El virus

¿Valió la pena?

El aire cambió antes de que lo viéramos.
No fue un sonido ni una explosión, fue una sensación. Algo invisible recorrió la ciudad como un susurro, entrando en pulmones cansados, cuerpos rotos, vidas al límite.
Desde el refugio, observábamos en silencio.
Primero fueron los infectados más cercanos. Uno cayó de rodillas, convulsionando. Sus gritos se mezclaron con un silencio pesado. Pensé que había muerto… hasta que se levantó.
Sus ojos ya no estaban vidriosos. Su respiración se normalizó. **Había vuelto.**
Un llanto de alivio recorrió el refugio.
Pero no todos tuvieron la misma suerte.
Más lejos, una mujer cayó al suelo, temblando. Su cuerpo no resistió. La cura era demasiado fuerte para ella. Murió en segundos, sin gritos, sin despedidas.
—No… —susurré.
Elian me sostuvo por los hombros.
—Hiciste lo que pudiste.
En una calle cercana, un niño infectado dejó de moverse… y luego abrió los ojos, respirando con dificultad. Su madre lo abrazó llorando.
A unos metros, un hombre sano comenzó a toser sangre. Su sistema no resistió la reacción. Cayó sin vida.
Gritos. Llanto. Risas nerviosas. El mundo se partía en dos al mismo tiempo
La radio del refugio crepitó.
—Aquí puesto médico improvisado —dijo una voz—. Hay personas recuperándose… y otras muriendo. No es contagioso. Repito, **no es contagioso**.
Beatriz abrazó a su bebé con fuerza.
—¿Valió la pena? —preguntó con la voz quebrada.
Miré mis manos. Temblaban.
—No lo sé —respondí—. Pero ahora existe una oportunidad.
Elian me miró en silencio. En sus ojos no había reproche, solo una tristeza profunda… y orgullo.
Horas después, el caos disminuyó. Los infectados que sobrevivieron ya no lo estaban. Los que no resistieron… quedaron atrás.
La cura no era perfecta.
Pero el virus ya no era invencible.
Esa noche, mientras la ciudad respiraba de otra forma, entendí algo terrible y hermoso al mismo tiempo:
Salvar al mundo no significa salvar a todos.
Y esa verdad pesaba más que cualquier virus
Al día siguiente me levanté, me puse la mascarilla y salí afuera. El humo blanco aún seguía en el aire. Había personas que se habían recuperado… y otras que no.
Sinceramente, hice todo lo que pude, pero aun así me daba rabia no haber podido ayudar a todos.
Mientras estaba perdida en ese dilema mental, Elian me abrazó por la cintura desde atrás.
—Todo va a estar bien —dijo con voz suave—. Estoy orgulloso de todo lo que has hecho. Eres muy inteligente.
Me besó la mejilla y luego los labios. El beso se volvió más profundo, más lleno de necesidad y de alivio. Nos abrazamos fuerte y, sin decir nada más, fuimos a nuestro lugar. Por un momento, el mundo dejó de doler.
Después de eso, me levanté y fui a ver a la niña de ocho años.
—Hola, Paula —le dije sonriendo.
—Hola, Ariana —respondió.
—¿Cómo te sientes, princesa? —le pregunté.
—Bien, con más ánimo. ¿Y tú, Ariana? —me dijo mientras jugaba con unos juguetes que habíamos encontrado en la tienda.
—Me alegro mucho —le respondí, dándole un beso en la cabeza.
Luego volví a mi lugar de trabajo. Catalina se acercó y se sentó a mi lado.
—Sé que no hablamos mucho, pero gracias por toda la dedicación que le pones a esto —me dijo.
—Gracias por confiar en mí —le respondí sonriendo.
Hablamos toda la tarde. Me contó cosas de su vida que no sabía; era muy inteligente, igual que Esteban. También me confesó que ella y Esteban habían empezado a sentir algo más y que ahora estaban en una relación.
—Me alegra mucho —le dije—. Ojalá funcione.
—¿Y tú con Elian? —preguntó con una sonrisa pícara.
—No sé… es difícil explicarlo —respondí riendo.
En ese momento apareció Elian.
—Hola, chicas —dijo, dándome un beso en la frente.
—Hola —respondimos las dos.
Con Elian estábamos en nuestro mejor momento. Nos entendíamos al cien por ciento. Siempre me apoyaba, incluso cuando le decía ideas que parecían locuras. Él solo sonreía.
Lo amaba por completo.
Con el tiempo, el mundo comenzó a mejorar. Gracias a la cura, la situación se estaba estabilizando. El gobierno fue detenido tras descubrirse que había creado el virus, y por fin nos sentíamos un poco más a salvo.
Un día, Elian y Esteban salieron a buscar provisiones; en la tienda quedaba muy poco y necesitábamos más.
De pronto, alguien golpeó la puerta con fuerza.
—¡Ayuda, ayuda! —gritó Esteban entrando corriendo.
—¿Qué pasó? —pregunté asustada.
En ese instante, Elian entró detrás de él… herido de bala.
—Fueron unas personas —dijo Esteban, con las manos manchadas de sangre—. Querían comida. Elian no los dejó y le dispararon. Les pedí que pararan, pero no me escucharon.
Respiré hondo para no entrar en pánico.
—Ponlo sobre la mesa —le dije a Esteban.
Corrí a buscar vendas y materiales. Intenté sacar la bala, pero Elian cerraba los ojos, muy débil.
—Mi amor, quédate conmigo, por favor —le dije llorando mientras lo curaba—. No te vayas…
Había perdido mucha sangre; caminaron más de diez cuadras para llegar.
—Elian, quédate con nosotros —dijo Raúl con la voz quebrada.
El refugio quedó en silencio.
Y por primera vez desde que todo empezó… tuve miedo de verdad.
Elian respiraba con dificultad. Cada vez que su pecho se elevaba, parecía costarle más. Mis manos estaban manchadas de sangre y me temblaban mientras presionaba la herida.
—No… no te duermas —le repetía—. Mírame, Elian, mírame.
Él cerró los ojos un segundo… y el pánico me atravesó.
—¡Elian! —grité—. Por favor… quédate conmigo.
Raúl estaba a mi lado, pálido.
—Ariana… —dijo con cuidado—. Está perdiendo mucha sangre.
—Lo sé —respondí entre lágrimas—. Pero no se va a ir. No hoy.
Conseguí sacar la bala. Mis manos actuaban casi solas, como si todo lo que había aprendido en mi vida me estuviera sosteniendo en ese instante. Vendé la herida con fuerza, presionando, rogándole a su cuerpo que resistiera un poco más.
—Ariana… —murmuró él, apenas audible.
Me incliné de inmediato.
—Aquí estoy. Estoy contigo.
—Pensé… que no volvería —dijo, con una sonrisa débil.
—No digas eso —susurré—. No me asustes así nunca más.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos, con poca fuerza, pero lo suficiente para sentirlo vivo.
—Aún… tengo cosas que hacer contigo —dijo—. No planeo irme.
Solté un sollozo que era mitad risa, mitad llanto.
—Eres un idiota —le dije—. El idiota que más amo en este mundo.
Sus ojos se cerraron otra vez, pero esta vez su respiración se estabilizó un poco. Seguía inconsciente… pero **seguía aquí**.
Horas después, el silencio del refugio era distinto. Pesado, cansado… pero con una chispa de alivio.
Elian sobrevivió.
No salió ileso.
No despertó enseguida.
Y nada volvería a ser como antes.
Pero cuando finalmente abrió los ojos, horas más tarde, lo primero que vio fui yo, sentada a su lado, con la cabeza apoyada en la cama improvisada.
—Hola —dijo con voz ronca.
Le apreté la mano con fuerza.
—No vuelvas a asustarme así —le susurré.
Él sonrió apenas.
—Entonces quédate conmigo… para siempre.
Y en medio de un mundo roto, supe que, aunque quedaban cicatrices, **todavía teníamos futuro**.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.