Mi madre tenía razón en algo, una celebración se aproxima para los extranjeros que vendrán a presenciar la fructífera unión entre Ryunale y Feralia. Ser la sonriente y cortes hija o esposa debe ser el objetivo de mi asistencia, sin embargo, no tienen ni idea de lo que ya no permitiré ser para los que me rodean.
—Entonces estas tierras me pertenecen. No son de Ryunale ni de Feralia... mías.
—De principio a fin, sí —Dimit contesta sentado en la cama mientras contempla como camino de un lado a otro por la habitación, tratando de asimilar lo que su gemelo le contó en la reunión asistida con mi padre y otros hombres de títulos altos.
—Por eso logramos cruzar. Soy la propietaria del sitio y por consiguiente tuyo y de tu hermano. Ahora comprendo porque la sonrisa de tu padre cuando el mío le prometió que el trato de las tierras seguía intacto —miro por la ventana con esperanza de que mi padre cruce las rejas de la finca, incluso si la noche yace avanzada para advertirle lo que podría suceder—. Reproduce de nuevo la cinta, quieres.
Dimit me obedece y activa el botón del pequeño artefacto que usan los herederos Le Covanov para comunicar las interacciones tenidas ante sus ausencias y de eso modo, hacerse pasar por el otro. La cinta corre y las voces de todos los hombres presentes emergen.
—Así que pretenden que las tierras pertenezcan a tu padre, pero que se mantengan bajo el control del mío de firmar ese poder o ¿me equivoco?
Él asiente.
—Pues no lo haré —mi voz es firme—. Lo lamento, pero no lo firmare.
Me he de guardar las conspiraciones que mi mente se ha generado. Y es que, si esto perteneciera a Feralia, no dudaría en que lo convirtieran en una base de soldados que bien podrían rodear Ryunale para su conquista, y si Søje por igual se unió a ellos, contemplando que en sus últimas interacciones los embajadores fueron invitados al país de los Le Covanov, estaríamos rodeados.
Apenas no hemos repuesto de las heridas que la República Comunal de Otaria nos hizo por largos veinte años y como aves de rapiña, los demás países se forman para tomar lo poco que queda.
—Está bien si no quieres hacerlo —la voz de mi compañía desdibuja mis turbios pensamientos—. Esto te pertenece al fin y al cabo. Tú decides. Desconozco las intenciones de nuestros padres por igual, así que lo mejor por el momento es avanzar con sigilo.
—¿Él no te hablo de ello?
No es que quisiera desconfiar de Dimit, pero en ocasiones lo hago hasta de mi propia sombra.
—Las minas, ese siempre fue nuestro propósito. Dimitry se encuentra ahora allá, intentando averiguar cómo acceder a ellas —se levanta de la cama—. Tal vez este poder sea solo un seguro.
—¿Qué clase de seguro?
—De la clase que nos daría tiempo.
—¿Sí firmo ese poder ustedes no recaerían como aquella vez si es que abandonara la periferia de la zona?
—Si te soy sincero... no tengo idea.
Resoplo con mis brazos rodeando mi propio cuerpo. Me siento como un perro abandonado en plena tormenta sin rumbo al cual seguir. Increíble como esta mañana era la mujer más dichosa con el cálido cuerpo de Dimit sobre el mío y ahora la desolación me absorbe. Sus manos me han de tomar de los hombros para que gire y mire por igual, pero ante mi renuencia sus dedos elevan mi barbilla.
—No adivino lo que tu mente ha de pensar en estos momentos. Lo menos que desearía es que la confianza que hemos ganado se desmorone.
«¿Será este el momento para hacerle saber acerca de las sospechas de mi padre y regreso de Lucinda?»
—Yo igual, Dimit.
No me atrevo a decirlo. Soy cobarde.
—Pero te puedo jurar que mis intenciones nunca han sido ni serán dañarte a ti, tu familia o nación.
—Te creo.
Rodeo mis brazos para apretar su cuerpo al mío con el consuelo de aquel gesto que me devuelve de inmediato. Me ofrece un lugar seguro al cual refugiarme. El antídoto que alivia cualquier veneno al que mi mente se haya sometido. Besa la coronilla de mi cabeza con el mismo amor que anoche y esta mañana.
—Mi hermana Lucinda me pidió refugio y protección en estas tierras. Le he dicho que sí.
Demora un segundo en asimilar mis palabras.
—Ella siempre será bienvenida. Nos condujo a conocernos, y eso es algo que le agradeceré cada día.
Retiro mi rostro de su pecho y hombro.
—¿De verdad?
—De verdad.
De antemano comprendo que ella no podría quedarse con nosotros a sabiendas del daño que le causa el estar cerca de ambos, pero de igual modo saber que estaría cerca para encontrar una cura me alivia.
—Creí que te molestaría.
—En absoluto, lo que tu digas yo lo haré sin objeción. Estoy a tu servicio, lo recuerdas —sonrío y su mano se adentra a la bolsa interna de su saco—. Y dicho eso...
Una diminuta caja metálica se muestra y conozco su contenido, pues hablamos de ello por la mañana. Tres píldoras blancas descansan dentro y con ello, la posibilidad de que nuestros idílicos encuentros no dejen huella.
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Editado: 21.04.2026