—Y díganme, ¿cómo sobrevivieron? —preguntó Raúl.
—Pues no fue fácil —dijo Elian—. Cuando empezó todo esto, yo estaba en el hospital.
—¿Estás enfermo? —preguntó Beatriz.
—No, soy médico —respondió.
Raúl y Beatriz se sintieron aliviados; eso significaba que podrían contar con ayuda para el bebé que esperaban.
—¿Cuándo va a nacer el bebé? —preguntó Elian.
—Se supone que mañana —dijo Raúl.
—Si quieres, puedo ayudar con el parto —dijo con tranquilidad.
—Sí, por favor, te lo agradeceremos —dijo Beatriz.
—Entiendo, no se preocupen —respondio.
—Yo me presento, soy Catalina, tengo 19 años. Estaba estudiando para la prueba de admisión a la universidad —dijo tímidamente.
—Un gusto conocerte, Catalina —dije sonriendo.
—Y tú, Esteban, ¿quién eres? —preguntó.
—Tengo 28 años y trabajo en el Estado —dijo mientras miraba la comida que estaba comiendo.
—Entiendo —respondí.
Me levanté y fui hacia donde preparábamos el café. Mientras esperaba que el agua hirviera, me puse a revisar mentalmente los documentos que había encontrado años atrás cuando trabajaba con el gobierno.
Por primera vez, comprendí con claridad lo que aquellos informes querían decir: el virus, su mutación, cómo se propagaba y cómo afectaba a las personas. Nunca imaginé que algún día lo harían realidad.
He pasado todo este tiempo intentando encontrar una cura para cosas como esta, para los experimentos y atrocidades del gobierno. Pero ahora… todo era diferente. Lo que antes era un desafío teórico, ahora era una emergencia de vida o muerte, con personas inocentes y amigos en peligro.
Tomé un sorbo de café y respiré hondo. Sabía que ya no podía depender solo de la teoría o de mis conocimientos pasados. Cada decisión, cada acción, cada instante contaba. El virus ya estaba fuera de control, y ellos… el gobierno… habían hecho que nuestra supervivencia fuera mucho más difícil.
Pero también sabía algo: si alguien podía enfrentarlo, éramos nosotros. No solo por nosotros mismos, sino por los que no podían defenderse. Por Beatriz, por el bebé, por los sobrevivientes que dependían de nosotros.
Me aparté de la cafetera y comencé a revisar todo lo que teníamos en la tienda: latas de comida, botellas de agua, medicinas básicas y cualquier cosa que pudiera servir para algo más que sobrevivir.
—Chicos —dije, llamando la atención de todos—. Tenemos que pensar en algo más que solo escondernos. Si este virus sigue propagándose, tarde o temprano los infectados van a encontrarnos… y no podemos depender solo de la suerte.
Elian se acercó y miró las cajas de medicinas y químicos que había guardado.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó, curioso.
—Necesito intentar **ralentizar el virus** —le expliqué—. He trabajado con virus antes, aunque de forma teórica, y sé que algunos químicos comunes pueden hacer que se degrade su efectividad si los usamos correctamente podemos hasta crear la cura.
Raúl frunció el ceño.
—¿Qué tan seguro es eso? —preguntó—. No quiero que nadie se lastime.
—No es perfecto, pero es mejor que nada —respondí—. Mientras tanto, tenemos que organizar turnos para vigilar afuera, reforzar la entrada y asegurarnos de que Beatriz y el bebé estén a salvo.
Esteban y Catalina comenzaron a ayudar a organizar los suministros, mientras Elian y yo preparábamos lo que necesitábamos. Cortamos tela para improvisar mascarillas, mezclamos algunos químicos en pequeñas cantidades y pusimos trampas improvisadas cerca de las entradas.
Mientras trabajábamos, no podía evitar sentir la tensión en el aire: cada ruido fuera de la tienda hacía que mi corazón latiera más rápido. Cada sombra parecía un infectado listo para atacar.
—Ariana —dijo Elian, bajando la voz—. ¿De verdad crees que esto funcionará?
Lo miré y suspiré.
—No lo sé… pero tenemos que intentarlo. No podemos esperar a que el gobierno o la suerte nos salven. Si sobrevivimos, depende de lo que hagamos ahora.
Mientras hablaba, sentí que algo cambiaba en mí: miedo, sí, pero también determinación. No solo por mí, sino por **todos los que dependen de nosotros**. Beatriz, el bebé, Raúl, Elian… y todos los sobrevivientes que no conocíamos aún.
El plan estaba en marcha. Era arriesgado, pero cada minuto contaba, y la batalla por nuestra supervivencia apenas comenzaba.
Mientras Elian y yo trabajábamos en cómo detener los virus, me di cuenta de que necesitaba un ingrediente que estaba en el laboratorio. Si intentaba hacer algo más sin él, podía ser peligroso. Les dije a los chicos que iba al laboratorio, pero eso no les cayó nada bien.
—¿Cómo se te ocurre? —dijo Raúl.
—Pero, Raúl, ese material es esencial y aquí no lo tenemos. Entiende, puede ayudar a crear una cura.
—Pero a mí me importas tú, cómo estás. Imagínate si mueres… Quiero que cuides a Beatriz —dijo preocupado.
—Pero, Raúl, si consigo la cura será mejor para ustedes y para mí —le respondí.
Intenté convencerlo… y lo logré.