El vínculo prohibido: El precio de la sangre

16 El veredicto de los dioses

Marcus

El sol apenas empezaba a calentar los cristales de nuestra habitación cuando el sonido de mi teléfono rompió el silencio de la casa. Me aparté con cuidado de Eilis, asegurándome de no despertarla; se había quedado profundamente dormida tras el agotamiento del día anterior y la larga noche que pasamos vigilando las fronteras. Al mirar la pantalla, vi el nombre de mi hermano.
—Marcus, ven a la sede —la voz de Ares sonaba pastosa, cargada con el peso de quien ha pasado la noche entera comulgando con fuerzas que escapan a la comprensión de los mortales—. He bajado de la montaña. Me voy a reunir con el resto de los hombres en la sala del consejo ahora mismo. Quiero que estés aquí.
—Voy para allá —respondí escuetamente.
Me vestí rápido, le di un beso apenas perceptible en la frente a mi esposa y salí hacia la sede del clan. Al entrar en la gran sala de reuniones, el ambiente era tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo. Allí estábamos todos: nuestro líder Lug, el viejo Alano —el más anciano de los wulver originales—, Tristán, Druso, el sanador Cian, Connor y, en un rincón, Alan. Tenía el rostro demacrado, los ojos inyectados en sangre tras el sedante de Cian y una rigidez que delataba que estaba a un solo paso de perder el control por completo.
Ares presidía la mesa, con su báculo de chamán apoyado a un lado y el rostro pálido por el cansancio místico. Me senté en silencio junto a Tristán, dispuesto a escuchar lo que las nornas le habían revelado a mi hermano en lo alto de la montaña.
—He hablado con las tejedoras —comenzó Ares, captando la atención inmediata de todos los presentes—. Y he visto el destino de la muchacha. Kiara está en un lugar mejor, un plano donde la valoran y la protegen. Las propias nornas me permitieron verla a través de su péndulo sagrado. Su alma está a salvo, lejos del dolor que sufrió aquí.
Un suspiro de relativo alivio recorrió la sala, pero la expresión de Ares no se suavizó. Clavó sus ojos en Alan antes de continuar.
—Sin embargo, las deidades están furiosas. Específicamente la diosa Epona. Está profundamente ofendida por lo que ocurrió en nuestro territorio. Esa chica... Kiara... ya debería gozar del don de la inmortalidad en este mismo momento si hubiera estado protegida por el lazo de su pareja real.
Alan se levantó de golpe, tirando la silla hacia atrás con un estrépito que hizo eco en las vigas del techo.
—¡¿Qué estás diciendo?! —rugió Alan, señalando a Ares con el dedo tembloroso—. ¡¿Me estás diciendo que si yo la hubiera aceptado... si hubiera dejado de lado el orgullo, ella sería inmortal ahora? ¿Habría sobrevivido a esa herida?!
Ares, con una profunda pena reflejada en los ojos, asintió despacio.
—Sí, Alan. Así es —respondió el chamán—. Pero no te culpes solo por la ignorancia. Ninguno de nosotros podía saberlo con certeza; nunca antes nos hemos mezclado entre razas de esta manera como para conocer el resultado biológico o espiritual de un lazo así. Pero para los dioses, nuestra ignorancia no es una excusa.
Ares se puso en pie, adoptando la postura imponente que solo usaba cuando canalizaba la voluntad del plano superior, y su voz resonó con un eco antiguo:
—La diosa ha hablado, y sus palabras fueron claras: «Aquel que ciega sus ojos ante la luz del destino, condena a su estirpe a perecer en la más profunda oscuridad». Ha dicho que es tiempo de que abran su mente y su corazón a su pareja real, sea de la raza que sea, provenga de donde provenga. No volverán a tolerar que el orgullo de los dearg o la rigidez de los wulver pisotee sus hilos. Y nos ha advertido con severidad: «Si el hombre rechaza el lazo que la tierra bendice, el cielo cerrará sus manos y este no será el último castigo que impondré sobre el clan».
La advertencia de los dioses nos dejó mudos a todos. Pero Ares aún no había terminado. Miró a Alan con una mezcla de lástima y advertencia.
—Y hay algo más. Dado que repudiaste el lazo en el mundo terrenal, Epona ha acogido a Kiara bajo su manto. Ahora, en las tierras del plano superior, ella tendrá el derecho absoluto de elegir a uno de los guerreros de la diosa como su nueva pareja. Su destino ya no está ligado a ti.
Al escuchar aquello, Alan se volvió completamente loco. El rugido que soltó no fue humano; fue el grito de un animal herido de muerte al que le arrancaban las entrañas. Se lanzó hacia adelante, destrozando la mesa de un puñetazo, con los colmillos fuera y los ojos completamente negros por la posesión de su lobo.
—¡¡NO!! ¡¡ELLA ES MÍA!! ¡¡NO VOY A PERMITIR QUE NADIE LA TOQUE!! —gritaba fuera de sí, destrozando el mobiliario de la sala.
—¡Alan, cálmate! ¡Conten a tu bestia! —Cian, el sanador, dio un paso al frente intentando agarrarlo del brazo para inyectarle otro tranquilizante o apaciguar su pulso, pero Alan lo empujó con una fuerza descomunal.
Sin atender a razones, ciego de dolor y celos divinos, Alan se dio la vuelta y salió disparado de la sede, perdiéndose en el bosque a toda velocidad. Druso amagó con seguirlo, pero Lug levantó una mano, deteniéndolo. En el estado en que estaba, solo conseguirían una pelea sangrienta.
El silencio regresó, pesado y fúnebre. Alano, que permanecía sentado en la cabecera como el wulver más viejo del lugar y uno de los pocos originales que quedaban en pie junto a Lug, carraspeó. Sus ojos, testigos de siglos de guerras y leyes antiguas, miraron a los presentes.
—Los dioses nunca hablan en vano —sentenció Alano con su voz agrietada—. En los albores de nuestra existencia, cuando Lug y yo veíamos los primeros hilos tejerse, la sangre se respetaba. Hemos cometido el error de volvernos arrogantes. La soberbia que han tenido los wulver y los dearg nos está pasando factura. Creemos que las leyes de la naturaleza se adaptan a nuestros caprichos de raza pura, pero el mundo antiguo exige sumisión al lazo. Lo que le ha pasado a ese muchacho es el reflejo de la decadencia de nuestra fe.
Lug asintió, apoyando sus manos curtidas sobre la madera.
—Alano tiene razón. Si los dioses exigen que abramos la mente a parejas de otras razas, lo haremos. No podemos permitirnos perder la protección de Epona ni de las nornas en mitad de una guerra contra Muriel.
Ares, que había escuchado a los ancianos, entornó los ojos y barrió la sala con la mirada, deteniéndose en los hombres de nuestra misma generación.
—El problema —apuntó Ares con voz cortante— es que Alan no es el único. El péndulo de las nornas me mostró que hay más gente en este mismo clan, guerreros de nuestra propia edad, que ya conocen a su pareja real... y la están rechazando por miedo o por soberbia.
Al conocer la naturaleza orgullosa de nuestra gente, todas las miradas se desviaron de forma instintiva hacia una esquina de la mesa. Connor, que hasta ese momento había intentado pasar desapercibido manteniendo su habitual e implacable postura de dearg, se tensó notablemente. Al verse el centro de atención de los guerreros de su misma quinta y del propio chamán, el dearg negó repetidamente con la cabeza, cruzándose de brazos.
—A mí no me miréis —dijo Connor con un tono defensivo, intentando que su fría voz de dearg sonara desinteresada—. No me metáis en vuestras profecías ni en vuestros líos de parejas divinas. Yo no tengo nada que ver con esto.
Lug inclinó su imponente cuerpo hacia adelante, fijando sus ojos de alfa original en él.
—Connor —preguntó Lug con una voz que exigía honestidad absoluta—, ¿es eso cierto? ¿Te están mostrando las nornas a tu pareja y estás dándoles la espalda como hizo Alan?
El dearg sostuvo la mirada del líder del clan, aunque una sombra de tensión cruzó sus facciones. Tragó saliva, forzando una expresión de absoluta indiferencia, y lo desmintió categóricamente:
—No, Lug. No es cierto. No sé qué habrá visto Ares en su péndulo, pero mi corazón y mi lado dearg están completamente tranquilos. No tengo ninguna pareja real acechando en las sombras.
Intercambié una mirada rápida con mi hermano Ares. El lenguaje corporal de Connor gritaba lo contrario, pero en este clan, obligar a un guerrero dearg adulto a confesar un lazo sagrado antes de tiempo podía desatar otra tormenta. Sabía perfectamente que, tarde o temprano, la verdad saldría a la luz... y esperaba, por el bien de todos, que Connor no tuviera que pagar el mismo precio de sangre que acababa de destruir a Alan.
Ares no se movió de su sitio. A pesar de la rotunda negativa de Connor, la mirada de mi hermano no flaqueó; al contrario, sus ojos parecieron oscurecerse, reflejando el fulgor plateado de la hoguera ceremonial de la montaña que aún ardía en sus retinas. El ambiente en la sala del consejo terminó de congelarse.
—Puedes engañar a Lug, Connor, y puedes intentar engañarte a ti mismo —habló Ares, y su voz de chamán adquirió ese eco vibrante que hacía que las paredes de piedra de la sede parecieran susurrar—, pero no puedes esconderle tu alma a las deidades. Las nornas no me mostraron nombres, pero sí la energía de los hilos que se están tensando en este mismísimo valle. Y sé perfectamente que tu hilo, dearg, está amarrado al de Malen.
El nombre de la joven wulver, prima de Enya y nieta del mismísimo Alano, cayó como una bomba en mitad de la mesa. Alano se tensó en su silla, clavando una mirada de acero en Connor, mientras los demás conteníamos el aliento. Un dearg y una wulver de sangre pura; el choque de razas definitivo.
—El mensaje que me confiaron para el clan no terminó con la advertencia a Alan —continuó Ares, apoyando ambas manos sobre la mesa—. La diosa Epona fue muy clara respecto al mapa que ha trazado para nosotros en esta guerra:
«Cuando la tierra gima bajo el peso de la sangre corrupta, la salvación no vendrá de la pureza de los antiguos linajes, sino de las uniones que vuestro orgullo considera imposibles. He tejido redes que cruzan vuestras fronteras de sangre; he emparejado garras con alas, lobos con fuego y dearg con almas que vuestra ley jamás habría osado juntar».
Tristán intercambió una mirada cargada de preocupación con el viejo Alano. Las palabras de la diosa atacaban directamente el núcleo del aislamiento histórico que las razas puras habían mantenido durante siglos.
—¿Qué más, Ares? —le insté, cruzándome de brazos, sintiendo cómo el instinto de protección hacia Eilis y el clan se me removía en el pecho—. Dinos el veredicto completo.
Ares asintió despacio, cerrando los ojos un instante como si volviera a escuchar la voz de las tejedoras en la cumbre helada.
—Las nornas añadieron una última sentencia, una directriz ineludible para los tiempos que vienen —declaró mi hermano—. Dijeron: «Aquellos que sientan la llamada del lazo sagrado a partir de esta luna, no dispondrán del lujo del tiempo para decidir. Cada dearg, cada wulver y cada híbrido que ose ignorar, retrasar o repudiar a la contraparte que la tierra le ha asignado, sufrirá la ceguera de su propia bestia. Vuestros dones os serán arrebatados uno a uno, convirtiéndoos en vasallos del miedo, hasta que vuestra estirpe entienda que el lazo es la ley, y la ley es la vida».
Un murmullo pesado recorrió la sala. La advertencia era brutal: si Connor seguía negando su lazo con Malen por puro orgullo de dearg, la divinidad lo destruiría desde dentro, apagando su fuerza y su magia.
Ares clavó su última y demoledora mirada en Connor, quien permanecía inmóvil, aunque sus nudillos se habían vuelto completamente blancos por la fuerza con la que se sujetaba los brazos.
—El plano espiritual ya ha movido las fichas, Marcus —concluyó Ares, dirigiéndose a mí pero hablando para toda la estancia—. Las deidades nos están obligando a romper nuestros propios muros. Si queremos sobrevivir a Muriel, el clan tiene que transformarse. Y cualquiera que decida anteponer su orgullo de raza o sus temores personales a la voluntad de los dioses... se convertirá en el próximo enemigo de esta manada.




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