El virus

Desconocidos

Fui por la parte trasera y estaba llena de infectados. Menos mal que Raúl tenía silenciador; si no, ya estaríamos muertos. Entré y le disparé a tres que estaban dentro de la tienda. Tomé leche, comida enlatada, agua y todo lo que pude.
Mientras recogía las cosas, escuché un ruido. Me giré y apunté con el arma. Era un chico.
—Mi intención no es hacerte daño —dijo con las manos arriba.
Qué raro: podría haberme apuntado con el arma que tenía, pero no lo hizo.
—¿Quién eres? —le pregunté sin bajar la pistola.
—Elian. Ayudo a sobrevivientes —respondió sin bajar las manos.
—Vete a otro lugar, aquí no hay nada —mentí. Tenía que sobrevivir.
—Mentira. Esto está lleno —dijo mientras se acercaba.
—Quédate quieto o te dispar… —antes de que terminara la frase, se acercó rápido y me quitó la pistola.
—No eres tan ágil —dijo sonriendo.
—Dame la pistola, imbécil —le dije mientras me acercaba.
Mientras discutíamos, me miraba fijamente. Sentí un cosquilleo en el estómago. ¿Quién era él y por qué me hacía sentir así? Entonces se acercó y me devolvió el arma.
—Ten más cuidado —dijo.
—Lo sé… ¿de verdad ayudas a los sobrevivientes? —pregunté.
—Sí. Estoy en un búnker cerca de aquí y mi compañero está en otra tienda buscando suministros —respondió, sentándose en el suelo.
Mientras hablábamos, llegó Raúl.
—¿Quién es él? —dijo apuntándole con el arma.
—Raúl, no te preocupes, es bueno —dije intentando que bajara el arma.
—Sí, señor. Me presento, soy Elian. Ayudo a los sobrevivientes —dijo extendiendo el brazo para saludarlo.
Raúl, todavía desconfiado, le estrechó el brazo.
Volvimos al búnker. Beatriz estaba muy nerviosa porque nos habíamos demorado. Mientras comíamos, sentimos una explosión muy cerca.
—Este búnker no va a durar mucho —dije—. Es antiguo. Si cae una bomba encima, no sobreviviremos.
Hablamos un rato y nos pusimos de acuerdo: iríamos a una tienda con suministros, la reforzaríamos con madera y la usaríamos como refugio por ahora. En el búnker, tarde o temprano, moriríamos.
Nos fuimos a la tienda. Raúl y yo reforzamos el lugar mientras Beatriz se acomodaba en una caja con mantas para sentirse mejor. Mientras trabajábamos, escuchamos un auto, y los caminantes se dirigían hacia la tienda.
Nos metimos rápidamente y nos escondimos, guardando silencio. Pasó una hora y los caminantes se fueron hacia otras casas. Pero de nuevo escuchamos un auto.
—¡Ariana! —dijo un joven: era Elian.
—¿Elian? ¿Qué pasó? —le pregunté.
— Ellos son Esteban y Catalina. Nuestro refugio fue destruido… ¿podríamos quedarnos con ustedes? —dijo Elian.
Raúl no confiaba mucho en los desconocidos y me miró, diciendo “no”, pero no sabía qué decir.
—Heeee… no sé qué decirte —le respondí.
—Ya sé que no nos conocemos, pero te aseguro que somos buenos. Si quieres, te dejo todas mis armas —dijo mirándome a los ojos.
Miré a Raúl y rodé los ojos. Él sabía lo que me pasaba con Elian, pero finalmente asintió, diciendo: “bueno, está bien”
—Bueno, entréguenme las armas y los dejamos entrar —dijo Raúl.
Entregaron las armas y se metieron a la tienda. Beatriz no entendía nada, así que Raúl le contó todo




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