No pude dormir, incluso si el cansancio y medicamento me llamaron al anochecer. Saber que mi padre conoce que la razón de que estemos aquí son las minas me revolvió la mente en una turbia disyuntiva, pues por un lado prometí a los gemelos Le Covanov ayudar a romper su maldición y por otro, no quiero traicionar a mi sangre contándoles que mi padre planea controlarlos con el manejo de aquellas tierras.
«En que te estás metiendo, Emmelina. Recuerda que el que sirve a dos amos con uno siempre queda mal»
Naturalmente coloqué bandera blanca entre ambos y opté por no contarle nada a ninguno. Pudiera que omitir fuera igual a mentir, pero en este caso aquello me hace sentir menos culpable de ida y vuelta en este embrollo.
—Hola, hermanita —Jerico me saluda. Yace sentado en la amplia mesa con una sonrisa, mientras cubre su pan tostado de mermelada—. Buena la celebración de anoche ¿no?
—Sin duda —rasco mi ojo con un bostezo. He de continuar con ropa de cama, tras levantarme y salir sin arreglo alguno de la habitación. Me siento en la primera silla que veo, saludo a mi prima Katrina y su hermano mayor, el primo Vicenzo—. Solo los más jóvenes se han levantado a la hora del almuerzo.
Los presentes ríen ante mi comentario y por un breve instante, me siento como aquellos días cuando los Scarasi se reunían por las mañanas. De inmediato un vaso de jugo de naranja se llena a mi derecha por un empleado, coloca un plato por igual. Detengo su acto de servirme, pues quiero hacerlo yo misma, siendo que en Feralia son ellos quienes hacen absolutamente todo por mí.
—Solo falta que corten y mastiquen la carne por ella—comenta Katrina para su hermano.
Hemos de platicarle a Vicenzo de todo aquello que consideramos distinto a nuestras costumbres, así como de lo moderno que son sus ciudades con su alumbrado, trenes y barcos veloces a base de electricidad y motores.
—Tu esposo el príncipe parece agradable, aunque bebe demasiado —exclama mi primo.
—Ayer lo tuve que arrastrar hasta la alcoba. Por suerte te alojaron en otra o habrías tenido que soportar a mi cuñadito.
No he de olvidar como no dejaba de tomar una copa tras otra hasta perderse la mitad de la celebración.
—Que suerte, sí —vierto la cuchara en el huevo hervido y lo saboreo mientras pienso que el nombre de Trinity emergió de su boca.
—¿Y que es lo harán aquí? —pregunta mi primo—. Dudo que se pueda hacer algo interesante en este pueblo. Deberían ir a la capital con nosotros.
—Me encantaría, pero no depende de mí, sino de mi esposo. Él decide ¿Cuándo van de regreso?
—Mañana mismo —Katrina no parece feliz de la elección. Al parecer ella tampoco decide el curso de su vida, pues su estancia en Feralia se ha terminado, tras no encontrar un buen prospecto al cual comprometerse—, aunque podríamos aprovechar que todos los adultos duermen ¿no lo creen?
Los cuatro nos miramos con la complicidad. Siempre he sido débil ante las huidas que incluyen diversión, sin embargo, mi mirada se dirige a las escaleras de la finca, pensando en Dimitry.
—Vamos, Emmi. Tu esposo no despertará hasta la tarde. Hay que salir como en los viejos tiempos, qué dices.
—De acuerdo.
❦
He de pasar una de las mañanas y tardes menos preocupantes desde que me comprometí con los Le Covanov. Cabalgamos hasta el siguiente poblado, pues un festival de vendimia se llevaba a cabo. Comimos todo lo que las monedas de mi hermano y primo pudieron pagar. El calor era intenso, aunque no supera al de Feralia. Nada que un nuevo sombrero y jarra de vino dulce y añejado pudiera resolver. Bailamos hasta que los pies nos pidieron un descanso e inevitablemente, volvimos al atardecer con el trasero adolorido por las horas que pasamos montados en los caballos.
—¿Dónde estabas? —la voz de Dimitry nos sorprende una vez que ingresamos a la sala principal de la finca. Nuestras risas se cortan al verlo. No luce muy feliz, incluso parece enfermo. Su resaca es clara—. Te hice una pregunta.
—Y yo puedo optar por no responderla.
—Temo que fue mi culpa —interviene mi hermano—. Salimos un rato, ya que todos estaban indispuestos.
—Y tal vez si no hubieras bebido tanto ayer te habríamos invitado.
La tensión aumenta en la sala. Dimitry muestra una sonrisa torcida.
—Mi falta. Perdón, querida. Solo me preocupé por ti —comienza a acercarse a mí—, mientras tanto tu te divertías... fuera de nuestras tierras sin tener la cortesía de avisarme siquiera.
—No sabía que debía pedirte permiso.
—Por supuesto que no. Eres mi esposa, no mi esclava. No es como que te hayan vendido ¿cierto? Eso sería un acto cruel.
Para estás instancias es como si estuviéramos tan solo él y yo en la habitación. Lastimándonos con indirectas, porque esa es la forma mas recurrente de nuetsras interacciones al yacer frustrados. Soy yo quien se aleja y abandono la sala para ir a las escaleras con la bilis subiendo hasta la boca del estómago cual espuma se tratara.
—Sí me permiten, hablaré con mi esposa —le escucho decir seguido de avanzar para querer alcanzarme. Su mano se enreda en mi brazo a mitad de ascenso al primer piso. He de tener que seguir la rapidez de sus zancadas hasta el pasillo.
—¿Dimitry, qué haces?
—¿No querías que te tratara mal frente a tu familia? Bien, ya te estoy complaciendo.
Abre la puerta de su alcoba asignada y me adentra a ella. El seguro del pomo de la puerta suena.
—¿Y bien? —comienza—. Dime en que diablos estabas pensando cuando decidiste cruzar la frontera de estas malditas tierras ¿En qué?
—Perdona por buscar olvidarme un tiempo de esta jodida situación en la que me han obligado vivir.
—¿Crees que este es un juego?
—¿Y yo que estoy a tu servicio?
—¡Me estaba muriendo! ¡Cruzaste la puta frontera! —sus palabras bajan de golpe mi tempestiva furia—. Eres el ancla que hace que me conserve en este sitio y yo... sentí cuando te alejaste.
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Editado: 28.03.2026