Marcus
El silencio que se instaló en el claro del bosque fue más desgarrador que cualquier rugido de guerra. Llegamos corriendo, con el pulso a mil por hora, justo para ver la devastación en estado puro. La bestia de Muriel ya se había esfumado, dejando tras de sí un rastro de sangre que marcaba el inicio de nuestra peor pesadilla.
Me planté al lado de Eilis en un segundo, rodeando sus hombros con mi brazo mientras mis ojos escaneaban su cuerpo en busca de heridas, aliviado al ver que estaba entera, aunque temblaba de impotencia. A nuestro lado, la escena central nos congeló la sangre a todos.
Alan estaba de rodillas en el suelo, con el rostro desencajado y una desesperación animal nublándole la mirada. Sin pensarlo, se rasgó la muñeca con sus propios colmillos en un movimiento brusco y desesperado, dejando que su sangre híbrida, cargada de propiedades curativas, brotara en abundancia. Presionó la herida abierta contra los labios pálidos de Kiara, intentando obligarla a tragar.
—Bebe, Kiara. Por favor, bebe... —le suplicaba Alan, con una voz rota que jamás le había escuchado.
Pero ella no respondía. El líquido vital resbalaba por la comisura de su boca sin que sus músculos hicieran el menor amago de reaccionar. El daño en su costado era demasiado severo para el cuerpo de una mortal.
Kiara, con un esfuerzo sobrehumano, logró entreabrir los ojos. El brillo de la vida se le escapaba por segundos, pero fijó su última mirada en el hombre que la había rechazado por orgullo, desprovista de cualquier rencor. Con lágrimas acumulándose en sus ojos y rodando por sus mejillas, alzó una mano temblorosa hacia el rostro de Alan.
—Te quiero... —susurró en un hilo de voz, apenas un soplido en el viento—. Siempre te he querido, Alan... Desde que te creía humano.
Esas palabras nos golpearon a todos. Kiara había sido la amiga de toda la vida de Enya. Los conocía desde su vida anterior, aquella época en la que Tristán y Eleonora huyeron juntos siendo jóvenes para hacer su vida en el mundo mortal, decididos a tener a sus hijos híbridos seguros y lejos de los peligros de la política de las manadas antes de verse obligados a regresar al clan. Ella lo había amado antes de los lazos de sangre, antes de los monstruos, antes de saber qué significaba ser un híbrido.
—Sé que yo no era lo que querías... —continuó Kiara, con una sonrisa trágica y dolorosa—. Ahora... encuentra lo que de verdad buscas...
La mano de Kiara cayó sin fuerza sobre la tierra húmeda y, con un último suspiro, cerró los ojos para siempre.
Un chillido desgarrador rompió el aire. Enya cayó de rodillas, completamente rota por la pérdida de su mejor amiga. Mi hermano Ares se arrodilló de inmediato a su lado, acunándola contra su pecho mientras ella se deshacía en un llanto incontrolable, intentando contener la magia que amenazaba con desbordarse de su cuerpo por el dolor.
Eilis se giró hacia mí, escondiendo el rostro en mi hombro mientras sus sollozos me empapaban la chaqueta. La abracé con fuerza, sintiendo una furia ciega mezclada con una profunda amargura. A unos pasos, Gràdh observaba el cadáver de la humana con los ojos abiertos de par en par; nuestro sobrino no podía creer lo que veía, procesando por primera vez la fragilidad de la muerte de una forma tan cercana y brutal.
—Alan, basta. Ya no está... Alan, suéltala —Druso se acercó a su hermano, intentando ponerle una mano en el hombro para alejarlo del cuerpo inerte de Kiara.
Pero no lo conseguía. Alan gruñía, aferrando el cadáver de su pareja elegida contra su pecho, atrapado en una negación salvaje, manchado con su propia sangre y la de ella.
Entonces, el aire del claro se volvió denso, gélido y cargado de una energía ancestral que nos erizó los cabellos. La luz del sol pareció apagarse por completo. De la nada, tres figuras imponentes y envueltas en brumas místicas se materializaron frente a nosotros. Las nornas. Las tejedoras del destino observaron la escena con sus ojos eternos y desapasionados, fijando su atención en el híbrido que lloraba su propia desconexión.
El claro quedó en un silencio sepulcral. Una de las nornas dio un paso al frente, y su voz, que sonaba como el eco de mil inviernos, resonó directamente en nuestras cabezas entregando un mensaje directo:
"El hilo que el orgullo corta, la muerte lo reclama. Aquel que repudia el regalo del destino, caminará en la sombra de lo que pudo ser hasta que el precio de la sangre sea pagado."
En cuanto las últimas palabras vibraron en el aire, una ráfaga de viento blanco y centelleante envolvió el lugar. Antes de que Alan pudiera reaccionar o retenerla, el cuerpo de Kiara comenzó a disolverse en partículas de luz, desapareciendo por completo junto a las tres deidades en un parpadeo.
El claro quedó vacío. Solo la tierra ensangrentada y el eco del mensaje de las nornas permanecieron en el bosque, dejando a Alan de rodillas, con las manos vacías y el alma destrozada por el peso de su propia cobardía.
Ares se mantuvo firme en su lugar, aunque la energía residual de las nornas todavía hacía vibrar el aire a su alrededor. Como chamán del clan, su conexión con el plano espiritual y las deidades antiguas le permitía ver los hilos invisibles que los demás apenas lograban intuir. Su rostro, habitualmente sereno, se había transformado en una máscara de severidad y pesar.
Alan seguía de rodillas, con las manos temblorosas suspendidas en el aire, justo en el espacio donde hacía unos segundos descansaba el cuerpo de Kiara. Al verse completamente vacío, despojado incluso del cadáver de la mujer que había repudiado, levantó la cabeza hacia el chamán. Sus ojos, antes inyectados en la furia del híbrido, ahora solo reflejaban una desesperación infantil y descarnada.
—¡Ares, por favor! —imploró Alan, con la voz rota y arrastrándose un par de pasos hacia él sobre la tierra ensangrentada—. Tú sabes lo que ha pasado... Tú entiendes sus malditas palabras. ¡Dime qué significa! ¡¿A dónde se la han llevado?! ¡Dímelo!
Eilis se apretó más contra mi pecho, conteniendo la respiración, mientras Druso daba un paso atrás, consciente de que en ese momento las leyes de la fuerza bruta no servían de nada. Solo la palabra del chamán tenía peso.
Ares soltó a Enya despacio, asegurándose de que su pareja estaba contenida, y avanzó hacia Alan con pasos lentos y solemnes. Se detuvo a escasos metros de él, mirándolo desde arriba con una mezcla de compasión y rigidez.
—Significa que el destino no acepta devoluciones, Alan —sentenció Ares, y su voz profunda resonó con el peso de una verdad absoluta—. Las nornas te entregaron un regalo sagrado, un lazo puro diseñado para equilibrar tu sangre híbrida, y tú lo pisoteaste por orgullo. La muerte reclamó a Kiara porque tú la dejaste desprotegida en tu afán de alejarla, y las deidades se han llevado su cuerpo y su alma porque ya no te pertenece. Has perdido tu derecho sobre ella.
—¡No! —rugió Alan, golpeando el suelo con el puño—. ¡Tiene que haber una forma! ¡Mi sangre... mi sangre curativa iba a salvarla! ¡Iba a funcionar!
—¡Tu sangre no puede sanar a quien ya ha renunciado a vivir en tu mundo! —le cortó Ares, elevando un tono el tono de voz, haciendo que el poder de su rango chamánico vibrara en los árboles—. Escucha bien el mensaje, hermano: «Aquel que repudia el regalo del destino, caminará en la sombra de lo que pudo ser...». Las nornas te han condenado a la peor de las torturas para un ser de nuestra naturaleza. Vas a vivir el resto de tus días sabiendo exactamente lo que se siente al estar incompleto. El lazo no se ha roto; se ha quedado suspendido en el vacío. Sentirás su ausencia cada segundo, cada noche, como un miembro fantasma que te falta en el cuerpo.
Alan se encogió, tapándose el rostro con las manos manchadas de sangre, soltando un sollozo ahogado que helaba la sangre.
—¿Y el final? —preguntó Druso desde atrás, con la voz tensa—. El mensaje decía: «...hasta que el precio de la sangre sea pagado». ¿Qué significa eso, Ares?
El chamán apartó la mirada de Alan y la clavó en la linde del bosque, donde el rastro de la criatura de Muriel todavía apestaba a azufre y magia negra.
—Significa que esta pérdida no ha sido un accidente aislado, sino parte de una deuda más grande que el clan está contrayendo por nuestras divisiones —explicó Ares con amargura—. Las nornas exigen un equilibrio. La sangre de una inocente ha sido derramada por culpa de la cobardía y el orgullo de nuestra propia gente. Hasta que Alan no aprenda lo que significa sacrificarse de verdad, hasta que no esté dispuesto a pagar con su propia sangre y su vida para enmendar el desprecio que le mostró a Kiara, su alma seguirá maldita. Y temo que el precio que las deidades van a cobrarse para cerrar este ciclo nos va a costar lágrimas a todos nosotros.
Apreté a Eilis más fuerte contra mi costado, sintiendo cómo clavaba las uñas en mi chaqueta. Las palabras de Ares no eran solo una reprimenda para Alan; eran una advertencia oscura para todos. La muerte de Kiara acababa de abrir una brecha en nuestras defensas, y como guerrero, sabía perfectamente que Muriel no tardaría en aprovechar nuestra debilidad.
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Editado: 07.07.2026