venganza.
Desde el piso de arriba, la voz de Tomás resonó con fuerza, rebotando en el pasillo vacío.
—*¡Oye, Marcus!* —gritó el cristalero a voces—. *¡El marco del dormitorio está un poco astillado por el lateral! ¡¿Queréis que le meta un sellado reforzado de silicona negra o preferís que lo cepille un poco antes de encajar el vidrio de seguridad?!*
Me aclaré la garganta para responder a voces, pero antes de que pudiera emitir una sola palabra, Eilis se movió con la rapidez de una exhalación.
Se deslizó del taburete y se arrodilló en el suelo, metiéndose directamente debajo de la encimera, justo entre mis piernas.
—Eilis, no... —susurré, abriendo los ojos de par en par.
No le importó lo más mínimo. Con dedos ágiles, desabrochó el botón de mi pantalón y bajó la cremallera sin contemplaciones. Mi miembro, que apenas acababa de relajarse tras la sesión en la cama, se liberó de golpe. Eilis lo tomó entre sus manos y, sin perder un segundo, pegó los labios y pasó la lengua con una lentitud tortuosa a lo largo de toda mi largura, desde la base hasta la punta.
Un escalofrío violento me recorrió la espina dorsal. Me tensé por completo, clavando las manos en el borde de la encimera de granito con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos. La bestia en mi interior pegó un respingo, debatiéndose entre el instinto de rugir de placer y la necesidad de mantener el control.
—*¡¿Marcus?! ¡¿Me escuchas desde ahí abajo?!* —volvió a gritar Tomás, impaciente, y escuché sus pasos moverse por el pasillo de arriba.
Tragué saliva con dificultad, intentando que la voz no me temblara lo más mínimo mientras la boca caliente de Eilis comenzaba a succionarme con pasadas profundas y rítmicas, saboreándome de la misma forma en que yo lo había hecho con ella minutos antes.
—¡Sí, Tomás! ¡Te... te escucho! —bramé hacia el techo, esforzándome al máximo por sonar natural, aunque la mandíbula me castañeaba por el esfuerzo—. ¡Mete... mete el sellado reforzado! ¡No hace falta... ah... no hace falta cepillar!
Eilis alzó la vista hacia mí desde el suelo, con las mejillas encendidas y una mirada de absoluta victoria en sus ojos. Sabiendo el efecto que estaba causando, cerró los labios con más fuerza y aumentó el ritmo, jugando con la punta de mi miembro con una destreza que me estaba volviendo loco. Sentía cada una de sus succiones en el centro del pecho.
—*¡De acuerdo!* —la voz del cristalero volvió a resonar, esta vez un poco más cerca de las escaleras—. *¡¿Y para los ventanales del salón?! ¡¿Los queréis con el tinte ahumado para el sol o transparentes como los teníais antes?! ¡Es que los ahumados tardaré un par de días más en traerlos!*
El placer me estaba nublando la vista. Apoyé la frente contra uno de los armarios altos de la cocina, respirando de forma entrecortada por la nariz. Eilis me rodeó los muslos con los brazos, hundiéndose aún más en mí, desafiándome a aguantar el tipo. El calor dearg de su cuerpo parecía transmitirse directamente a mi miembro, quemándome por dentro.
—¡Transparentes! —grité, con la voz un punto más ronca de lo habitual, apretando los dientes para no soltar un gemido que me habría delatado por completo—. ¡Ponlos... ponlos transparentes, Tomás! ¡Nos... nos corre prisa cerrar la casa!
—*¡Entendido! ¡Me pongo con el de arriba y ahora bajo!* —respondió el hombre, y el sonido de sus herramientas al golpear el suelo confirmó que se había quedado allí arriba a trabajar.
En cuanto escuché el ruido del martillo, bajé la mirada hacia el hueco de la encimera. Agarré a Eilis del pelo con firmeza pero sin dañarla, obligándola a detenerse justo cuando sentía que la cuerda estaba a punto de romperse. Estaba respirando como si hubiera corrido un kilómetro, con los ojos inyectados en un brillo oscuro.
—Te gusta jugar con fuego, ¿verdad? —le siseé en un susurro cargado de promesa, mientras me recolocaba la ropa a toda prisa antes de que el cristalero bajara las escaleras.
Eilis se lamió los labios despacio, gateando hacia fuera con una sonrisa de pura suficiencia, completamente satisfecha con su venganza.
—Solo te estaba devolviendo el favor, Marcus —susurró, guiñándome un ojo.
No le dio tiempo a levantarse por completo del suelo. La adrenalina de la llamada, la tortura de su boca y esa sonrisa de suficiencia fueron el detonante definitivo para la bestia. Antes de que pudiera escapar del hueco de la encimera, la agarré con firmeza de las caderas y la obligué a ponerse a cuatro patas, manteniéndola de espaldas a mí.
—¿Creías que ibas a irte de rositas, Eilis? —le siseé al oído, con la voz pastosa por la excitación.
—Marcus, no... —suplicó en un susurro ahogado, abriendo los ojos de par en par al notar cómo mi miembro, completamente rígido y goteando, buscaba su entrada—. Marcus, para... hay gente arriba, por favor... Tomás va a bajar en cualquier momento.
Ignoré sus súplicas, sabiendo que su cuerpo estaba tan encendido como el mío. Me bajé los pantalones lo justo y, con un movimiento firme, posesivo y profundo, la penetré por detrás de una sola embestida.
—¡Ah...! —el gemido de Eilis fue directo contra el azulejo de la encimera. Se tapó la boca con ambas manos, temblando por el impacto de tenerme dentro de golpe, llenándola por completo en esa postura tan vulnerable.
—Silencio —le ordené, pegando mi pecho a su espalda, atrapándola contra el mueble de la cocina mientras empezaba a moverme con embestidas largas, duras y rítmicas.
—Marcus... por favor... nos va a oír —gimió entre dientes, intentando empujar mis muslos con sus manos, pero el agarre de mis dedos en sus caderas era de puro acero. Cada uno de mis golpes hacía un eco sutil en la madera de los muebles, una vibración que nos ponía el corazón en la garganta.
Desde el piso de arriba, el sonido del martillo cesó de golpe. Los pasos pesados de Tomás resonaron con fuerza en el pasillo, dirigiéndose hacia la escalera.
—*¡Oye, Marcus!* —gritó el cristalero a voces, su voz bajando por los escalones a cada segundo—. *¡Ya he dejado fijado el cristal de arriba! ¡Voy bajando para tomar las medidas exactas de los marcos del salón, que esos van a llevar más trabajo!*
Eilis se tensó tanto que sus músculos internos me aprisionaron como una mordaza ardiente. Su respiración era un siseo de puro pánico y placer. Me miró por encima del hombro, con los ojos dearg brillando con súplica salvaje, exigiéndome que parara antes de que el hombre asomara por la puerta de la cocina.
Pero el riesgo solo alimentó al híbrido. En lugar de detenerme, aceleré el ritmo, propinándole tres embestidas brutales, profundas y rápidas que la hicieron arquear la espalda y morderse el labio hasta hacerse sangre para no gritar. Sentí el estallido de su propio orgasmo conteniéndose a duras penas en su vientre.
Los pasos de Tomás ya pisaban el suelo del salón, justo al otro lado del tabique.
—*¡Marcus! ¿Andas por la cocina?* —preguntó el hombre, su voz ya peligrosamente cerca.
Me detuve en seco, manteniéndome profundamente clavado dentro de ella, sintiendo sus espasmos internos devorándome. Respiré hondo por la nariz, controlando el pulso con un esfuerzo sobrehumano, y clavé mi mano en su nuca para mantenerla escondida debajo de la estructura de la encimera.
—¡Sí, Tomás! ¡Aquí sigo, terminando el café! —grité hacia la puerta, logrando mantener la voz firme aunque el sudor me corría por la frente—. ¡Ponte con los del salón, ahora mismo salgo a echarte una mano con las molduras!
—*¡Venga, perfecto, voy desmontando los restos!* —respondió el cristalero, alejándose hacia el ventanal roto.
En cuanto el ruido de los cristales rotos al caer en un cubo volvió a sonar en el salón, bajé la mirada hacia Eilis. Estaba temblando, con las mejillas encendidas de pura indignación y deseo, atrapada bajo mi cuerpo.
Le di una última embestida lenta y profunda, disfrutando de su debilidad, antes de salir de ella despacio. Me subí los pantalones y me abroché el cinturón en un par de movimientos limpios, dejándola libre por fin.
—La próxima vez que quieras jugar conmigo —le susurré, ofreciéndole una mano para ayudarla a levantarse del suelo—, recuerda quién de los dos tiene los colmillos más largos, preciosa.




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