Elegidos

21. NO TODO ES LO QUE PARECE

Existen miradas que alivian, otras que acuchillan y unas cuantas más como la que me dirige Dimitry Le Covanov, indescifrable. No detecto ni un ápice de lo que pudiera pensar, excepto que su aspecto descuidado anuncia lo destrozado que yace.

—Jamás vi a mi hermano acabar con la vida de alguien como lo hizo el día que te miró moribunda —habla como si esta conversación fuera de lo más normal—. Ahora he de saber porque lo hizo.

Por tendidos segundos nos dedicamos a solo mirarnos. Analizamos el siguiente movimiento del otro hasta que opto por romper el silencio.

—Dimitry yo... lo lamento. De verdad no imaginas cuánto lamento tu pérdida.

—Te creo —parece ofendido ante el hecho de que sepa que Trinity ha muerto—. Incluso si ella era la amante del hombre que hoy te llama esposa, te creo, Emmelina.

Su hostilidad, así como mi incomodidad es visible, por lo que intento disiparla con confrontación.

—No dejas de usar ese tono al nombrarme de esa forma cual si de un insulto se tratara. Si tanto te molesta ser mi esposo porque no simplemente dejaste que tu hermano se uniera a mí en tu lugar. Eso nos hubiera ahorrado mucho odio.

Mi aseveración tras nuestro matrimonio le hace cambiar de postura.

—¿Qué te hace pensar que yo soy el hombre con el qué...?

—Fue contigo con quien me casé. Eso no es difícil de adivinar, contemplando que el humor de mi esposo aquel día correspondía a la perfección con el tuyo, al igual que en la noche de bodas me llamó fiera, tal como lo sueles hacer tú. Supongo que eso último terminó por confirmarlo, pero no quiero discutir, ya no quiero cuestionarme más porque la vida me unió a ti, a tu hermano, familia y pueblo. Si deseas odiarme por algo a lo que yo fui ajena adelante.

—Por todos los cielos, yo no te odio, Emmelina. Te toleraba apenas, coincido en eso en un inicio. Eras la culpable para mí ya fueras tú, tu hermana o la mujer que mis padres hubieran puesto para nosotros. No, no es eso lo que me mata en este jodido momento, sino que tú, tú que apenas nos conoces. Que te hemos ocultado cosas y de algún modo te hemos utilizado no dijiste ni una maldita palabra ante la tortura que esos bastardos te impartieron a diferencia de ella. Ella que pese a todo lo que viví a su lado, que le amé como a nadie lo dijo a la primera instancia de sufrimiento. Habría dado mi vida por tenerla ahí, en esa cama recuperándose, sin embargo, ella no lo hubiera regresado. Ése hombre te torturó de formas que me revuelven el estómago y no hablaste ni un poco ¿Por qué?

—No lo sé —tartamudeo ante su confesión con los sentimientos a flor de piel—. Yo... no lo recuerdo.

—Sí lo haces, pero puede que la respuesta te asuste.

Se levanta del sillón para acercarse a la cama y sentarse al borde. Busca una explicación que le haga sentido a mis acciones. Tal vez yo he estado buscando lo mismo estos días sin evidente éxito.

—Hice votos —comienzo a hablar—. Juré estar en las buenas y en las malas. Tal vez tú y tu hermano no crean en el dios al que le profeso mi fe, pero yo sí y eso implica estar con ustedes en cualquier circunstancia. Y si eso no te es suficiente, entonces yo solo no pude. No pude traicionarlos incluso si lo deseé por un breve instante.

Un abundante silencio gobierna al son de su mirada penetrante que trata de adivinar si es cierto o no lo espetado.

—Siempre debes ser así ¿Tan absurdamente buena con todos los que te rodean aúnsi no lo merecen?

—¿Crees que soy buena contigo? —repelo ante su falta de tacto en sus palabras—. De verdad que los que te rodean deber de ser inmensamente unos salvajes como para que supongas que yo soy un ser de bondad. No soy inocente, Dimitry.

—Yo no dije que lo fueras—repela—. Sé que has cometido tus errores en este sitio. Uno al que te orillamos con tantas mentiras, pero te has arrepentido. No nos has traicionado realmente.

Un golpeteo en mi pecho nace tras oír esas palabras, pues la imagen de mí, duplicando la llave del despacho de su padre para Davinne y su clan de saboteadores se reproducen en mi mente.

—Ella está muerta —puedo sentir como su voz se quiebra—. Vi como la luz se marchaba de sus ojos con el terror embargando su ser. Ni siquiera soy capaz de pronunciar su nombre de nuevo. Pienso que si tal vez le hubiera contado antes lo de mi hermano y yo o si no lo hubiera hecho, si me escapada con ella cuando me lo propuso o si simplemente la dejaba para que fuera feliz con un hombre que pudiera darle más que solo migajas ella estaría viva.

—No deberías atormentarme con cosas como esas.

Llevo mi ilesa mano a la suya como símbolo de apoyo.

—¿Por qué no?

Está destrozado, pero pese que sus ojos yacen rojos, ni una lágrima se derrama de ellos.

—¿Acaso la puritana Emmelina, queriendo solucionar todo con palabras de nuevo hace aparición?

—Solo intento ayudar.

—Pues no lo estás consiguiendo.

—Entonces lárgate —enfurezco y alejo mi mano de la suya—. Comprendo que tu pérdida fue mayor a la de todos, pero no tienes derecho de tratarme así. Cada uno de nosotros está librando su propia batalla en este momento y no es justo.

El recuerdo de las pesadillas con ese hombre que pareció divertirle el hecho de verme sufrir aparece. Un dolor en los dedos de mi mano que fueron destrozados me embarga y me quejo con flagelo. De alguna manera mi suspiro suaviza sus facciones al recordar mi calvario.

—Lo siento —soy yo quien se disculpa por mis anteriores palabras—. He sido desconsiderada.

—No, perdóname tú a mí. Resististe como solo una futura reina podría hacerlo y yo solo sé gritar y ofender. Siempre me pareciste una niña berrinchuda y mimada, pero resulta que me has dado una lección. Una muy grande, de hecho. Sólo mira como te dejaron y aún con ello tienes para pelear conmigo.

De manera instintiva desciendo la mirada y toco mi rostro cubierto de moretones. Él sonríe por un atisbo de segundo.

—Descuida, no has perdido tu gracia —lo veo levantarse de la cama para marcharse—. Pero recibieron lo que merecían. Cada uno de ellos, créeme —sus ojos se pierden en una rabia más allá del sitio.




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