Año 2042.
La humanidad ha avanzado tecnológicamente, pero la sobrepoblación y la desigualdad hicieron que las corporaciones privadas obtuvieran un poder casi absoluto.
Soy Ariana Castillo, científica. He vivido muchas situaciones en mi vida, pero de algo estoy segura: **el gobierno está tramando algo.
Mientras iba a mi laboratorio, una sirena empezó a sonar. Salí de inmediato y miré por la ventana: los autos estaban destruidos, la gente caminaba cojeando, con los ojos rojos, persiguiendo a otros.
—¿Qué es esto? —me pregunté.
Todos corrían buscando un lugar seguro. Yo estaba preparada para una situación así. Volví al laboratorio, saqué una mochila con provisiones y me dirigí a un búnker que estaba cerca de mi casa.
Las calles eran un caos total: infectados por todos lados, gritos, explosiones. Me escondí entre unos arbustos porque había un infectado frente a mí. Caminaba de puntillas, conteniendo la respiración, cuando de pronto uno me agarró por detrás.
Sentí que ya iba a morir… pero de repente, un disparo.
El infectado cayó encima de mí. Un hombre lo apartó rápidamente.
—Ven conmigo, tengo un refugio cerca —dijo mientras miraba a todos lados.
Lo seguí. Efectivamente, había un búnker. Entré con él y vi a una señora embarazada sentada en un rincón.
—Hola, ¿quién eres? —me preguntó con voz temblorosa.
—Soy Ariana Castillo. ¿Y ustedes? —respondí mientras me sentaba en unos sillones viejos.
—Soy Raúl, y ella es mi esposa, Beatriz —dijo estrechándome la mano.
—Gracias por salvarme allá afuera —le sonreí.
—De nada. No sé qué está pasando, pero creo que son infectados.
—Sí, lo son —respondí—, aunque aún no sé cómo se infectaron.
—Usted es científica, ¿cierto? —preguntó Beatriz.
—Sí, pero tranquila. No trabajo para el gobierno, trabajo en una empresa que cree en la transparencia —dije, intentando tranquilizarla.
—¿Tú sabes ayudar en un parto? —preguntó asustada.
—Un poco… algo sé —respondí con sinceridad.
Mientras conversábamos, se escucharon explosiones por todos lados. Bombas cayendo sin parar.
No sabía si intentaban salvarnos…
o matarnos.
Pasaron cuatro semanas y con Beatriz y Raúl empezamos a llevarnos bastante bien. Pero había un problema: ya no quedaban suministros ni leche para el bebé, que en tres días iba a nacer.
Raúl quería ir solo a buscar provisiones al supermercado, pero no lo dejé. Le dije que sabía manejar todo tipo de pistolas. Me costó convencerlo, pero al final aceptó.
Salimos del búnker y avanzamos con cuidado hasta una tienda que estaba cerca. El mundo era un caos absoluto: casas destruidas, infectados comiendo todo lo que encontraban. Era un verdadero desastre.
—Ariana, ve por detrás de la tienda y yo iré por delante. Ten cuidado —dijo mientras iba a abrir la puerta.
Yo solo asentí.