El Zafiro Extraviado

Capítulo nueve

15 de abril

Casablanca, Marruecos

Dicen que los desiertos son tierras donde nada crece. Eso es cierto, pero en lo espiritual son un punto de nuevo comienzo.

Casablanca despertaba bajo un cielo naranja y un clima seco. En un hotel cerca del centro, cuyo estilo europeo resaltaba entre las construcciones orientales y las mezquitas, en una habitación se encontraba una persona.

15 de abril

Los últimos vestigios de la primavera árabe

Dicen que donde hubo fuego, hubo cenizas. La primavera árabe sigue calando: en muchos lugares aún continúan las protestas, las desapariciones y la injusticia, y en otros países el problema escaló a peor. ¿Habrá esperanza de un futuro feliz o estamos ante tiempos oscuros?

A.H.

Arlet cierra su grabadora y la deja al lado de la cama. Se frota el rostro con las manos para aliviar la tensión. Viajar a realizar una investigación fue su sueño durante mucho tiempo; ahora que lo ha cumplido, la realidad no es lo que parecía, y el miedo a lo que pudiera pasar le recorre cada célula del cuerpo. Luego aparta la sábana para acomodar la cama, toma la toalla y va al baño. El agua está fría, en contraste con el clima cálido de Casablanca, que los primeros días —sin ropa adecuada— casi la derritió; pero, gracias a Kate, eligió buenos conjuntos y también compró otras prendas en la ciudad.

Al salir, recogió su cuaderno de notas y su pequeño bolso, y bajó al lobby, donde se encontró con un ama de llaves que la miró de arriba abajo, como una señora juzgando su ropa.

Si Kate viera cómo mira esta señora, no pararía de hablar el día entero―pensó.

Cuando salió del hotel, se topó con el sol abrasador; algo que le habría molestado si no fuera porque se había comprado un sombrero. Caminó por las calles rumbo a la cafetería, a pocas cuadras. Al llegar, el lugar —de estilo parisino— le trajo un recuerdo del pasado.

―Sea bienvenida. ¿Qué desea pedir?―le preguntó una mesera.

―Solo quiero el típico desayuno―dijo Arlet. Si bien amaba la comida británica, en poco tiempo la marroquí la cautivó.

―Está bien―respondió la chica, y se fue.

―Oye, me sentaré fuera―avisó Arlet.

Afuera, se sentó en una mesa cerca de la puerta, con vista a la calle. Colocó su bolso y sacó el cuaderno para ponerse a escribir.

15 de mayo

Casablanca es un caso peculiar: una ciudad con la historia de haber sido colonia de varios imperios; esos lugares dejaron mucho. Un país que pasó —o, bueno, pasa— por períodos inestables. Los atentados de 2003 y 2007 dejaron una huella negra, y con la primavera árabe el problema aún no acaba. Pero la vida sigue: las personas trabajan y viven como si nada pasara. Ojalá pudiera ver más de esta hermosa ciudad.

Dejó de escribir cuando sintió algo suave rozarle la pierna. Al agacharse, vio a un peludo amigo.

―Hola, hermoso―dijo, mientras le acariciaba la cabeza al gato. Este se dejaba, y le sacó una sonrisa.

―Señorita, aquí está su desayuno―dijo un mesero al llegar con los platos.

Mientras Arlet degustaba el desayuno y miraba los edificios de enfrente, pensó que lo mejor que pudo hacer fue quedarse en la ciudad vieja, donde se respira la historia de siglos de Casablanca, a la vez que jugaba alimentando al pequeño compañero.

Luego de desayunar, siguió su camino por las calles de la ciudad vieja, observando los edificios con sus diversos estilos, hasta que se topó con una pequeña librería. Al frente, un señor estaba sentado leyendo, con un poco de café. Revisando los estantes, encontró muchos libros en árabe, pero también vio alguno que otro en inglés; dio con uno de historia.

―¿Cuánto cuesta?―preguntó.

―Unos 5 dírhams, señorita―respondió el hombre con una sonrisa cálida.

Arlet sacó el dinero de su bolso y se lo dio. Después caminó hasta un pequeño parque, donde encontró un lugar para sentarse a disfrutar el libro. Mientras lo hojeaba y contemplaba su contenido, tuvo la sensación de que alguien la observaba; pero no vio a nadie, así que siguió absorta en la lectura. Entonces, un sonido la sobresaltó: era el llamado a rezar desde la mezquita. Arlet revisó el reloj y vio que ya era mediodía.

Regresó al hotel, que estaba tranquilo, y subió a su habitación. Al entrar, dejó el bolso en la cama y tomó el cuaderno, revisando sus anotaciones; pero notó algo inusual: las cortinas del balcón estaban abiertas.

Estoy segura de que las cerré. No pudo ser el ama de llaves―pensó, inquieta.

Fue al balcón a ver si había algo. No vio nada. Cerró las cortinas y luego revisó su mochila, por si le habían robado; le habían advertido sobre eso antes de viajar. Sus documentos seguían allí. Fue a la puerta, pero al volver a la habitación se encontró con una imagen horrible.

―Sabes, pensé que no notarías que estoy dentro―dijo una voz . Arlet se paralizó de miedo; se dio la vuelta lentamente para ver quién era.

Lo que vio la perturbó: una chica de su edad, con el cabello negro como el carbón. Tenía la piel clara y unos ojos amarillos. Sería hermosa, si no fuera por las heridas y moretones que llevaba en los brazos y en el rostro.

―Sí, esto y horrible―dijo la chica al ver la expresión de Arlet.

―Tú… ¿quién eres?―preguntó Arlet, temblando.

―Pensé que William te lo había dicho. Maldición, lo asesinaré―dijo, molesta, aunque su expresión denotaba dolor.

―Él me dijo que me encontraría con un equipo―respondió Arlet, muerta de miedo.

―Pues aquí está el equipo―dijo la chica, a manera de saludo.

Al oír eso, el miedo de Arlet se disipó un poco, aunque aún persistía.

―Lo siento por cómo me presenté. Tuve un pequeño inconveniente antes de llegar a este lugar―dijo la chica.

―Pero… ¿qué te pasó?―preguntó Arlet, preocupada.

―Digamos que, cuando iba a salir de Egipto, me vi amenazada por un grupo de mercenarios. Me torturaron, pero logré escapar―dijo, como si fuera una experiencia del día a día.




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