Marcus
El viento del norte golpeaba las copas de los pinos con una violencia inusitada, arrastrando agujas de pino y un frío helador que se me filtraba hasta los huesos. Habían pasado apenas veinticuatro horas desde la reunión del consejo, veinticuatro horas en las que el territorio se había convertido en una olla a presión. Alan seguía desaparecido en la inmensidad del bosque, devorado por su propio lobo, y la advertencia de las nornas pesaba sobre nuestras cabezas como una espada de Damocles.
Me ajusté los guantes de cuero y miré a mi alrededor. Estábamos en el límite norte del perímetro, donde la maleza se volvía tan densa que apenas dejaba pasar la luz del día.
A mi lado, mi hermano Ares sostenía su báculo chamánico con fuerza. Tenía los ojos cerrados, sintonizando con las corrientes de energía espiritual que flotaban en el ambiente. Detrás de nosotros, Druso mantenía una postura rígida, con la mandíbula apretada y los puños listos; era su hermano el que estaba ahí fuera perdiendo la cabeza, y su instinto de protección híbrido estaba al límite.
—Su rastro apesta a desesperación —dijo Ares, abriendo de golpe sus ojos, que refulgieron con un destello plateado—. No está huyendo de nosotros, Marcus. Está buscando algo. Su energía está concentrada en los puntos donde el velo entre nuestro mundo y el plano espiritual es más delgado.
—Está buscando una entrada —concluí, sintiendo una punzada de amargura en el pecho—. Quiere llegar a Kiara.
—Es una maldita locura —gruñó Druso, dando un paso al frente—. Si intenta rasgar el velo por la fuerza sin la guía de un chamán, la presión mística destrozará su mente. Su lobo se consumirá en el proceso.
—Por eso tenemos que encontrarlo antes de que cometa un suicidio espiritual —sentenció Ares, señalando con el báculo hacia una garganta profunda entre las rocas de la montaña—. Se dirige al Altar de los Caídos. Es el lugar más sagrado y antiguo de este valle. Si hay un sitio donde puede intentar una locura, es allí.
Nos pusimos en marcha a una velocidad sobrehumana. Como guerrero dearg, mis sentidos estaban alerta a cualquier anomalía, pero el bosque parecía extrañamente silencioso, como si la propia naturaleza contuviera el aliento ante la tragedia que se estaba desarrollando. Cruzamos riachuelos congelados y ascendimos por senderos escarpados donde la escarcha resbalaba bajo mis botas.
A medida que nos acercábamos al altar, un olor acre comenzó a inundar el aire. Era una mezcla de ozono, azufre y la inconfundible esencia de la sangre híbrida quemada.
—Llegamos tarde —dije, desenvainando mi arma por puro instinto al notar cómo la presión atmosférica cambia bruscamente.
Al coronar la cima de la garganta, la escena nos congeló la sangre. El Altar de los Caídos, una estructura de enormes piedras circulares cubiertas de runas antiguas, estaba envuelto en un torbellino de energía violenta y translúcida. En el centro, Alan estaba de rodillas, pero apenas parecía él. Su cuerpo estaba medio transformado: las garras desgarraban la piedra, sus ojos eran pozos de una negrura absoluta y un aura de fuego fatuo anaranjado y grisáceo brotaba de sus heridas abiertas.
Estaba usando su propia sangre y su fuerza vital para alimentar un vórtice, un intento ciego y desesperado de abrir un portal hacia los prados de la diosa Epona.
—¡¡KIARA!! —el rugido de Alan no tenía nada de humano; era el grito desgarrador de un alma condenada—. ¡¡RESPÓNDEME!! ¡¡DIME DÓNCE ESTÁS!!
Las runas de las piedras sagradas crujían bajo la tensión mística, amenazando con estallar en mil pedazos. El aire a su alrededor vibraba con tal intensidad que el suelo temblaba bajo mis pies.
—¡Alan, detente! —gritó Druso, intentando avanzar hacia el círculo, pero una onda de choque invisible lo golpeó en el pecho, haciéndolo retroceder varios metros sobre la tierra húmeda.
—¡No os acerquéis! —advirtió Ares, levantando su báculo para canalizar una barrera protectora a nuestro alrededor—. Está atrapado en un bucle de retroalimentación mágica. Si toca el velo en ese estado, la corriente espiritual lo borrará de la existencia.
—¿Cómo lo detenemos, Ares? —le exigí, midiendo el terreno con la mirada, buscando un punto ciego en la tormenta de energía—. No podemos quedarnos a ver cómo se desintegra.
—Tenemos que romper su concentración y someter a su bestia por la fuerza bruta —explicó mi hermano, con el sudor perlándole la frente debido al esfuerzo de contener la energía residual—. Druso, Marcus, vais a tener que entrar ahí juntos. Yo canalizaré un conjuro de contención para apagar el vórtice, pero en cuanto la energía baje un milisegundo, tenéis que inmovilizarlo. No va a razonar. Su lobo os verá como enemigos que intentan alejarlo de su pareja.
Intercambié una mirada rápida con Druso. El híbrido asintió, tensando los músculos de sus brazos, dejando que sus garras aparecieran. No había espacio para la duda ni para los errores.
—A las tres —dije, apoyando el peso en mis piernas, preparándome para el impacto contra la tormenta.
Ares comenzó a entonation un cántico en una lengua antigua, una vibración profunda que chocó directamente contra el torbellino de Alan. Las luces anaranjadas titilaron violentamente. Las runas del altar parpadearon, y por una fracción de segundo, la barrera invisible cedió.
—¡Ahora! —rugió Ares.
Nos lanzamos de cabeza al caos. El viento nos azotó el rostro como cuchillas, pero espoleé mi velocidad dearg para cortar el aire. Alan nos vio venir. Su cabeza se giró con un movimiento espasmódico e inhumano, y soltó un bufido ensangrentado antes de lanzarse contra nosotros con una ferocidad animal que nunca antes le había visto. La caza de nuestro propio compañero de armas acababa de empezar, y el precio de fallar era perderlo para siempre.
Alan arremetió contra nosotros con la fuerza ciega de un meteoro. Druso y yo nos dividimos en el último milisegundo. Esquivé su zarpazo por centímetros, sintiendo la onda de calor de su energía quemarme la mejilla, mientras Druso se lanzaba directamente contra sus piernas para derribarlo. Cayeron sobre la piedra del altar en una maraña de gruñidos y zarpazos.
—¡Sujétalo, Marcus! —rugió Druso, intentando inmovilizar los brazos de su hermano mientras Alan se retorcía con una potencia sobrenatural, tirando dentelladas al aire.
Me arrojé sobre ellos, presionando mis rodillas contra la espalda de Alan y atrapando uno de sus brazos ensangrentados. La resistencia que oponía era descomunal; parecía que toda la furia del bosque se hubiera concentrado en sus músculos. El dolor y los celos divinos lo habían convertido en un monstruo ingobernable.
—¡Kiara! ¡Dejadme ir con ella! —bramaba Alan, con la voz desgarrada, clavando sus garras en la roca hasta hacérselas sangrar—. ¡¡Kiara!!
Ares seguía entonando su cántico a pocos metros, con el báculo temblando entre sus manos, intentando sellar la grieta que Alan había provocado en el velo. Pero la desesperación del híbrido era un combustible demasiado poderoso. De repente, el vórtice de energía anaranjada no se apagó, sino que sufrió una violenta mutación. El aire se volvió blanco, de un brillo tan puro e incandescente que me obligó a entrecerrar los ojos, cegándome momentáneamente.
Una presión colosal nos aplastó contra el suelo. El viento cesó en seco. El silencio que se instaló en el Altar de los Caídos fue tan absoluto que el crujido de la escarcha bajo nuestros cuerpos sonó como un trueno.
Alan dejó de forcejear. Su cuerpo se quedó completamente rígido bajo mi peso.
—Ya basta, hijo de la tierra.
La voz no resonó en el aire, sino directamente dentro de nuestros huesos, vibrando con la autoridad de las montañas y la frescura del rocío matutino. Sentí que el instinto de mi dearg me ordenaba agachar la cabeza inmediatamente.
Me obligué a levantar la mirada, conteniendo la respiración. En el centro del altar, donde hace un momento rugía el vórtice de destrucción, la bruma blanca se condensó en una figura imponente. La diosa Epona se materializó ante nosotros. No tenía una forma completamente humana; su silueta parecía hecha de luz estelar y raíces antiguas, y sus ojos eran dos pozos de sabiduría verde esmeralda que lo abarcaban todo. Su sola presencia irradiaba un poder tan antiguo que reducía nuestro orgullo a cenizas.
Pero lo que nos dejó completamente mudos, lo que hizo que a Druso se le escapara un jadeo y que yo aflojara por completo el agarre sobre Alan, fue la figura que permanecía de pie justo a su lado.
Kiara.
Ya no quedaba ni rastro de la palidez de la muerte, ni de la herida mortal que la criatura de Muriel le había infligido en el costado, ni de la sangre que había manchado la ropa de Alan. Vestía una túnica blanca que parecía tejida con la propia niebla de la montaña, y su piel desprendía una sutil luminosidad. Sus ojos, ahora desprovistos del miedo mortal, miraban la escena con una paz profunda y una madurez que no pertenecía a este mundo. El don de la inmortalidad que los dioses le habían otorgado en el plano superior era innegable; se había convertido en una criatura de las deidades.
—¿Kiara...? —el susurro de Alan fue un hilo de voz roto, desprovisto de toda la furia de su lobo.
Me aparté de él despacio, permitiendo que se incorporara. Alan se arrastró sobre las rodillas hacia ellas, estirando una mano temblorosa que no se atrevía a tocar el suelo sagrado que pisaba la diosa. Sus ojos se llenaron de lágrimas que corrieron sin freno por sus mejillas.
—Kiara... estás viva... Estás aquí —sollozó, con el rostro desencajado por una mezcla de alivio y dolor insoportable—. Por favor... perdóname. Vuelve conmigo. Te lo imploro. Mátame si quieres, toma mi sangre, pero no me dejes solo... No puedo vivir sin ti.
Kiara lo miró. En su rostro no había odio, ni rencor, ni desprecio; solo había una compasión trágica, la mirada de alguien que ya pertenecía a un lugar eterno y miraba el sufrimiento de los mortales desde la distancia. Dio un pequeño paso al frente, y la diosa Epona permitió el movimiento, manteniendo su mano mística suspendida sobre el hombro de la muchacha.
—Ya no puedo volver, Alan —habló Kiara, y su voz sonaba como el eco del viento entre las hojas, suave pero inalcanzable—. El lazo que rechazaste en la tierra ya no puede atarme a tu mundo. Mi camino aquí ha terminado.
—¡No! —suplicó Alan, golpeando el suelo con la frente, completamente quebrado—. ¡Tiene que haber una forma! ¡Haré lo que sea! ¡Pagaré el precio que la diosa me pida!
La diosa Epona dio un paso al frente, y el suelo bajo sus pies floreció instantáneamente a pesar del frío invernal. Clavó sus ojos esmeralda en Alan, y su mirada pesó más que el golpe de un mazo.
—El precio de tu soberbia ya ha sido fijado, híbrido —sentenció la diosa, y cada una de sus palabras hizo temblar las runas del altar—. Viniste aquí a rasgar el tejido del destino con la fuerza de tu egoísmo, pretendiendo reclamar lo que por derecho propio despreciaste. Kiara ya no te pertenece. Ha sido acogida en mis prados, donde su alma es valorada, y donde los guerreros del cielo honrarán su presencia como tú nunca supiste hacer.
Alan soltó un grito ahogado, tapándose los oídos como si las palabras de la deidad le quemaran el cerebro.
—Os he dejado verla una última vez para que entendáis que la voluntad de los dioses no se dobla ante los caprichos de los mortales —continuó Epona, barriéndonos a Ares, a Druso y a mí con su imponente mirada—. Llevad este mensaje al clan: la brecha está abierta, y la sombra de Muriel avanza. Si volvéis a dar la espalda a los hilos que he tejido para vuestra salvación, no habrá más advertencias. Os hundiréis en la oscuridad de vuestra propia extinción.
Kiara miró a Alan por última vez. Levantó una mano en un gesto de muda despedida, una sonrisa triste dibujándose en sus labios.
—Encuentra tu redención, Alan... —susurró.
Antes de que ninguno de nosotros pudiera parpadear, la bruma blanca estalló en un destello cegador que nos obligó a cubrirnos el rostro. Cuando la luz se disipó, la diosa y Kiara ya no estaban. El Altar de los Caídos recuperó su frío gris y su silencio sepulcral, dejando a Alan tumbado en el suelo, arañando la piedra vacía en mitad de un llanto que parecía no tener fin.
El llanto de Alan seguía rompiendo el silencio del Altar de los Caídos cuando la temperatura de la garganta volvió a caer en picado. La bruma residual de la diosa Epona no terminó de disiparse; en su lugar, comenzó a arremolinarse en tres columnas distintas justo detrás de donde Alan permanecía postrado, arañando la piedra vacía.
Sentí que el vello de los brazos se me erizaba y mi lobo interno soltó un quejido de advertencia. Ares dio un paso atrás, bajando el báculo con una reverencia que rozaba el temor absoluto.
—No se han ido —susurró mi hermano, con la voz temblorosa—. Las tejedoras están aquí.
De la niebla emergieron tres figuras ancianas, encapuchadas en mantos grises que parecían tejidos con hilos de plata y ceniza. Las nornas. No poseían la deslumbrante luz de Epona, sino una presencia fría, inmutable y eterna, como el mismo paso del tiempo. Sostenían entre sus dedos huesudos un huso dorado, y por primera vez, sus tres miradas se posaron directamente sobre nosotros.
—Lloras por el hilo cortado, híbrido —habló la primera norna, y su voz sonó como el crujido de las hojas secas en otoño—, pero olvidas que las manos que lo cortaron fueron las tuyas.
—El destino no es una línea recta grabada en la roca, sino un tapiz que se teje con cada elección —continuó la segunda, dando un paso al frente. Sus ojos ciegos parecieron mirar fijamente el alma rota de Alan—. Repudiaste el lazo, y la muerte reclamó su deuda.
Alan levantó el rostro, con los ojos inyectados en sangre, temblando bajo el peso de su presencia.
—Por favor... —alcanzó a articular, con la voz destrozada—. Matadme entonces. Unid mi hilo al suyo en el otro mundo. No quiero estar aquí si ella ya no está.
—La muerte del cobarde no compra la redención —sentenció la tercera norna, la más anciana, clavando su báculo de madera petrificada en el suelo del altar—. Epona ha reclamado a la muchacha para protegerla de vuestra ceguera, pero el hilo de Kiara no ha sido borrado del gran tapiz. Ha sido suspendido.
Al escuchar aquellas palabras, Druso y yo intercambiamos una mirada rápida. Me adelanté un paso, manteniendo la compostura a pesar de la tremenda presión mística que ejercían en el lugar.
—¿Qué queréis decir con que está suspendido? —pregunté, forzando a mi voz híbrida a sonar firme—. ¿Hay una forma de enmendar esto?
Las tres nornas giraron sus cabezas hacia mí al unísono, y una sonrisa críptica y gélida se dibujó en sus rostros ancianos.
—Los dioses no devuelven lo que se les entrega por desprecio, Marcus, hijo de la tierra... a menos que el clan demuestre que es digno de conservar su propia existencia —declaró la primera norna. El huso de oro en sus manos brilló con intensidad—. Una sombra hambrienta acecha vuestras fronteras. Muriel busca arrancar las raíces de este valle, corromper la sangre y tejer un manto de muerte sobre deargs, wulvers e híbridos por igual.
—La victoria contra la traidora es el único camino —continuó la segunda—. Si el clan cae, la muerte lo devorará todo. Pero si lográis alzaros, si purgáis el territorio de la ponzoña de Muriel y demostráis que el orgullo de vuestras razas se ha doblegado finalmente ante las leyes del lazo sagrado... la balanza del destino se equilibrará.
La tercera norna se acercó a Alan, extendiendo una mano huesuda sobre su cabeza, sin llegar a tocarlo.
—Escucha bien, híbrido moribundo. Tu penitencia es la vida, no la muerte. Deberás luchar. Deberás convertir tu dolor en el acero que defienda a esta manada. Solo cuando la cabeza de Muriel ruede sobre la tierra consagrada, y el territorio esté libre de su corrupción, se abrirá un juicio ante el tribunal de Epona.
—¿Y entonces ella podrá volver? —preguntó Alan, aferrándose a esa última y desesperada brizna de esperanza, con los ojos fijos en las deidades.
—Si derrotáis a la sombra, ganaréis el derecho de reclamar su alma —respondieron las tres nornas a la vez, y sus voces resonaron como un coro fantasmal—. Kiara se presentará de nuevo ante ti en este mismo altar. Pero recuerda esto, Alan: ella ya no es la humana indefensa que dejaste morir. Será una criatura inmortal de los dioses. Ella, y solo ella, elegirá si perdona tu pasado y decide entrelazar su hilo con el tuyo, o si regresa para siempre a los prados del cielo. El destino te otorga una oportunidad de batalla... no una garantía de posesión.
Antes de que pudiera formular otra pregunta, las nornas comenzaron a desvanecerse en el aire, volviéndose hilos de niebla gris que el viento del norte dispersó en un parpadeo.
El silencio regresó al Altar de los Caídos. Me acerqué a Alan y le puse una mano firme en el hombro. Ya no estaba el lobo salvaje y descontrolado de antes; la furia ciega había sido reemplazada por una determinación fría, letal y absoluta. Tenía una razón para luchar. Teníamos una forma de recuperar a Kiara, pero el precio exigía pasar primero por encima del cadáver de Muriel.
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Editado: 07.07.2026