Recuerdo el primer ataque que tuve o al menos el que mi mente aborda como tal, siendo que soy consciente de que hubieron otros antes a ese. Poseía cinco años y el octavo festejo de los mellizos tenía en júbilo a todos dentro del castillo. Corríamos por los zetos altos del eterno laberinto de aquel lugar que llamaba hogar. Supongo que les pareció un acto inofensivo dejarme atrás sin imaginar el miedo que nacería en mis entrañas al sentirme sola en la oscura noche.
Jamás olvido la desesperación y falta de aliento que acelerada mis latidos hasta que mi madre sobaba mi pecho mientras me cantaba para calmar mis miedos y posteriormente los tónicos que llegaron a adormecer más que mis dolencias. Con el tiempo comencé a dominar mis arrebatos para evitar alterarme. Sí, siempre han sido constantes en mi vida mis ataques, aunque está vez fue distinto.
—Di.
Mi mano apenas y se mueve con el peso de la suya sobre puesta a la mía en espera de que despertara. Lo veo descansar con profundidad entre el sofá y la cama donde yazco apenas consciente. Intento remover algo de mí, pero me es imposible, ya que un agudo dolor me invade de pies a cabeza. Me causa un quejido sonoro que alerta a mi compañía de inmediato.
Sus ojos se abren al ritmo que su rostro se eleva del colchón y sus facciones se suavizan en alivio.
—Santo cielo, Emmeli—la mano de Dimit aprisiona la mía mientras se levanta del sofá donde reposaba y acariciar mi cabeza y cabello—. Creí que no despertarías.
—Pues ya somos dos, aunque no me molestaría volver a cerrar los ojos sí con eso el dolor se marcha.
Su boca esboza una pequeña sonrisa acorde a mía.
—Después de todo aún te queda humor para lanzar una broma.
—Bueno, es lo único que no pueden arrebatarme, pero si Otaria nos odia tanto como ese hombre me lo demostró con su tortura estamos en graves problemas.
La mención de lo que sufrí por mis captores hace borrar toda alegría que oscurece su mirada.
—¿Recuerdas lo que sucedió?
Por un instante intento ir atrás. Nuestro viaje al puerto para despedir a mi hermano Jer, emprender camino a la propiedad Petronet, la visita de Trinity, la emboscada de hombres que asaltaron la mansión, querer huir y encontrar flagelo a cambio, su gemelo queriendo salvarnos y la falla del mismo.
—Algo así. El final yace un poco... confuso, pero no olvido su odio. Ese hombre de verdad me odiaba incluso más que a ti o tu familia me atrevo a decir. La forma en la que me trató fue... —«brutal» me guardo la última palabra y las memorias comienzan a tomar forma en mi cabeza—. Eran otarianos. Ellos eran otarianos.
—Lo sé. Mi hermano me lo dijo.
—Pero atacaron otros sitios de Feralia por igual. Querían hurtar algo.
—¿Hurtar?
—Sí, algo del castillo. Los escuché hablar en su idioma, aunque no lo supieron. Asediaron la ciudad principal y tu familia y Katrina. Oh dios, ella estaba en el castillo también.
—Están bien, tranquila —desea calmarme, pues mi ansiedad hace que el dolor aumente—. Sonaron las alarmas y se aislaron junto con la corte. Solo la legión de resguardo sufrió daños.
—¿De verdad?
—De verdad, Emmeli. No te mentiría. Tu prima está a salvo. Ahora déjame traer a un médico para que te revise. Pasaste días entre la vigilia y ensoñación hasta que la fiebre cedió.
—¿Y has estado aquí desde entonces?
—Hasta que despertaras.
Sus nudillos rozan con ternura mi mejilla. Paso la lengua por mis agrietados labios.
—Pues yo agradezco que tu rostro sea lo primero que mis ojos observen.
No sé porque lo digo, pero la sonrisa que me devuelve a cambio lo vale. Quisiera atribuirlo al medicamento que corre por mis venas, pero temo que sería una rotunda mentira.
—Voy por el médico.
—No, no. Espera.
Mi instinto me hace elevar mi brazo, aunque termino por descubrir mi mano vendada debido a que sin duda varios de mis dedos fueron rotos por el tacón de las botas de ese hombre que no tuvo misericordia conmigo.
—Ellos lo saben. La República de Otaria sabe que la magia o lo que sea que los mantiene a ti y tu hermano atados existe. No saben la maldición con la que tu familia carga, pero sin duda contemplan que no es algo natural y presiento que por igual conocen que esta proviene de mi país —no parece sorprendido por lo que le cuento—. La guerra que Ryunale vivió por dos décadas con Otaria es por ello ¿no? Ustedes y ellos quieren ese poder.
Él asiente.
—Sabes de nuestras razones para intervenir, pero no las de ellos y te mentiría si te dijera que nosotros la sabemos. Solo podemos suponer lo peor.
—No permitas que mi familia muera por ello.
Un silencio gobierna y las piezas del juego se muestran en el tablero ¿Será esa la misma razón por la que mis antepasado fueron conquistados por Aleva hace más de trescientos años? ¿Extrajeron hasta la última gota de magia y después se marcharon?
—No debes alterarte en tu condición —coloca su mano sobre mi frente—. Estás sudando frío. Tal vez tu fiebre ha vuelto. Espera, ya vuelvo.
«No es como si pudiera moverme»
Lo veo alejarse y no puedo cuestionarme más cosas, pues caigo de nuevo en la inconsciencia por tendidas horas hasta que el amanecer y voces me visitan.
—Su tío está aquí, Su Alteza Real.
Abro los ojos tras escuchar a Dimit decir que lo haga pasar y el repique de sus botas se mueven a través de la sala.
—¿Cómo sigue, Try?
—Mejor. El doctor auguria lo mejor, pero debe ingerir algo más que solo agua o infusiones si queremos que se recomponga.
—Escuché que las fronteras ya se preparan con soldados para atacar a la República Comunal de Otaria.
—Después de esta declaración de guerra al invadir nuestras ciudades y casi acabar con la vida de mi esposa no hay más opción que esa, tío. No pueden tocarla y creer que saldrán ilesos.
—¿Y tú hermano que piensa?
—Dim esta destrozado. No tiene cabeza para pensar por el momento. Seguiré siendo yo quien tome el mando.
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Editado: 14.02.2026