El sabor metálico de la sangre envuelve mi lengua. Mi torturador no debería de aturdir la mente de su rehén si lo que busca son respuestas de mi parte.
—No lo sé.
La misma frase a la que me he aferrado una y otra vez incluso si el aliento y voluntad disminuyen con presteza. El chiflido del látigo suena de nuevo en dirección a mi brazo, muerdo mi labio abierto para contener un profundo flagelo por otra marca sobre mi piel.
—Quién lo hubiera pensado. La princesita sabe resistir —sus dedos prensan mi mandíbula con severidad. Me obliga a mirarlo, pues disfruta de cada momento entre ambos—. Tal vez cuando te quiebre los malditos dedos cambies de opinión.
—Adelante, averígualo.
—Te gusta desafiar ¿no es así? —su amarre se deslinda y posa la vista en Trinity, quien hasta el momento solo la han bofeteado una vez por llorar más de que lo ellos soportan oir al ser testigo de la tortura que le espera a través del mío—. ¿Qué hay de ti, primor? Creí que por crecer en sábanas de seda la zorra extranjera se rompería con facilidad, pero puede que me haya equivocado. Quizá y la otra zorra es nuestra oportunidad a la verdad.
El turno de que el sonido del látigo toque su piel. Julen grita y no puedo evitar cerrar los ojos al oirla. Miro su laceracion no muy distinta a las mías.
—¿Qué esconde Dimitry Le Covanov?
—Nada. No sé nada.
El látigo se eleva para magullar la piel de Trinity de no ser que un estruendoso sonido que hace vibrar los vidrios de las ventanas emerge de la planta baja de esta mansión. El suelo vibra y los tres hombres que nos acompañan se alertan. Salen de la habitación tan veloz como los gritos surgen.
No puedo evitar que mi corazón se desboque con el pensamiento de ser salvada. Lo he de confirmar en el instante que el pasadizo de la alcoba se abre y revele a Dimitry. Su índice se coloca en su boca para que no reaccionemos ante su presencia. Basta con ver como sus dorados ojos se destinan en mi acompañante para tener la certeza a quien le pertenece su corazón por completo.
Cada marca hecha en la piel de Trinity será pagada con sangre. De eso no poseo la menor duda.
—¡Ustedes! —grita un hostil con la punta de su filo elevada. Nos señala en turnos con la amenaza clara.
No expresa más, pues Dimitry avanza con sigilo y tal como en la cecería, muestra sus habilidades sádicas y mortíferas. La cuchilla en sus dedos rebana la piel del cuello de aquel invasor de una forma abrupta y aberrante, siendo que soy capaz de ver parte de su tráquea expuesta. Contemplo como la vida de sus ojos se desvanece al tiempo que su sangre se derrama en chorros por la alfombra.
El príncipe de Feralia lanza un escupitajo al Otariano y pasa sobre él como si fuera alfombra antes de llegar hasta su amada.
—Ya estoy aquí —murmura para calmar Trinity con la vista en los dos larigazos ganados, pese que por un atisbo breve su mirada se destina a ver mis lacerados brazos por igual.
El filo en su mano corta el lazo que ataba el brazo izquierdo de Julen a la silla y va por el segundo.
—Date prisa —lo insto con la vista en la puerta.
Él parece terminar la segunda atadura de Trinity, sin embargo, cuando va por mí otro hombre ingresa a la sala, lo que provoca que Dimitry lance la cuchilla. Está se clava entre ceja y ceja del sujeto. Cae muerto al instante, pero eso alerta al resto y otros dos más llegan. La batalla se convierte de un combate cuerpo a cuerpo.
—¡Desatate! —le grito a mi compañera de tortura para que continúe con las taduras de sus tobillos—. ¡Pronto!
Por fortuna Trinity se mueve con presteza y comienza a desatar sus pies. Observo a Dimitry sangrar de la boca y nariz. Su bota se cubre de líquido carmesí al destrozar el rostro de uno de sus agresores al grado de quedar irreconocible. Es todo furor y aniquilación. Sus años de entrenamiento y fama que le persigue es más que visible.
—¡Vamos, Julen!
Su amarre se deslinda en su totalidad y justo cuando creo que va ayudarme a desatar, la miro contemplar el pasadizo dispuesta a huir sin importar lo que nos suceda. Titubea ante el instinto de supervivencia más que valido invandiendola de no ser que ese maldito hombre del látigo la atrapa y apunta con su arma a su cien para detener la masacre en la habitación.
—Te resistes y jalo el gatillo.
La advertencia alerta a Dimitry, quien antes de soltar la daga, hace cortes en su propio brazo y entonces lo capturan.
«Tan cerca y lejos»
Las lágrimas sobre mis mejillas corren sin poder detenerlas. Estamos perdidos.
—Elección correcta, Alteza.
Un duro golpe en la espalda manda al heredero de Feralia de rodillas debajo del marco de división de salas. Sus ojos se posan en su amada que la obligan a colocarse en la misma posición que él a un costado de la silla donde fue amarrada.
—Me parece que ya tenemos respuesta de a quien salvaría primero, no te parece —el Otariano se dirige a mí—. El príncipe ya tomo una decisión y temo que no fuiste tú a quien eligió. Incluso si no dijiste ni una jodida palabra acerca de él.
—Mi lealtad siempre será con él, imbécil.
Una bofetada de su parte me calla en el acto.
—¿Es que no educaste bien a tu esposa de como comportarse frente a un hombre?—mira a Le Covanov, decepcionado de mis modales—. Siempre debe hablar sin permiso.
Echo un vistazo a Dimitry, quien me mira con algo de culpa en sus ojos al saber que he guardado su secreto pese a la evidente tortura aún si él no pensó en salvarme.
—Esto es conmigo ¿no? Ya estoy aquí.
—Cierto —contempla como sus camaradas retiran a las esquinas los cuerpos de sus compañeros abatidos por Dimitry—. Solo debiste destrozar la cocina, quemar y matar algunos de nosotros, pero al fin te tenemos. La leyenda es cierta. Eres una fiera, pero hasta el animal más mortal puede ser cazado.
Una patada en el esternón le arrebata el aliento a mi esposo.
—Solo nos restaba la presencia del príncipe para que la función estuviera completa. Desatenla.
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Editado: 25.01.2026