El suspiro casi ronquido de Dimit me alerta al amanecer. Debería preocuparme por tener que lidiar con ello cada noche que compartamos, sin embargo, yazco tan embelesada por el momento que encuentro encantador aquel gesto. Mi índice va directo a la curvatura de su nariz. He de deslizar la yema de mis dedos hasta llegar la punta de ésta. Ejecuta un gesto cual si fuera a estornudar, excepto que no lo hace. Emito una risita corta cual si fuera una niña que ha sido descubierta en una de sus travesuras.
—Sí no me dejas dormir te agarraré a besos, Emmeli —me advierte Dimit sin abrir sus ojos de tal modo que retiro mi caricia por su repentina habla.
—Premio o castigo —devuelvo.
—Habrá que averiguarlo.
Acto seguido, sus ojos me muestran ese dorado color que me fascina al mismo tiempo que su mano envuelve mi muñeca con la que lo acariciaba segundos atrás y atraerme a él de tal modo que la mitad de mi cuerpo yace encima suyo. Ha de llevar un poco de mi cabello detrás de mi oreja, me contempla como si pudiera revivir lo de ayer segundo a segundo, así como yo lo hago.
Detesto sonrojarme, porque ahora que la luz de la mañana nos cubre todo es tan visible como mis sentimientos por él.
—Te amo —espeta tan pronto que toda broma que planeaba ejercutar muere en mi garganta—. Y no lo digo solo por lo que sucedió ayer, sino porque de verdad lo siento. Y Si alguna vez tu corazón tuvo dudas quiero que sepas que me encuentro rendido ante ti en cuerpo y alma.
—Dimit...
—No, no debes de responder nada. Sólo deseaba que lo supieras y dicho eso...
Su boca se une a la mía en ese ritmo que compaginamos tan bien, y mientras sus labios y manos me complacen me pregunto por un diminuto instante porque no he podido devolver sus palabras. Lo amo, por supuesto que lo hago, pues nunca había sentido algo así y no hablo solo de desearlo carnalmente, sino de ese fulgor que alimenta tu alma, y hace de lado un poquito lo que eres y lo que anhelas por esa persona que te sonríe cuando sus ojos te encuentran porque por igual te ha convertido en su todo.
Tal vez se deba a lo que he vívido. Los secretos que todavía conservo para él y que me aterra confesar. No somos libres ni honestos, pero incluso con ello estamos aquí, seguros de ser el uno para el otro ya seamos los héroes o villanos de la historia.
—¿A dónde te has ido? —la mirada bronce de Dimit me examina ante mi falta de respuesta a sus caricias.
«A la realidad» quiero contestar.
—A ningún lado —sonrío con cortesía—. Tú eres el sitio donde quiero estar siempre.
—Y tú el mío, Emmeli —su mano se desliza hasta la piel expuesta de mi pierna que se enreda en su cadera. Las sábanas poco cubren de nuestra desnudez, pese que sigo siendo recatada y no me atrevo a mirarlo del todo cuando se levanta tal como vino a este mundo de la cama con dirección al cuarto de baño después de ofrecerme un delicado beso en los labios.
Poso la yema de mis dedos dónde la marca del recuerdo de anoche sin duda me persigue de principio a fin. Sonrío seguido de llevar la sábana a mi rostro sin poder creer lo que dos cuerpos más allá de lo físico, pueden lograr decirse sin palabras, convertirse en ese refugio al que uno desea volver cada día sin excepción. Fue tan amable, cálido y tierno que no existe duda en la elección de ayer. Prometió tener toda la noche para conocernos y lo cumplió de principio a fin como el caballero de armadura brillante que fue para mí desde ese día que caí en sus brazos en los jardines del castillo ferelense. Giro la cabeza para mirar la puerta donde mi esposo se resguarda, aunque el canto de las aves me hacen dirigir mi atención a la ventana iluminada por los rayos de una mañana creciente con el ondeo ligero de la cortina. No sé si sean las sensaciones pasadas o que Ryunale es un país caluroso, pero salgo de la cama con la sábana envuelta en mi cuerpo en busca de un poco de aire fresco.
Todo se mira tan calmado. Como sí la vida no supiera las batallas que libramos en este lugar. De pronto, los brazos de Dimit me envuelven la cintura desde atrás con una leve respiración sobre mi cuello. Me causa escalofriós de los buenos. Besa mi hombro descubierto para terminar por contemplar el mismo panorama que yo.
—¿Pintabas?
Mi vista se mueve al caballete de nuestro costado donde una réplica de lo que miramos se reproduce a medio terminar.
—Había olvidado lo mucho que me gustaba hacerlo.
—Eres buena. Lo digo en serio.
—Siempre desee ir a la academia de arte en Søje, pero la guerra con los otarianos no me permitió salir del castillo.
—Pues ya no hay guerra ni castillo que te detenga.
Rio con levedad y añoranza.
—No lo sé. Siempre he temido que mi arte no pueda ser juzgada con objetividad, ya sea por creerme la hija de un rey o la esposa de uno.
—Solo existe una forma de averiguarlo. Si no lo intentas nunca lo sabrás.
—¿Qué habrías deseado ser tú?
—¿Sonará triste si te digo que nunca lo he pensado? Jamás creí vivir lo suficiente para plantearlo. En mi adolescencia me aterraba que un día la puerta de mi habitación se abriera y me dijeran que yo era el sacrificio para que Feralia perdurara.
De todas las conversaciones que hemos tenido a lo largo del tiempo es ésta la que me recuerda el simple humano que es Dimit. Yo solía tener pensamientos semejantes, excepto que los míos eran provocados por mi débil corazón y pulmones y que la noticia fuera que moriría pronto.
—Más tarde, mis temores fueron acerca de que mi hermano tomara la decisión por ambos, pero apareció Trinity y entonces temí ser yo quien optara por el sacrificio para su felicidad, aunque me avergüenza decir que no fui lo suficiente héroe para ejecutar tal acto.
—No hay vergüenza en querer vivir, Dimit —me giro para tenerlo de frente. Acaricio su cabello en espera de poder consolarlo—. Estamos más cerca de lo que jamás hemos estado de librarte de esta maldición que te condena. Eres un héroe para mí por intentarlo. Además, no puedes dejarme, me pediste que me casara contigo ¿lo recuerdas?
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Editado: 28.03.2026