Lo que quedó en el aire
Diez años después, el mundo ya no parecía un lugar roto.
Las ciudades volvieron a tener nombres y no solo ruinas. Los niños corrían sin mascarillas. Los libros se imprimían otra vez. La palabra *virus* ya no se decía en susurros.
Yo seguía trabajando, pero ahora en un laboratorio distinto. No para crear curas desesperadas, sino para prevenir futuros errores. Enseñaba a jóvenes científicos lo más importante que aprendí:
> *La ciencia sin humanidad es solo poder.*
Elian estaba afuera, arreglando el generador con Paula, que ya no era una niña. Reía fuerte, sin miedo. A veces lo miraba desde la ventana y pensaba en lo cerca que estuvimos de perderlo todo.
Raúl y Beatriz se habían quedado en la comunidad. Su hijo ya caminaba, ya preguntaba por qué el cielo era azul. Catalina y Esteban dirigían una red de comunicación entre ciudades. El mundo estaba unido por voces, no por control.
Cada año, en silencio, Elian y yo volvíamos al lugar donde todo terminó y todo empezó. No para lamentarnos, sino para recordar.
—¿Te pesa todavía? —me preguntó una vez.
Pensé en el humo blanco, en las decisiones imposibles, en los nombres que no volvieron.
—Me acompaña —respondí—. Y eso está bien.
Elian tomó mi mano, la misma que tembló al cambiar el destino del mundo.
—Entonces hicimos lo correcto —dijo.
Miré el horizonte. El sol se levantaba, como siempre, indiferente y hermoso.
No salvamos a todos.
Nunca lo hicimos.
Pero aprendimos a cuidar lo que quedó.
A amar sin promesas imposibles.
A vivir con memoria.
Y entendí, por fin, que el futuro no se construye con perfección…
sino con decisiones valientes y personas que se quedan.