Eldricht y el legado oculto

Capitulo IV / Lo que no ardió en la hoguera

Dracelle había pasado toda la noche intentando arreglar su reloj, pero todo intento era en vano. La frustración estaba empezando a consumirla. Cuando el sol empezo a salir, Dracelle resopló bruscamente. Con cuidado metió el reloj en la pequeña caja. Por un momento suplico silenciosamente que todo esto fuera un mal sueño. A regañientes empezó a arreglarse para las clases. Mientras cepillaba su cabello, observo su alrededor. Aunque no debía estar ahí, raramente sintió un sentimiento de pertenencia.

Al salir todo era igual, aunque un poco más colorido se podría decir. En el camino se encontró a su grupo de amigos, eran idénticos. No había ningún cambio. Exepto que eran más ¿Amables?.

—¿Porque esa cara larga linda?.—Pregunta Lucius con una sonrisa suave.

Dracelle frunció el ceño confundida, Pero rápidamente recordó que no estaba en su dimensión.

Eh, nada.—Respondio rápidamente— justo, solo me dormí un poco tarde ayer.

—Oh vale—Dijo Lucius. Restándole importancia.

Dracelle da un suspiro de alivio. Ella, junto a su grupo de amigos, caminan hacia las clases de herbologia. Al entrar al salon de clases, Dracelle se detiene de golpe. Cómo si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Su rostro lleno de confusión y algo más profundo. Su corazón latía desbocado contra sus costillas. Latía tan fuerte, como si doliera. Sus ojos se cristalizaron amenazando con desbordar lágrimas. Ahí estaba el, su padre. Estaba ahí, sentado con despreocupación.

—Padre...—Susurro incrédula.

Se acercó lentamente, con pasos vacilantes. Sus propias manos temblando, al intentar tocarlo. Cuando sus dedos vacilantes rozaron su hombro, una sensación que nunca había sentido, la invadido. Se dió cuenta que era lo que buscaba, Pero que jamás se atrevió admitir. La precensia de su padre. Cuando Theodore sintió su agarre en su hombro, se giro hacia ella con una sonrisa cálida.

—Hija, Buenos días. —Saludo suavemente—

La voz de Theodore atravesó a Dracelle, rompiendo paredes que por años construyó. Paredes donde nadie podía entrar y que ni ella podía escapar. Su fachada de arrogancia y dureza se desmoronó al escuchar la voz de su padre que jamás pudo escuchar, Pero que su corazón reconoció incluso en otra dimensión. Dracelle apretó la mandíbula tratando de contener sus lágrimas.

—¿Que pasa?.—Pregunto suavemente Theodore— ¿Es uno de esos días malos?

Theodore sonrió suavemente llevándola hacia sus brazos. El llanto de Dracelle se desbordó. Su cuerpo temblando en sollozos. La repentina sensación de calor, y el repentino amor paternal apretó su corazón. Era un abrazo que por años solamente podía soñar y anhelar.

—Vamos tranquila, todo pasa.—Dijo suavemente— Anda toma asiento, la clase comenzará.

Dracelle se reuso a soltar a su padre. Sus manos se aferraron a la túnica de su padre, incapaz de soltarlo. Theodore se le hizo un tanto extraño, Pero sabía que aveces hay días malos dónde solo necitamos un abrazo o hablar. Con un movimiento suave la aleja de el, secando sus lágrimas.

—Después de clases hablaremos de esto ¿De acuerdo?.—Propuso levemente.

Dracelle a regañientes asintió diriengose hacia su asiento. Lucius camina junto a ella acariciando suavemente su espalda. Durante toda la clase, Dracelle no aparto ni un segundo la mirada de su padre. Su precensia era tranquilizadora, su seguridad que irradiaba era sorprendente.

Ella lo observa con reverencia, como si lo dejara de ver el desaparecía. Estaba con las manos manchadas de tinta, los lentes apenas torcidos sobre la nariz, y esa calma peligrosa de los hombres que saben demasiado. En esa dimensión, nadie lo había acusado. Nadie lo había entregado. Nadie había encendido la hoguera.

Cuando la clase terminó, Dracelle cerró la puerta del aula cuando el último alumno se fue. Las plantas se replegaron solas, sensibles a la verdad que estaba a punto de decirse. El silencio quedó suspendido, espeso, como savia antigua.

Theodore ordenaba pergaminos mientras esperaba que le contara su sentir.

—¿Que sucede hija mía?. —Pregunto suavemente, levantando la vista hacia ella.

—No pertenezco a esta dimensión...—Dijo de repente— Está tierra no reconoce mis pasos.

Theodore frunce el ceño divertido. Se levanta de su asiento, dejando de revisar la tarea de sus alumnos.

—¿Pero que dices niña?.—Dijo riéndose ligeramente— ¿Segura que no tienes fiebre?

Dracelle sabía que era difícil que alguien le creyera. Con cuidado de la bolsa de su túnica, saco la pequeña caja donde se encontraba el reloj dañado.

—No sabía del poder que este reloj poseía...—Admito ella— Pensé que era un reloj común como todos.

Los ojos de Theodore se abrieron ampliamente al ver el reloj, sus propios pasos vacilando. Se acercó con cautela, con miedo de que desapareciera o todo esto fuera un sueño.

—Ese reloj...—Murmuro.

—Me lo dejaste cuando era un bebé —continuó ella—. En mi dimensión. La noche antes de que te quemaran.

La palabra quemaran no explotó. No ardió. Cayó entre ellos como ceniza vieja. Él cerró los ojos.

—Así que… fracasé —dijo con una calma rota— No logré protegerme en todas las líneas del tiempo.

—No —respondió Dracelle, dando un paso al frente— Me protegiste a mí.

El reloj pulsó.Las plantas temblaron. Era como si ese universo estuvo espantando demasiado por ese momento. Él se acercó despacio, como si temiera que ella se desvaneciera.

—Siempre supe que el tiempo no era lineal —murmuró—Pero no pensé que tendría tu rostro.

Tomó el reloj con cuidado reverencial, como quien toca una reliquia viva.

—Lo construí para huir —confesó—Para salvar algo.—La miró a los ojos—Nunca imaginé que tú serías ese algo.

Dracelle vio como si el reloj se aquietaba en manos de Theodore.Como si hubiese cumplido su promesa. Ella observaba como el examinaba el reloj.




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