Elegidos

22. REENCUENTRO

Lo primero que los ojos de Dimit contemplan al despertar es mi rostro. Dormía tan profundo que dudo que una trompeta sonando cerca de su oído lo hubiera hecho despertar. Y es que después de consumir un ligero desayuno al que se nos unió mi prima tras su arribo al castillo, cayó exhausto por las largas horas de travesía en lo que él llamó "nuestra alcoba".

Permití que descansara mientras Katrina y yo pasamos la mañana y tarde juntas hasta que inevitablemente la necesidad de ver a mi esposo me hizo ir a visitarlo. Un intenso suspiro con cacofonía de ronquido lo trae a este mundo y no puedo evitar sonreír al tiempo que le veo limpiar con el dorso de su camisa un poco de saliva por la más que satisfactoria siesta que su cuerpo le pedía.

—Jamás creí que el príncipe heredero de Feralia podría verse alguna vez como un simple mortal.

Sus ojos todavía hinchados se extienden ante su risa surgida por mi extendida sonrisa que se burla de él. Veo su rostro sonrojarse por tan personal acto.

—Así que siempre me viste como una deidad, interesante.

Mi turno de sonrojarme.

No he olvidado que yacemos bajo la misma alcoba y pese que esta no sea la primera vez que estamos solos en una, los nervios burbujean dentro de mi estómago, porque si es la primera desde que nos besamos.

El recuerdo de sus labios en los míos me abordan. Me hacen desear volver a probarlos, pero temo que mi valentía se ha esfumado como lo fue en la mañana, pues los rayos del sol que traspasan las cortinas anuncian que estamos muy cerca del atardecer.

—No se sienta tan importante, señor Le Covanov.

—Demasiado tarde, señora Le Covanov.

Los nudillos de su mano izquierda acarician parte de mí mejilla y el calor cubre mi cuerpo por completo. Como desearía que el cabestrillo y mis dolencias no existieran entre nosotros o pudiera que la forma en la que yacieramos en esta cama sería distinta.

—¿Tienes hambre? Porque yo sí ¿Qué hora es?

—Cinco y media —respondo.

—Justo para la cena.

—¿Quieres que pida que la traigan?

—No, pide que se sirva en el comedor. Tu prima es una invitada y debemos tratarla como tal. No quiero que tu madre me odie cuando la visitemos por ser descortés con su parentela.

La vida que plantea frente a mis ojos me invade. El anhelo de ser un verdadero matrimonio cruza fugazmente por mi mente y sonrió.

—¿Dices que podremos ir a Ryunale?

—Sí.

—¿Es por la pista que me contaste de haber encontrado allá?

—Una gran parte es por ello, aunque otra más desearía saber como es tu país. Nunca he ido más allá de Feralia y pienso que sería un lindo sitio cual conocer.

—Pues temo que después de vivir en una ciudad tan moderna y tecnológica mi hogar te parecerá silvestre y campirana.

—Tal vez ese sea su encanto. El mismo que me atrapó con una de sus princesas.

Tomo valor para acercarme. Parecemos tener este pequeño juego en el que solo milímetros nos alejan del contacto real. Lo veo tragar saliva con la mirada puesta en la mía. La yema de sus dedos acarician mi mejilla y ese pequeño resople sobre mis labios me hacen confirmar lo que temía.

Estoy enamorada de él.

Nos besamos. Él reacciona de inmediato a mi contacto. Sus labios vuelven a embriagar mis sentidos y me pierdo a través del ritmo que nos imponemos. Ya no hay marcha atrás después de esto. Nos permitimos ser frágiles o valientes tras aceptar el riesgo que implica entregar nuestros pensamientos, decisiones y razón a otro ser con la fe ciega en que conservará a salvo nuestro corazón.

—No sabes hace cuanto tiempo deseaba hacer esto —susurra entre mis labios—. El besarte.

—Yo igual.

El pensamiento me hace recordar de manera inesperada a su gemelo, siendo que de alguna forma u otra está no es la primera vez que le beso. Mi boca estuvo en Dimitry Le Covanov un par de veces antes de saber que en realidad se trataban de dos príncipes. Permití que sucedieran con la idea de que era él quien me besaba, pero ahora me cuestiono si sabrá acerca de ello y si lo consideraría una traición.

No he de olvidar el enfrentamiento entre los dos por mí aquel día que supe de la existencia de su mentira a mi persona. Al parecer el evento yace perdonado por ambos, pero yo no creo olvidar el hecho de que tendré que ser compartida por los dos.

—¿Estás bien?

—Yo... sí. Lo siento es que —muerdo mi labio dubitativa—. Estoy casada con tu hermano. Sé que fue él con quien avancé la pasarela de la iglesia para casarme, así que no puedo evitar cuestionarme porque no quisiste ser tú quien dijera acepto.

—Emmelina —la forma en la que pronuncia mi nombre es de alguien avergonzado y arrepentido por igual—. Lo que daría por ir hacia atrás y ser yo. Tal vez las cosas habrían girado distinto, pero la elección de quien verían tus ojos en el altar fue difícil.

Sonrío.

—Sí saben que tu hermano y tú son gemelos ¿no?

—Lo sé —me devuelve una leve sonrisa—. Sabes a lo que me refiero.

—Lo hago.

—Supongo que no fui capaz de predecir que te enamorarías también de mí.

—¿Enamorada?

—Escuchaste bien, enamorada ¿o te gustaría desmentirlo?

Se acerca a mí confirmando que lo estoy cuando no le niego mi boca, sino por el contrario, le permito que saboree mis labios y su lengua se cruce con la mía en una armoniosa danza que nos alienta a confirmar lo que ya sabemos. Me atrae a su cuerpo y reposo sobre él, qué descansa en las almohadas de la cama sin querer lastimar mis heridas por la posición. Los minutos parecen detenerse y extenderse por igual con sus manos tocando la poca piel expuesta de mi cuello y hombros cual pétalo de flor. No es hasta que el sonido de una puerta nos interrumpe que nos separamos.

—Adelante —grita Dimit sin despegar su cuerpo del mío. El rubor me cubre las mejillas en cuanto la voz de Deborah se integra a la habitación y nos contempla tendidos sobre la cama con el brazo de su príncipe rodear mi cintura sin congoja alguna—. Sí, cenaremos en el comedor principal con la señorita Katrina también y todos los residentes de este sitio para agradecer su impecable servicio. Que mi esposa se encargue de elegir todo lo que respecta a ello como la ama y señora de este castillo. Yo iré a ponerme presentable.




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