La capilla está casi vacía. No es muy común que en días hábiles los cortesanos la visiten, pero no yace del todo vacía. He de decirle a Dimitry que necesitaba tener algo de paz después de lo descubierto y que este sitio me lo otorgaría. Sin objeción alguna, aceptó.
—¿Vas a pedirle a nuestro señor que cuide del futuro heredero?
Una pequeña sonrisa de la boca de Katrina se expande tras suponer al igual que el médico que mi desmayo fue resultado de un inminente embarazo.
—Ya te dije que no es seguro.
Ambas nos persignamos antes de tomar asiento en las bancas. No me gusta mentir y mucho menos cuando estoy en la iglesia, aunque supongo que tengo muchos pecados por expiar.
—Pues espero que estés en lo correcto. Eres muy joven aún, bueno nuestras madres tuvieron sus primeros hijos a los diecinueve, pero ya son otros tiempos, no lo crees. Además este lugar es más... liberal.
—Pero que ha hecho esta nación contigo, Kat.
—Probablemente lo mismo que a ti, Emme. Por cierto, tus diecinueve se acercan por igual. Espero aproveches para pedirle algo sorprendente a tu esposo y no me refiero a lo que puede hacerte en el lecho.
La codeo un tanto con una ligera sonrisa sobre mis labios y entonces callamos para tomar la santa misa, incluso si ella no comprende el idioma. Finalmente, la razón de mi visita a este sagrado templo se presenta.
—Voy a confesarme. Te veo afuera.
Katrina se aleja y me dirijo al confesionario de la capilla. La campana del castillo suena anunciando las doce en punto tal como la nota de Davinne espetaba.
—Perdóneme padre porque he pecado.
La puerta de madera que divide el confesionario se abre.
—No creo que tengamos tiempo para perdonar tus delitos, pequeña pecadora.
Mi rostro se aproxima a la malla, tras escuchar la voz de mi hermana en nuestro idioma natal.
—¿Lucinda?
No debería sorprenderme, pero lo hago.
—¿A quién más esperabas? ¿Al padre Humbaro? Lo siento, pero temo que él yace algo... indispuesto.
El sonido de una mano golpeando una mejilla emerge del otro lado.
—¿Lo tienes ahí?
—Descuida, no recordará nada. Los pinchazos de somnífero pueden ser sorprendentes. Por cierto, pensé que no te vería hasta después de tu cumpleaños. Devuélveme el obsequio.
—Ni en tus mejores sueños. Además, ustedes me hicieron llegar una nota, así que no ha sido cosa mía está prematura reunión.
—Sí, yo... ¿Estás bien?
—¿Por qué no lo estaría?
—Me llegaron rumores de un desmayo tuyo y que el bastardo Le Covanov ordenó que nadie ingresara a tu alcoba, excepto él ¿te golpeo?
Resoplo.
—Puedes decirle a Davinne que estoy bien —no es difícil adivinar su fuente de información—, y que no, no estoy preñada como todos en este castillo suponen.
—¿Te ha obligado a acostarte con él?
—¿Te preocupas por mí ahora? Han pasado tres meses, Lucinda. Me enviaste a este sitio sabiendo los deberes que el puesto requería porque eran tuyos en primer lugar, pero no, no lo ha hecho. Te habría ido bien como su esposa. Es algo decente.
—¡Es un cerdo torturador!
Su efusividad retrae mi rostro de la malla. Hay cierto odio, algo personal que detecto que no me ha contado y no sé si deseo saber.
—Ya no nos queda mucho tiempo —parece calmar su temperamento—. Existe una oportunidad.
—¿Para qué?
—Para descubrir sus planes. Lo que esa familia oculta.
Trago saliva «Tal vez yo lo sepa» pienso en los dos Dimitry y que está sería la oportunidad perfecta para delatarlos, pero no puedo, no quiero hacerlo
—¿Y que es lo que debo hacer yo?
Deduzco la razón de nuestra reunión. No lo suelta a un inicio, pero su rostro se acerca a la malla y prosigue.
—Un duplicado de la oficina privada de Iralio Le Covanov.
Nada. Un silencio perpetuo nos invade y he de recargar la espalda en la madera del asiento «Cómo se supone que debo hacer eso? ¿Que riesgo implica llevarlo a cabo?» sopeso la información y entonces la respuesta nace.
—No, no haré nada hasta que me respondas porqué debo acabar con una familia y país completo. Mi vida está en riesgo por igual, ya sea por ser descubierta o por pertenecer a los Le Covanov ahora ¿para quienes trabajas? Y ¿por qué no le has dicho a nuestro padre? Estoy segura de que si supiera el peligro en el que Ryunale se encuentra haría algo.
—Porque morirá antes de poder hacer algo al respecto. Todo acto es vigilado, y por eso él sigue creyendo que soy una cobarde que huyó de sus responsabilidades.
Una risa sarcástica me invade.
—Es que si lo hiciste.
—No lo entenderías.
—Explícame entonces.
Comienza a exasperarse al igual que yo.
—Si no confías en mí entonces porqué encomendarme esta misión, hermana. Porqué revelarme tal secreto que ahora he de cargar por tu culpa.
—¿Qué no confío en ti? Diablos, Emmelina te estoy confiando todo. Sin esa llave todo se va al carajo. Mi vida está en tus manos, pero supongo que es justo. Yo tampoco lo creí a un inicio, así que... me parece que no has ido por tus dotaciones de brebaje con la señora Fitzgerald o ¿me equivoco?
—¿Cómo sabes lo de la señora Fitzgerald?
No es necesario que me confirme lo obvio. Ella está involucrada, la señora Fitzgerald sabe que mi hermana esta en esta nación con intenciones de destruir a los gobernantes de estas tierras.
—Ella y Davinne te explicarán. Cuídate hermana, te quiero. No dudes de él jamás. Solo quiere protegerte. Ahora vete o sospecharán. Quedas absuelta.
La pequeña ventanilla se cierra y no me concede otra opción más que salir del confesionario con la mente más revuelta que la de un ebrio con resaca. No me da mucho tiempo de pensar en ello, ya que mi segundo problema con dorada mirada y apuesto rostro me asalta al pie de la capilla.
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Editado: 03.01.2026