Marcus
La humareda negra de Muriel terminó de disiparse, pero el aire en el bar de la sede seguía oliendo a muerte y a azufre. Me quedé de pie en mitad de los escombros, con los puños apretados y el pulso desbocado, sintiendo la mano de Eilis firme sobre mi espalda. Su tacto era lo único que me impedía caerme a pedazos por dentro; a través del lazo, notaba cómo intentaba absorber el frío maldito que me había dejado ver morir a mi madre, dándome una estabilidad que yo no tenía.
Me obligué a apartar la vista de las cenizas y barrí el local con los ojos de mi híbrido.
Sybila había huido. En cuanto vio caer a su señora, la cobarde bruja se desvaneció en un torbellino de niebla oscura, arrastrando consigo a los monstruos que aún quedaban vivos y que aullaban de terror por la pérdida de su creadora. Sabíamos perfectamente que volverían; la advertencia final de mi madre seguía resonando en mi cabeza como un eco funesto. Alguien más vendría a reclamar el valle. No era un final, era solo una tregua, pero por ahora estábamos a salvo. Los dearg y los wulvers supervivientes empezaban a bajar las armas, gimiendo de dolor mientras atendían a los heridos.
Entonces, el tiempo se detuvo por completo.
El barullo de los lamentos se apagó y una luz blanca, pura y cegadora, brotó del centro de la estancia, barriendo las tinieblas y el olor a sangre. El calor que desprendía no era el fuego destructor de la magia oscura; era una energía antigua, imponente y divina que me obligó a entrecerrar los ojos y a dar un paso atrás, arrastrando a Eilis conmigo para protegerla.
La diosa Epona se apareció ante nosotros.
Su figura era majestuosa, rodeada de un aura que destilaba la fuerza de la tierra y la naturaleza misma del valle. Su mirada recorrió los destrozos de la sede con una solemnidad que nos hizo hincar la rodilla a casi todos los presentes por puro instinto de reverencia. Pero lo que nos dejó sin aliento no fue solo la presencia de la deidad.
Al lado de la diosa, caminando con pasos titubeantes pero firmes, venía ella.
Kiara.
El silencio en el bar se volvió sepulcral. Alan, que seguía de rodillas sobre las cenizas de Muriel con la lanza aún en la mano y el cuerpo cubierto de sangre enemiga, levantó la cabeza despacio. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y la lanza resbaló de sus dedos, golpeando el suelo maderado. Toda la furia y el odio que lo habían transformado en una bestia sedienta de sangre se evaporaron en un segundo, sustituidos por una incredulidad desgarradora.
Epona extendió su mano, rozando suavemente el hombro de la joven humana antes de mirarnos a todos. La diosa había cumplido su palabra. La sangre de Muriel había sido derramada, el castigo y la deuda de honor con el clan estaban saldados, y el alma de Kiara regresaba del reino de los muertos para ocupar el lugar que le correspondía entre los vivos, trayendo de vuelta su fragilidad y su luz a nuestro mundo de monstruos.
La diosa Epona dio un paso al frente, y la luz que la rodeaba se atenuó lo justo para permitirnos sostenerle la mirada. Su rostro divino no reflejaba alegría, sino la fría justicia de los pactos antiguos. Miró a la joven que estaba a su lado y luego nos barrió a todos con sus ojos cargados de eternidad.
—He cumplido mi palabra —declaró la deidad, y su voz resonó en los huesos de cada guerrero presente—. La sangre de la traidora ha sido derramada y el equilibrio se ha restablecido. Pero la muerte no se burla tan fácilmente. Kiara ha vuelto, pero no de la forma en que la recordáis.
Alan, que seguía de rodillas, estiró una mano temblorosa hacia ella, pero se detuvo en el aire. Había algo diferente en Kiara. Su presencia ya no emanaba la calidez vulnerable de los humanos; ahora desprendía una pureza mística, un aura sutil y gélida que nos erizaba la piel a los cambiaformas.
—Esto no es un regreso definitivo, sino una concesión —continuó Epona, clavando sus ojos en la muchacha—. Kiara, te otorgo un ultimátum. No tienes que decidir tu destino esta noche. Te concedo el plazo de un año terrenal. Durante estos doce meses vivirás en este mundo, y cuando el ciclo se complete, regresaré. Te volveré a preguntar si deseas quedarte aquí abajo o si prefieres marcharte conmigo a los campos de la eternidad. La elección será puramente tuya.
El bar entero contuvo el aliento. Un año. Un año para convencerla de quedarse, o para despedirse.
—Además, debéis saber que ella ya no es una simple humana —advirtió la diosa, endureciendo el tono—. Ha cruzado el umbral. Kiara regresa como una inmortal. Su antigua vida se ha borrado y, por lo tanto, los hilos de su destino se han reescrito: en este momento no siente lazos sagrados con nadie en este mundo. Es libre de elegir pareja si decide quedarse, rompiendo cualquier unión del pasado.
Alan palideció de forma espantosa. La mujer por la que había vendido su alma y masacrado a una original estaba a unos metros de él, pero el vínculo que una vez los unió ya no existía en el pecho de ella. Kiara lo miraba con una mezcla de reconocimiento y una extraña, pacífica distancia.
Fruncí el ceño, intentando comprender la naturaleza de lo que tenía delante. Di un paso al frente, apartándome sutilmente de Eilis.
—¿Qué es exactamente ahora? —le pregunté a la diosa, con mi voz ronca de híbrido—. ¿La has devuelto como una dearg o como una wulver?
Epona soltó una sonrisa leve, majestuosa y distante.
—Ninguna de las dos, Marcus —respondió la deidad—. No pertenece a tus clanes de sangre, ni a las leyes de los lobos o los cuervos. Kiara regresa como una de mis sacerdotisas.
Al escuchar esas palabras, Alano y Lug se tensaron visiblemente. El viejo líder y el sabio del clan intercambiaron una mirada de absoluta perplejidad, abriendo los ojos de par en par. En las crónicas del valle, las sacerdotisas de Epona eran figuras de leyenda, mitos de la primera era que nadie vivo había llegado a presenciar.
Al notar la confusión y el temor reverencial que se extendía por el bar destrozado, la diosa Epona extendió sus brazos, y unas runas de luz dorada comenzaron a flotar efímeramente alrededor de Kiara.
—Para los que habéis olvidado las viejas costumbres, os explicaré lo que esto significa —sentenció la diosa—. Como mi sacerdotisa, Kiara posee ahora la inmortalidad y es la portadora directa de mi gracia en este valle. Su cuerpo ya no conocerá la enfermedad ni la debilidad humana. Tiene el poder de canalizar la energía de la tierra para sanar heridas que la medicina vuestra no puede tocar, y su palabra estará bendecida con el don de la profecía mística. Ella es, a partir de hoy, el nexo entre mi voluntad divina y vuestros clanes. Si alguien osa ponerle una mano encima para dañarla, no solo se enfrentará a la furia de un lobo, sino a la maldición directa de la tierra que pisáis.
Kiara bajó la mirada, observando sus propias manos, que ahora desprendían un levísimo fulgor blanquecino. El año de tregua había comenzado, pero las reglas del juego en el valle acaban de cambiar para siempre.
La diosa Epona guardó silencio durante unos instantes, dejando que el peso de sus palabras se asentara en las paredes agrietadas de la sede. El fulgor dorado que la envolvía comenzó a intensificarse, una señal inequívoca de que su tiempo en nuestro plano se estaba agotando.
Antes de que su silueta empezara a disolverse en el aire, fijó sus ojos divinos en todos nosotros, dedicándonos una última mirada cargada de una sabiduría tan antigua como el propio valle.
—Os dejo una última verdad para que la meditéis durante este invierno —anunció la deidad, y su voz resonó como el eco del viento entre los árboles—. *«El agua que regresa al cauce seco no siempre calma la sed del pasado; a veces, solo siembra una nueva semilla. No forcéis el brote antes de tiempo, pues las flores de la eternidad solo arraigan en la tierra que es verdaderamente libre».*
Con ese proverbio flotando en el ambiente como una advertencia silenciosa, la luz blanca estalló en un destello pacífico y Epona desapareció.
El bar quedó sumido de nuevo en la penumbra y el caos material de los destrozos. Kiara se quedó de pie en el centro, parpadeando, asimilando su nueva condición de inmortal. Alan dio un paso hacia ella, con los ojos empañados y los labios temblando, pero la distancia mística que ahora los separaba era evidente. Alano y Lug se acercaron rápidamente a la muchacha, rompiendo el estupefacto silencio para empezar a gestionar la situación y ofrecerle la protección que su nuevo rango exigía.
Pero yo ya había tenido suficiente por una sola noche.
La adrenalina de la batalla estaba desapareciendo, y el peso de haber visto morir a mi madre, sumado al dolor reprimido que Eilis seguía absorbiendo a través de nuestro lazo, me golpeó de lleno. Me sentía agotado, con el cuerpo entumecido y el alma congestionada.
Giré la cabeza hacia mi mujer. Eilis me estaba mirando; sus ojos dearg reflejaban una comprensión absoluta. No necesitaba que le dijera nada. Sabía perfectamente que mi fachada de líder de hierro se estaba desmoronando a pasos agigantados y que el aire de la sede me ahogaba.
Le tendí la mano. Ella la tomó de inmediato, entrelazando sus dedos con los míos con una fuerza reconfortante.
Sin despedirme de Alano, de Logan ni de nadie más, la guíe hacia la salida lateral. Cruzamos el callejón frío y caminamos en silencio bajo el manto de la noche estrellada, alejándonos del ruido de los heridos y de los misterios divinos que acababan de instalarse en el valle. Solo cuando la puerta de nuestra casa se cerró detrás de nosotros, dejándonos en el calor y el silencio de nuestro propio hogar, me permití soltar un largo suspiro, buscando refugio en los brazos de la única persona que conocía de verdad al monstruo y al hombre que llevaba dentro.
#655 en Fantasía
#399 en Personajes sobrenaturales
vampiros compañeros de sangre, vampiros dioses lobos, vampiros amor
Editado: 07.07.2026