El vínculo prohibido: El precio de la sangre

Epílogo

El susurro del invierno:
Habían pasado cuatro meses desde aquella noche en que el suelo de la sede se tiñó de sangre y ceniza, cuatro meses desde que la luz de Epona cambió el destino del valle para siempre. El invierno había entrado con fuerza, cubriendo los bosques de un manto blanco y espeso que invitaba a la introspección, como si la propia naturaleza intentara sepultar los fantasmas del pasado bajo el hielo.
Las cosas en el clan habían tomado un rumbo que nadie habría sido capaz de predecir.
Kiara caminaba ahora entre nosotros como una sombra hermosa y distante. Su nueva condición de inmortal y sacerdotisa la envolvía en un aura de misticismo que infundía respeto, pero el verdadero conflicto no era su poder, sino su corazón. No estaba con Alan. Con una lucidez que rozaba la crueldad, Kiara había dejado claras sus razones: si él no la había querido de verdad cuando era una simple humana, si la había menospreciado por su fragilidad, ahora que poseía la gracia divina tampoco iba a aceptar un amor nacido de la culpa o el asombro.
Alan estaba furioso. Su orgullo wulver y el dolor de haber vendido casi su alma para salvarla se habían transformado en una coraza de resentimiento. Incapaz de lidiar con el rechazo de la mujer por la que había desafiado a la muerte, comenzó a darle de lado, cruzándose en su camino con la mandíbula apretada y la mirada gélida, ignorando deliberadamente la presencia de la que una vez fue su luz.
Por mi parte, la vida me sonreía de una forma que jamás creí merecer. Mi relación con Eilis era cada vez mejor, más profunda y sólida. La marca en nuestras muñecas ya no quemaba, pero seguía latiendo con un calor reconfortante que nos recordaba, a cada segundo, que nuestras almas pertenecían al mismo bando. El tener a mi hermano Ares y a mi sobrino cerca, llenaba mi vida de una energía nueva, era el punto de inflexión que necesitaba para dejar ir, por fin, la sombra de mi madre. Éramos una familia. Una de verdad.
Una tarde, mientras contemplaba el atardecer dorado reflejarse en la nieve desde el porche, un viejo proverbio del norte acudió a mi mente, uno que mi padre solía repetir cuando las tormentas amenazaban el valle:
> *«La herida que se cierra en falso bajo la nieve, florece con espinas cuando llega el deshielo. Pues no hay lazo más inquebrantable que el que se rompe para volver a tejerse con hilos de sangre y redención».*
>
Miré hacia el linde del bosque. A lo lejos, Kiara caminaba sola, con su capa blanca confundiéndose con el paisaje, mientras Alan la observaba desde la distancia, oculto entre los árboles como un lobo que se niega a abandonar a su presa a pesar de tener las garras congeladas.
Había un presagio oscuro y magnético suspendido en el aire del invierno. La tregua de un año concedida por la diosa seguía su curso, pero el hilo que unía a Alan y a Kiara no se había cortado; simplemente se había tensado hasta el límite de lo humano. Sabía, con el instinto de un líder híbrido, que la historia de esos dos no había terminado. El desprecio actual de Alan y la distancia mística de Kiara eran solo el preludio de una tormenta mucho mayor. Cuando el hielo finalmente se rompiera, la furia de un lobo herido y la voluntad de una sacerdotisa inmortal chocarían con una fuerza capaz de hacer temblar los cimientos de todo el valle.
Pero esa... esa sería otra historia. Una donde la redención se pagaría con creces.
Sonreí levemente al sentir los brazos de Eilis rodeándome la cintura desde atrás, pegando su cuerpo cálido al mío. Me giré para besar su frente, agradecido por mi propia paz, mientras el viento invernal se llevaba el susurro de lo que estaba por venir.




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