Elegidos

17. LA CULPA NOS CORROE

El remordimiento me invade. Incluso si una generosa parte de mí no se arrepiente de probar de nuevo los labios de Davinne dos noches atrás ahora que las responsabilidades vuelven el remordimiento no me abandona. La soledad puede ser una compañía peligrosa capaz de susurrar las ideas más espinosas. Y ya fuera por ella, los secretos, mentiras, verdades y traiciones de aquel día, me siento asqueada conmigo misma por permitir lo que sucedió, engañar a mi esposo aun si él no merece mi fidelidad.

—Lamento decir que la princesa Le Covanov no está en cinta —el médico le informa a Dimitry, quien yace frente a la ventana cual guardia protector que supervisa toda interacción.

Era algo que de antemano ambos sabíamos, pero que de alguna forma u otra nos resulta un mal sabor de boca por las esperanzas puestas en la mentira que dejamos crecer.

—Bueno, ya habrá más oportunidades de estarlo —mi esposo suena despreocupado por la noticia—. ¿Qué hay de lo otro?

Eso me hace mirar al doctor, pues antes de la celebración por mi festejo diecinueve acudimos con él tal como se lo había prometido a Dimitry y revisar mis ataques respiratorios después de la visita con la señora Fitzgerald.

—No es muy bueno, aunque tampoco muy severo —lo que escucho acelera mis latidos—. La princesa presenta una obstrucción en los bronquios causando su falta de aliento. No hay cura, pero con tratamiento podría mejorar considerablemente sus episodios.

—Eso suena grave para mí, doctor.

Dimitry habla con enfado para el médico como si pudiera cambiar el diagnostico por capricho.

—Yace en una etapa moderada para poder controlarla con medicamentos y cuidados especiales para que no involucre su corazón, aunque...

—¿Aunque qué?

El médico me observa por un segundo.

—Los embarazos con la enfermedad de su esposa suelen tener ciertos riesgos durante toda su gestación. Tanto para la criatura como para la madre. Sin olvidar que la probabilidad de que se herede por igual es amplia.

Dimitry sopesa la información con un asentamiento que le hace cruzar los brazos.

—Entendemos, sí. Gracias por su visita. Le acompaño a la salida y no le comente esto último a mi madre o lo sabré y no quiere que lo culpe por ello o ¿sí?

—No, Alteza, no.

La amenaza es clara, ya que evidentenemente esta noticia afectaría los términos en el que nuestro matrimonio cedió «Me diste una hija maltrecha» casi puedo escuchar al rey Iralio decirle a mi padre con mis maletas listas para entregarme a él «Tal vez sea lo mejor» me respondo. Quizá eso me aleje del frente de la posible guerra que ambas naciones estan por librar «¿Y luego qué? Feralia me considerará inadecuada y Ryunale una decepción» un único nombre me aborda, Davine. Sí, él me recibiría con los brazos abiertos por finalmente poder despertar a su lado cada mañana, pero ¿me seguirá queriendo si sabe de mi afección?

—Y otra cosa —la voz de Dimitry me distrae de aquellos oscuros pensamientos—. La próxima vez hable como si mi esposa este presente, porque créame lo está.

La puerta se cierra y una sonrisa florece de mis labios por escucharlo defenderme, sin embargo, tan pronto como llega se desvanece, pues nuestra relación después de los eventos pasados se fracturó, y si a eso le agrego que no puedo mirarlo a los ojos tras saber que he faltado a mis votos, peor.

—¿Estás bien?

Vaya pregunta la suya. Hay tanto que no está bien, sin embargo, saber que poseo una enfermedad incurable se lleva una condecoración a mis penurias.

—El curandero del palacio dijo que si bebía mi brebaje algún día yo podría... veo que nunca pasará, cierto. Nunca sanaré.

—El medicamento te hará bien—me ofrece la bolsita con varias botellas de jarabes y grageas que dosificarán mis eventuales ataques—. Si sientes que no te ayudan, consultaremos a otro médico.

—De acuerdo.

Abrazo lo otorgado y un resoplo de desesperación le abarca.

—¿Por cuánto tiempo estaremos así?

—¿Así cómo?

—Sabes bien como —se sienta al borde de la cama y esquivo su dorada mirada—. No era mi intención que te enteras de esa forma, pero lo hecho, hecho está.

—¿Hablas de que casi tienes un hijo sobrino de no ser que lo evitaron?

—No habría tenido nada porque él como ella no habrían sobrevivido —algo en mi gesticulación debe avisarle que no lo comprendo—. No habrían sobrevivido, porque tanto mi hermano como yo respiramos y mientras ambos respiremos no habrá otra generación de Le Covanóv. En eso consiste nuestra maldición.

—¿Esperas de verdad que crea eso?

—Bueno, si existen gemelos capaces de trasladar y sanar sus heridas entonces deberás de creer que lo que te cuento es posible por igual, y es que los primogénitos de esta familia venimos en par, pero solo uno debe sobrevivir. Ese es el pago por una Feralia estable y libre.

—Pero ustedes...

—Vivimos, sí. Mis padres no tuvieron la voluntad de hacer el sacrificio y hemos aquí. A punto de terminar con el legado de una decena de generaciones.

—¿Dices que los reinantes de Feralia acabaron con la vida de uno de sus hijos?

No sé si debería sorprenderme, pero lo hago. Ya he sido testigo de mucho, pero sin duda esto es inaudito como cruel.

—Es un pacto que nosotros no elegimos.

—¿Cuántas cosas realmente podemos elegir, Dimit?

El llamarlo de esa forma parece aliviar la pena de nuestro distanciamiento como muestra de simpatía que nace entre ambos.

—Muy pocas, supongo.

—¿Pero que pasará? —la ansiedad me cubre—. Con los Le Covanov y Feralia. Si dices que de eso depende su estabilidad entonces...

—No lo sabemos, pero hemos dedicado toda nuestra vida en busca de una absolución por nuestros antepasados y tal vez la hemos encontrado en Ryunale.

—¿La nación de mi padre?

—Sí, la magia, el hechizo o lo que fuera que nos maldice nació en Ryunale o eso creemos al menos.

No puedo evitar sonreír.

—¿No crees que los ryunos sabríamos de esto? Que nuestros antepasados practicaban cosas corruptas y llenas de pecados que avergonzarian a nuestra iglesia.




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