Elegidos

18. BIENVENIDAS

No puedo evitar sentir un nudo en la garganta cuando veo a Jerico despedirse de mí con un abrazo. Tal vez y la adultez nos alejó un poco, sin embargo, en el fondo todavía seguimos siendo ese par de hermanos que se respaldaban uno al otro cuando alguna travesura era llevada a cabo en el castillo que todavía me atrevo a llamar hogar.

—Dile que los extraño y quiero... a todos.

—Lo haré.

Puede que continúe enfadada con mi padre, pero pese a todo lo sigo queriendo. Lo quiero vivo. Es extraño como el amor funciona. Podemos y pueden lastimarnos, pero no concedemos cuando alguien más trata de arrebatar y dañar a esa persona. Supongo que los instantes buenos pesan en mayor proporción que los amargos.

—Lo verás pronto, lo prometo —Dimit coloca su mano sobre mi hombro como símbolo de apoyo cuando el navío von rumbo a Ryunale luce ya muy lejos sobre el mar.

Diría que fue bondadoso en darse el tiempo de acompañarme hasta el puerto principal de Zhianjku, sitio que pise por primera vez cuando el barco anclo en estas tierras para acompañarme, aunque la razón verdadera es que supervisa las tropas de Feralia que darán servicio a Ryunale estos meses. La flota va detrás de la barcaza de Jerico con rumbo a ayudar a los sitios más vulnerables que la guerra contra la República de Otaria nos dejó.

—Esto va demorar un tiempo, Emmeli —echo un vistazo a la decena de militares que esperan a su príncipe—. Horas para ser más específico. Si gustas puedo hacer que te lleven al castillo del puerto.

—¿Hablas de aquel en el que nos casamos?

Una mueca surge de su boca.

—El mismo, sí.

—Pero está vacío. Que tal si la oscura noche llega. No quisiera estar ahí sola.

Dimit sonríe.

—Bien, hay una propiedad a una hora en carruaje desde aquí de mi tío Petronet.

—¿El padre de Sebastian?

—El mismo.

Pensar en él me hace volver a aquel incidente de la noche anterior y así mismo en la conversación con su gemelo. Por como me trata mi esposo en turno puedo deducir que Dimitry cumplió con no decirle nada a su hermano acerca de Davinne y sus mentiras envueltas en seducción.

«Ingenua, Emmelina ¿De verdad creiste que era real? Sí, lo creí»

Cuanto me gustaría no guardarle este secreto a Dimit, pero eso implicaría explicarle porque le dije estar harta del acoso del príncipe de Søje para horas más tarde, reunirme a hurtadillas con él y entregarle un duplicado de la llave del despacho de su padre que un clan desea destruir a su familia con él incluido.

«Y no olvides que faltaste a tus votos besandote una decena de veces con Grimaldi» me reprendo «Tal vez solo falté a la mitad de ellos. La mitad que incluye engañar al otro Dimitry, no a él»

—¿Y bien?

Olvido mis vagos pensamientos y culpas.

—Pero estarás ahí para compartir la cena conmigo ¿cierto?

—Lo prometo.

No puedo evitar devolver la sonrisa a este hombre que es ahora lo único que tengo en este sitio que me protege. Mi ancla. Incluso si ambos nos hemos fallado varías veces.

—¿Crees que podríamos quedarnos aquí unos días extras?

—¿Hablas de estar juntos y solos en la mansión Petronet?

—Solo si quieres.

—Por supuesto que quiero, sí —me deleito con la encantadora sonrisa que me ofrece hasta que algo en él lo hace mirarme dubitativo y continúa—. Esto no es para huir de él o ¿sí?

Ayer cuando volví a la reunión nocturna con su familia le comenté que su gemelo yacía en el palacio y por su reacción, no sabía de su presencia. Le pedí que se quedará en nuestra alcoba como casi todas las noches en la sala recibidor, pues con el pasadizo en la habitación no me sentía segura.

—Me odia, Dimit.

—Él no te hará nada. No te odia.

—Sí, bueno, lamento discernir en eso. Lucía molesto conmigo ¿Dime, ya casi es su turno?

Esa pregunta parece sufrirla y es por ello que puedo deducir la respuesta.

«Lo es»

—Yace molesto porque Trinity ya lo sabe. Tuvo que contarle la verdad de nosotros o habría enloquecido con la idea de que yo no la amo. Apenas la tolero.

La noticia golpea mis sentidos. Eso explicaría su rencor a mi persona, ya que debe creerme la razón de tener que revelarlo y no se equivocaría.

—Así que ya lo sabe. Bueno, no creo que haya sido por elección o placer, no es verdad.

—Lo cierto es que no.

—¿Y ella acepto los términos?

—Eso parece —de pronto su mano toma la mía para besarme los nudillos—. Te veré al atardecer.

—Hasta el atardecer.

Y tal como anunció, en una hora estoy en la mansión Petronet. Es bella y amplia. Modesta en definitiva no la describe, pues hay hectáreas de campo que le pertenece al duque. No hay muchos residentes, pero los pocos sirvientes la mantienen embellecida.

—Su Alteza —reverencia un hombre superior de edad de mi padre una vez que bajo del carruaje. Soy escoltada por seis guardias—. No esperábamos su visita, pero estamos honrados con ella. Permítame preparar la mejor habitación.

—Mi esposo me acompañará por la tarde, así que aliste todo para la hora de la cena, por favor.

—Así se hará, princesa Le Covanov.

Debo de explorar el sitio mientras transcurre un par de horas. El calor es intenso, por lo que pienso darme una ducha antes de que Dimit arribe, sin embargo, los caballos arrastrando un carruaje me hace mirar por la ventana. No puede ser él, pues todavía muy pronto.

—¿Va unirse a Sus Altezas a la hora de la cena, señorita Julen?

—¿Sus Altezas?

—Se refiere a mí y mi esposo, Trinity.

La amante de uno de mis esposos se detiene en seco tras verme en la cima de las escaleras de la mansión Petronet. Sonrió con cortesía, aunque ella me barre con la mirada cubierta en desprecio total.

—¿Qué haces aquí?

—Puedo preguntar lo mismo, Julen.

Ella avanza sin pudor alguno como si la propiedad le perteneciera. Se quita los guantes con elegancia incluso si el escote de su verdoso vestido me parece de lo más vulgar.




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