Marcus
El bar de la sede era un hervidero de murmullos, el chocar de jarras de cerveza y miradas de reojo. Tras los acontecimientos del Altar de los Caídos, el ambiente entre los dearg, los wulver y los híbridos estaba más enrarecido que nunca, y los guerreros se apiñaban en las mesas buscando ahogar la tensión. Alano vigilaba desde una mesa rincón con la severidad de un cuervo viejo, mientras Lug discutía en la barra con varios cazadores.
Yo estaba de pie junto a Tristán en una de las esquinas del local, con los brazos apoyados en una mesa alta, fingiendo escuchar los detalles sobre los avistamientos de las criaturas de Muriel. Pero mis sentidos híbridos estaban completamente enfocados en la zona de los sofás, al otro lado del bar.
Allí estaban las chicas: Enya, mi mujer Eilis y Malen. Pero no estaban solas.
Sentí cómo la sangre me daba un vuelco en las venas y mis manos desnudas se apretaron contra la madera, con las garras amagando con brotar bajo la piel. Al lado de Malen, sonriendo con una suficiencia que me revolvía el estómago, estaba Killian. El dearg se había inclinado hacia la joven wulver, apoyando un brazo en el respaldo del sofá, justo por encima de su hombro, atrapándola en su espacio personal en una actitud descaradamente acaramelada. Le decía algo al oído que hizo que Malen soltara una risita nerviosa, mientras Eilis y Enya disimulaban intercambiando miradas cómplices.
A unos metros de ellos, sentado en la barra mientras apuraba un trago, Connor observaba la escena. Su rostro era una máscara de piedra, pero la rigidez de su cuello y la forma en que sus nudillos se habían vuelto blancos alrededor del vaso delataban que el plan de los celos estaba funcionando. Su orgullo dearg y su posesividad innata estaban empezando a arder al ver a una wulver que le pertenecía por destino divino cerca de otro hombre.
Pero a mí eso me importaba una mierda en este momento.
La furia me subió por el pecho, no por Connor, sino por la desobediencia de mi mujer. Se lo había prohibido. Le había dicho explícitamente en nuestra casa que no quería a Killian metido en esto, que ese imbécil la miraba de una forma que mi híbrido no iba a tolerar, y ella se había pasado mi advertencia por el forro de sus caprichos.
Saqué el teléfono del bolsillo de mi pantalón con un movimiento brusco. Clavé los ojos en Eilis al otro lado del bar. Vi cómo sentía mi mirada; su espalda se tensó sutilmente entre el barullo del local. Tecleé con rabia furiosa, midiendo la fuerza para no reventar la pantalla.
> **Marcus:** *¿Te estás quedando conmigo, Eilis? Te dije claramente que no quería a Killian metido en esto. Te importó una mierda lo que te pedí.*
>
Crucé los brazos, sosteniendo el teléfono contra mi pecho. Vi a Eilis meter la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacar el móvil y leer el mensaje. Sus ojos se abrieron un poco y me buscó entre la multitud del bar. Le sostuve la mirada, con los ojos entrecerrados por el híbrido posesivo que rugía en mi interior. Ella suspiró, tecleó rápido y volvió a guardarlo. El teléfono me vibró en la mano.
> **Eilis:** *Marcus, por favor, no empieces. Killian es el único dearg que podía hacer que el plan fuera creíble para Connor. Lo hace por ayudar. No te pongas celoso ahora, estamos salvándole la vida a mi hermano.*
>
Solté un bufido amargo que hizo que Tristán me mirara de reojo con extrañeza. Volví a escribir, los dedos volando sobre el teclado con una hostilidad que apenas podía contener.
> **Marcus:** *No me jodas con la excusa de tu hermano. Te prohibí que usaras a ese tío porque sé perfectamente cómo te mira. Y a ti te ha dado igual mi opinión. Estás jugando con fuego y no solo por Connor.*
>
Al otro lado del bar, Killian soltó otra carcajada y le tocó el brazo a Malen con demasiada confianza. Connor, en la barra, dejó el vaso con un golpe seco que resonó a pesar de la música. Eilis volvió a sacar el teléfono, con el ceño fruncido, visiblemente molesta por mi tono.
> **Eilis:** *¡Que a mí no me mira de ninguna forma! Está actuando con Malen, ¿es que no lo ves? Deja de portarte como un animal posesivo en mitad de la sede. Necesito que esto funcione.*
>
La vena de mi cuello latió con fuerza. Verla defender la situación y restarle importancia a mis celos, después de la entrega tan salvaje que habíamos tenido al amanecer en nuestra alfombra, terminó de dinamitar mi paciencia. La ira híbrida me nubló el juicio.
> **Marcus:** *Me da exactamente igual a quién esté mirando ahora. Te pedí una sola cosa y decidiste ignorarme. Vete a la mierda, Eilis. Haz lo que te dé la gana.*
>
Guardé el teléfono de un golpe en el bolsillo, dándole la espalda por completo.
—Marcus, ¿estás bien? —me preguntó Tristán, bajando la voz entre el ruido de las jarras—. Pareces listo para arrancarle la cabeza a alguien.
—Estoy perfectamente —mascullé entre dientes, fijando mis ojos en la barra del bar, aunque la vista se me nubla por la rabia—. Olvídalo.
Por el rabillo del ojo, vi que Eilis intentaba volver a buscar mi mirada desde el sofá, con el teléfono aún en la mano y una expresión de angustia y frustración pintada en el rostro. Pero yo ya había cerrado la banda. Si quería jugar a los estrategas ignorando a su hombre, se iba a comer las consecuencias ella sola.
El bar de la sede parecía volverse cada vez más estrecho a medida que la noche avanzaba. El plan de los celos de Connor seguía su curso en el rincón de los sofás, pero en mi lado de la barra, las cosas dieron un giro inesperado.
Varios de los guerreros nos habíamos juntado para tomar una copa y despejar la mente de la maldita guerra que se nos venía encima. Tristán, Druso, Alan —que seguía silencioso y con la mirada perdida en su vaso— y yo estábamos compartiendo una botella de whisky cuando un aroma a perfume floral e intenso invadió nuestro espacio.
—Hola, chicos —la voz de Roxanne rompió el círculo.
Me giré a medias, apoyando el codo en la barra. Roxanne, que ni siquiera sabía de mi existencia hasta que me uní oficialmente a Eilis como su hombre, se plantó a mi lado con una sonrisa felina. Desde que formaba parte del clan por mi unión con ella, Roxanne no había perdido oportunidad de buscar conversación, atraída por el estatus y el poder de mi híbrido. Venía acompañada por un par de amigas de su manada que no tardaron en pegarse a Tristán y a Druso.
—Vaya cara de pocos amigos tenéis todos —continuó Roxanne, inclinándose sutilmente hacia mí, apoyando su peso en la barra de manera que su hombro rozaba el mío—. Con tanta tensión en el valle, pensaba que os vendría bien un poco de buena compañía para variar.
—Solo estamos tomando una copa, Roxanne —respondí con tono neutral, aunque no me aparté del todo. Mi lado híbrido, todavía picado por la desobediencia de Eilis, vio una oportunidad perfecta para equilibrar la balanza.
No tuve que esperar mucho. Al otro lado del bar, vi perfectamente cómo la cabeza de mi mujer se giraba hacia nosotros. Desde su sofá, Eilis fulminó a Roxanne con la mirada. La complicidad que tenía con Enya y Malen desapareció en un segundo, sustituida por una rigidez que casi me hizo sonreír.
El teléfono me vibró en el bolsillo del pantalón. Lo saqué con parsimonia, disfrutando del momento.
> **Eilis:** *¿Se puede saber qué hace esa lagarta pegada a ti? Aléjate de ella ahora mismo, Marcus.*
>
Me apoyé más cómodamente en la barra, dejando que Roxanne me sirviera un poco más de whisky mientras yo tecleaba con una sola mano, dispuesto a tomarle el pelo.
> **Marcus:** *¿Roxanne? Solo está siendo amable. Como mi mujer está demasiado ocupada dirigiendo obras de teatro con Killian, he pensado que no vendría mal charlar con alguien que sí escucha lo que le pido.*
>
Levanté la vista del aparato justo a tiempo para ver cómo Eilis leía el mensaje. Se puso roja de la rabia. Volvió a teclear de inmediato, dándole unos porrazos a la pantalla que casi daban pena.
> **Eilis:** *No me vaciles, Marcus. No tiene nada que ver una cosa con la otra. Sé perfectamente cómo te busca esa tia desde que estamos juntos. Dile que se largue de tu espacio si no quieres que vaya yo a decírselo.*
>
Me tomé un trago corto de la copa, sosteniendo el teléfono a la altura del pecho para responderle con total parsimonia.
> **Marcus:** *Qué carácter. Pensaba que tenías que estar concentrada en el plan de tu hermano. Déjame tranquilo disfrutar de mi copa, Eilis. No seas un animal posesivo en mitad de la sede, ¿no era eso lo que me decías tú hace diez minutos?*
>
Eilis me clavó una mirada que habría fulminado a un ejército entero, pero antes de que pudiera volver a escribirme, la tensión contenida en el bar estalló por otro lado.
Un gruñido sordo, sibilante y puramente dearg, cortó la música ambiental del local.
Me guardé el móvil de inmediato y giré la cabeza. En la zona de los sofás, Killian acababa de cometer el error de pasarle un brazo por la cintura a Malen para acercarla más a él. Había llevado la actuación demasiado lejos.
Connor se había levantado de la barra. Estaba de pie a escasos dos metros de la pareja, con los puños tan apretados que sus uñas desnudas debían de estar clavándose en sus propias palmas. Sus ojos dearg brillaban con una fijeza asesina y la mandíbula le temblaba por el esfuerzo de contener a su bestia. El aire a su alrededor parecía vibrar con una violencia estática que hizo que todo el bar se quedara en absoluto silencio.
—Quita... tus sucias manos... de ella —siseó Connor. Cada palabra sonó como el impacto de un hacha contra la madera.
Killian se tensó, pero su orgullo dearg le impidió achantarse. Sostuvo la mirada de mi cuñado, manteniendo el brazo firme alrededor de la wulver. Malen, asustada por la brutalidad de la energía que emanaba de Connor, contenuvo el aliento.
—¿Y si no quiero qué, Connor? —desafió Killian, midiendo sus fuerzas—. Malen no es de tu propiedad. Que yo sepa, no la has reclamado.
Connor dio un paso al frente y el suelo pareció temblar bajo sus botas. Estaba a un solo milisegundo de saltarle al cuello y arrancar la primera cabeza de la noche.
Malen, al borde del pánico ante la violencia que amenazaba con desatarse entre los dos guerreros, se zafó del brazo de Killian con un movimiento rápido. Eilis y Enya, leyendo perfectamente el peligro en los ojos inyectados en sangre de Connor, no perdieron un segundo; se levantaron del sofá, tomaron a la joven wulver de los brazos y se la llevaron a toda prisa hacia la parte trasera del local, alejándola del foco del conflicto.
Connor ni siquiera las miró. Tenía toda su atención dearg fija en Killian, con el pecho agitándose a un ritmo frenético. Killian, por su parte, intentaba mantener una postura chulesca, pero la rigidez de sus hombros delataba que sabía perfectamente que se había metido en la boca del lobo.
Antes de que Connor diera el paso definitivo para lanzarse a golpearlo, me adelanté. Crucé la distancia que nos separaba con la velocidad implacable de mi híbrido y me planté en medio de ambos, cortando la línea de visión de mi cuñado. Puse una mano firme y pesada sobre el pecho de Connor, empujándolo sutilmente hacia atrás.
—Vuelve a la barra, Connor. Ya has dejado claro tu punto —le ordené con una voz gruesa y baja que no admitía réplicas.
Connor me sostuvo la mirada un segundo, furioso, pero el respeto que le tenía a mi rango y a mi fuerza terminó por frenarlo. Soltó un último bufido ensangrentado, dio media vuelta y regresó a la barra destilando pura rabia dearg.
Me giré despacio hacia Killian. El local seguía en un silencio sepulcral. Agarré al dearg por la solapa de su chaqueta sin ningún tipo de delicadeza y lo empujé hacia la salida lateral del bar, obligándolo a salir al callejón oscuro y frío que daba a las traseras de la sede. El viento helado de la noche nos azotó el rostro en cuanto la puerta se cerró detrás de nosotros.
Lo solté con un envión, haciéndolo tambalearse contra la pared de piedra.
—Marcus, joder, solo era parte del plan de Eilis... —empezó a justificarse Killian, levantando las manos, aunque sus ojos dearg titilaron con nerviosismo.
—Me importa una puta mierda el plan de Eilis —le espeté, dándole un paso al frente y acorcolándolo contra el muro. Dejé que el brillo salvaje de mi híbrido asomara en mis pupilas, liberando una presión que lo hizo tragar saliva—. Te advertí que no te quería cerca de mi mujer, y te has aprovechado de su idea para venir aquí a pavonearte. Has llevado tu jodida actuación demasiado lejos con Malen, y casi provocas una matanza en mitad de la sede.
—Solo intentaba ayudar a Connor...
—Si vuelves a usar a las mujeres de este clan para tus jueguecitos de orgullo, o si se te ocurre volver a mirar a Eilis con esos ojos de cordero degollado, no va a ser Connor el que te arranque la cabeza. Seré yo. ¿Te ha quedado claro, Killian?
El dearg asintió lentamente, con la mandíbula apretada, reconociendo que no tenía ninguna oportunidad contra la fiera que yo llevaba dentro.
—Desaparece de mi vista antes de que se me acabe la paciencia —sentencié, dándole la espalda.
Regresé al bar de la sede, acomodándome la ropa mientras empujaba la puerta de madera. Pensé que la tormenta de la noche ya había pasado, pero en cuanto puse un pie dentro del local, me di cuenta de que me equivocaba por completo. La atención del bar se había desplazado ahora hacia la zona cercana a los sofás.
Eilis había regresado al salón tras dejar a Malen a salvo, y se había topado de frente con Roxanne, que seguía merodeando por el espacio con sus amigas.
—Te lo voy a decir una sola vez, Roxanne —la voz de mi mujer resonó con una claridad cortante que se impuso sobre el murmullo general—. Aléjate de Marcus. Ya has tenido suficiente espectáculo por hoy.
Roxanne soltó una carcajada suave, cruzándose de brazos y mirándola de arriba abajo con una superioridad descarada.
—Vaya, la dearg ha venido a marcar territorio —provocó la wulver, dando un paso hacia ella—. No sabía que Marcus tuviera dueña en un bar público. Que yo sepa, solo estábamos compartiendo una copa y hablando de la seguridad del clan. Si estás tan insegura de tu hombre que no puedes dejarlo charlar con otras mujeres, el problema lo tienes tú, Eilis.
—No pongas de excusa al clan, lagarta, que nos conocemos todas —le espetó Eilis, dando un paso al frente, con los ojos echando chispas y la postura completamente defensiva de una dearg herida en su orgullo—. Desde que Marcus está conmigo no has parado de buscar la forma de cruzarte en su camino. Búscate a otro y deja de husmear donde no te han llamado si no quieres que te enseñe de lo que es capaz una dearg de verdad.
Me apoyé contra el marco de la puerta de la entrada, cruzando los brazos sobre el pecho mientras una sonrisa de suficiencia se dibujaba en mi rostro. Ver a mi mujer fuera de sí por los celos, defendiendo lo que era suyo frente a todo el bar, era un espectáculo que mi híbrido estaba disfrutando enormemente. La balanza empezaba a equilibrarse.
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Editado: 07.07.2026