El virus

Laboratorio

Elian me acompañó y nos pusimos en marcha. El laboratorio quedaba a unas cuatro cuadras de nuestro refugio. Fuimos en silencio, porque con un solo ruido estaríamos muertos. Ya nos faltaba poco cuando vi a una niña, de unos ocho años, dentro de una caja. Desde lejos no sabía si estaba viva o muerta. Elian y yo nos acercamos y, efectivamente, estaba viva. Ella se asustó.
—¿Quiénes son? —dijo llorando.
—Tranquila, no te voy a hacer daño —le dije mientras intentaba tomar su mano.
—¿Qué haces aquí sola? —preguntó Elian.
—Mi mamá murió por los monstruos…
—Entiendo, pequeña. Ven conmigo, te cuidaremos. Es peligroso quedarse aquí…
Mientras intentaba terminar la oración, los infectados comenzaron a acercarse. Elian disparaba, pero se le acabaron las balas. Le pasé mi pistola mientras corríamos hacia el laboratorio. Entramos por poco: tres segundos más y no lo contábamos.
Fui directo a mi lugar de trabajo y saqué los materiales que necesitaba. La niña estaba con Elian, jugando. Mientras los miraba de reojo, sonreía por dentro y pensaba: *es bueno con los niños*.
Cuando terminé de guardar las cosas en mi mochila, salimos del laboratorio con cuidado. La niña era muy callada, así que no nos dio problemas. Llegamos al refugio y encontramos a Raúl y a Beatriz, visiblemente preocupados.
—¿Qué pasó? ¿Por qué se ven tan preocupados? —pregunté, inquieta.
—Creo que va a nacer el bebé —dijo Raúl, sonriendo nerviosamente.
Beatriz estaba con mucho dolor y se quejaba a cada momento. Elian mandó a Catalina y Esteban a buscar pañitos fríos y calientes, una toalla y más materiales. Raúl estaba medio preocupado y medio feliz.
Nos acomodamos en un sitio seguro mientras Elian ayudaba a Beatriz, apoyándola y dándole instrucciones. Me acerqué y le tomé la mano; ella apretó la mía con fuerza.
—Empuja fuerte —dijo Elian.
—¡Ahhhhhhh! —gritó Beatriz.
—Un poco más —indicó Elian, mientras sostenía la cabeza del bebé.
—¡Ahhhhhh! —volvió a gritar Beatriz.
—¡Ya nació! —exclamó Elian—. Es un bebé tan bonito.
Raúl se acercó, emocionado, y no pudo contener las lágrimas. Todos felicitamos a los nuevos padres. Ahora tenemos un motivo más para crear la cura.
Al día siguiente, mientras estaba en mi lugar de siempre trabajando, noté algo curioso, algo que nunca antes había visto. Lo observé por unos segundos, pero decidí seguir con mi trabajo durante todo el día.
Cuando llegó la noche, Elian se acercó en silencio.
—Ariana, descansa un poco —dijo, mirándome a los ojos
—No puedo —respondí mientras tomaba un sorbo de café—. Tengo que encontrar la forma de detener este virus.
Elian dio un paso más cerca. De pronto, sentí sus manos rodeando mi cintura con suavidad. Levanté la mirada y nos quedamos así, mirándonos durante un largo momento. No hizo falta decir nada; sentía que me entendía incluso cuando yo no encontraba las palabras.
Nos acercamos lentamente y nuestros labios se encontraron en un beso primero tranquilo, luego más intenso, cargado de todo lo que habíamos guardado durante tanto tiempo. El mundo parecía haberse detenido.
Caminamos juntos hasta el rincón donde solía dormir. Allí, entre susurros y caricias, dejamos que el cansancio, el miedo y la soledad se disiparan. Esa noche no fue solo de cuerpos, sino de refugio, de conexión, de sentir que no estábamos solos en medio del caos.
Por primera vez en mucho tiempo, me dormí en paz.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.