Nada. No sucede nada cuando nuestra sangre se fusiona. Ni un atisbo que indique que pueda estar maldita como mi hermana me aseguró que yace. Intento comprender si fue una mentira o si solo sucedió con ella, sin embargo, no encuentro pies ni cabeza a este juego.
—¿Está todo bien? —Dimit observa el amarre que conecta nuestra heridas.
—Sí, sí —me deslindo y me siento tan tonta por un momento.
—¿Lo arreglaste, hermano?
—Dame un minuto, Kathe.
Olvido el entorno y un pequeño ataque de ansiedad cubre mi pecho. Mentiras, verdades, objeciones y traiciones. Que estaba pasando a mi alrededor que parecían todos burlarse de mí.
—Emmeli ¿Estás bien?
Mis aspiraciones comienzan a ser ruidosas y me hiperventilo en un abrir y cerrar de ojos. Él debe comprender lo que me sucede, pues su cuerpo gira por completo ante mi presencia alterada por la confusión en mis pensamientos.
—M-mi brebaje... lo olvidé.
He de recordar mi estancia en el castillo de la costa. Fue de lo más tranquila y placentera que en ningún momento requerí de su intervención. Dimit me hacía olvidar mi necesidad de usarlo que no lo traje como siempre conmigo.
Soy testigo de como del bolsillo interno de su saco emerge uno. Parece estar preparado en mi lugar por cualquier imprevisto. Tanto, qué mis ojos no pueden evitar verlo con ternura. Me toma de la muñeca para que me reincorpore y vayamos a la sala vacía más próxima. No le importa si dejamos a todos los invitados con el banquete a medio terminar. Destapa el vial y me ofrece para que lo beba.
Lo hago. Vierto el líquido por mi garganta mientras intento calmarme, sin embargo, me demoro más de lo habitual en conseguirlo, no porque no consiga tranquilizarme tras mis pensamientos, sino simplemente porque mi cuerpo no lo concede, incluso si ya lo he bebido.
—Mírame, Emmelina. Respira —pide mi esposo al tiempo que inhala y exhala para que le segunde en el acto—. Tranquila.
Poco a poco mis jadeos descienden en tiempo y sonido. Sus manos no han abandonado mi rostro al que se aferra hasta asegurarse que mi salud no yace en riesgo, así como sus ojos contemplan los míos para encontrar calma.
—Jamás me había demorado tanto en controlarlo.
Mis aspiraciones continúan siendo altas. Casi emito lo dicho en un susurro con la mano puesta en el pecho, sintiendo sus latidos por igual acelerados. La angustia me envuelve por no haber podido controlar del todo mi episodio como en ocasiones anteriores, aunque estar tan cerca de él me hace olvidarlo.
—¿Mejor? —asiento levemente con la cabeza—. Debes de tomar medicamento real, Emmeli.
Sonrío con levedad.
—Curioso que dudes de las habilidades curativas de mi país, pero te encomiendes a él para eliminar una maldición.
El lado derecho de sus labios se eleva en una mediana sonrisa que le hace concordar lo que he espetado.
—Tienes toda la boca llena de razón —sus palabras son emitidas al ritmo de sentir como su pulgar se mueve hasta mi labio inferior. Lo bordea con una suavidad que me provoca tragar saliva por el contacto tan íntimo. Recordar sus labios saboreando los míos alteran mis latidos, aunque a éstos no hay razón para calmarlos. Es efímero y mortal en la misma proporción.
—Dimit yo...
—Por qué reniegas de mi amor —corta mis palabras—. Podría darte el mundo entero si me lo permitieras, pero no me crees.
Su frente se une a la mía, así como la punta de su nariz rosa en una caricia imperceptible con mi piel. Cierro los ojos con la sensación de la yema de sus dedos deslizándose por mi mejilla, cuello y nuca. Aspira mi aroma como yo el suyo. Lavanda, a eso huele.
—Hay amor solo para ti en este corazón, Emmelina —me susurra al oído en una complicidad plena—. La clase de amor que pretende permanecer contigo todos y cada uno de los días a tu lado, el que te mantendría a salvo sin importar lo que suceda a nuestro alrededor—su mano acaricia mi espalda expuesta a la tela del vestido. Su toque quema de esa manera que la calidez se vuelve tu hogar—. He bajado todas las armas para permitir que hagas lo que quieras conmigo, lo que sea. Te anhelo más que saberme libre de cualquier maldición porque la única maldición real sería el no poder mirarte, escucharte... tocarte.
Su rostro se enfrenta al mío en espera de una respuesta. Elevo mi mano hasta su mejilla. Por toda mi alma, mi corazón me pide con toda su potencia que lo elija, que crea cada centímetro y gramo de sus palabras incluso si no tiene sentido, aún si sé lo que ahora sé. Quiero pelear por esto, lo que somos, por nosotros, pese que sea un error, y es por ello que me acerco a sus labios sin tocarlos solo para decir:
—Debo haber enloquecido, pero ya no poseo voluntad para negarme a ti, Dimit. Ámame como solo tú puedes amarme.
El tiempo ya no es duración ni magnitud. Ha dejado de ser época o estación. Ya no es años o espacio. Sí, el tiempo es esto, somos nosotros en la oscuridad de la sala, pidiendo al cielo, destino o creador que nos conceda la oportunidad de enmendar nuestros errores, porque es por este preciso momento que dimos aquel primer respiro al nacer en este mundo.
Pasión sería un adjetivo muy vacío para dictar lo que nuestros labios han aceptado. Es anhelo, un deseo vehemente que se entrega en todas sus presentaciones. Desde la más compasiva y dulce hasta la más egoísta y posesiva. No se cómo, pero nuestros pasos lleva a mi espalda a topar con el librero más próximo por el repentino arranque que hemos dado.
El vestido que horas antes parecía exhibir mucho de mi piel ahora luce adecuado una vez que sus manos rosan con ella de una forma delicada y férrea. La osadía me ha de gobernar por igual, pues la mano que poseo libre lo rodea para atarerlo a mi de tal manera que permanezcamos en el mismo sitio. Besa mi cuello y clavícula y para ese entonces ya estoy desarmada ante él en su totalidad. Ya no existe manera que piense en otra cosa que no sea él y mi desbocado corazón que suplica todo de él.
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Editado: 07.03.2026