Elegidos

29. DAVINNE

No he de olvidar la primera vez que mis ojos vislumbraron a cierto príncipe de mirada azul y bucles rubios. Yacía en la fuente de bebidas y bocadillos, dándose un minuto para respirar después de bailar sin descanso tal como yo en aquella clandestina enmascarada. Lucinda y yo siempre fuimos inseparables y en esa ocasión, cuando me propuso escapar del castillo para pasar una estupenda velada libre de los protocolos en los que nos sometíamos, no dudé en seguir sus pasos como acostumbraba.

—Perdone, adelante —Davinne declinó de aquel diminuto panecillo de cereza para que fuera mío, una vez que las direcciones de nuestras manos se mantuvieron con el mismo rumbo—. Todo suyo.

Agradecí con un asentamiento, mientras ofrecí un mordisco al bizcocho. Me he de haber distraído por breves segundos en aquel par de profundos ojos azules que eran semejantes a mirar el cielo bajo el antifaz que cubría la mitad de su rostro, así como el mío ocultaba por igual mi identidad.

—Tiene un muy buen gusto, señorita. Es por igual mi favorito, pero temo que se ha llevado el último.

Tal vez lo habría obtenido de no haber elegido ser un caballero —mi respuesta nació en kate, el idioma natal de Katíca. Mi tutor me enseñaba desde un año anterior a ese y me pareció un buen momento practicar para cesar aquel encuentro.

Creí que por usted bien valía la pena serlo —respondió en el mismo idioma, causando que mi sonrisa burlona se cortara, tras contemplar que comprendió mis palabras pasadas.

Muy pocos conocían aquella lengua, conociendo los miles los kilómetros de distancia que nos separaba de aquel país, del mismo modo que los pocos que provenían de tal región conservaban un básico conocimiento del alevia para comunicarse con nosotros, por lo que la necesidad de aprenderlo no era una prioridad, excepto que descubrí lo hábil que era para los idiomas. Mi expresión debió decir todo, puesto que una sonrisa se extendió en su bello rostro con la malicia que anteriormente yo imprimí tras mi jugada.

Comprende el kate.

Igual que usted por lo que he oído ¿Suele huir de las personas usando un idioma que no es el suyo con frecuencia?

¿Qué le hace pensar que no soy de Katíca?

Bueno, posee un bello acento, lo admito, pero ha de arrastrar un poco las palabras entre cada corte de frase.

Así que un søjense va a venir a decirme como pronunciar el kate, interesante.

¿Por qué supone que soy søjense?

Temo que su cabello y ojos lo delatan, señor.

No se puede huir de sus raíces, cierto.

Me parece que no.

Ambos sonreímos sin perdernos la vista. Conectamos de esa forma en la que podíamos ser nosotros mismos. Probablemente por la máscara que cubría nuestros rostros. No hubo nombre ni títulos o expectativas que llenar. No, fuimos dos perfectos desconocidos que se permitieron bailar una pieza, sin embargo, la música, la danza y diversión nos llevó a compartir tres más de ella.

Deben de estar esperándola.

Giré en dirección donde tiempo atrás mi hermana compartía plática con un hombre en la lejanía. Ninguno de los dos ya se encontraba en mi periferia. No me fue difícil adivinar que desaparecería por unos minutos como solía suceder cuando un joven la cautivaba.

No exactamente.

Volví a mi acompañante, le robé su copa y bebí lo que restaba de valor líquido. Acto seguido, enlacé su mano a la mía y nos escabullimos por los pasillos. Volvimos a nuestro idioma y conversamos de algunos de los cuadros de la galería que recorríamos en el avance hasta que su mano se volvió osada y rosó mi mejilla con su vista en la mía.

—Davinne, mi nombre es Davinne.

—Mucho gusto, Davinne.

En ese entonces me pareció algo particular su nombre, pesé que supuse que no para su país.

—¿No vas a decirme el tuyo?

—Tal vez la próxima vez que nos veamos —dije.

—¿Y si ya no hay una próxima?

—Entonces habrá que hacer memorable este día.

Lo atraje a mi boca y él me correspondió. Fue como fuego. Peligroso fuego que si no se era cuidadoso uno podría resultar herido, pero poco nos importó, porque todas nuestras dudas fueron acalladas por nuestros labios. No necesitamos conocernos más allá de eso. Jamás había permitido que unas manos me tomarán como lo hicieron las suyas, sin embargo, lo nuestro fue deseo a primera vista. La oscuridad de la biblioteca en la que terminamos nos daba esa clandestinidad y adrenalina por ser descubiertos lo que nos alimentaba a no detenernos. Nos besamos hasta que nuestros labios se hincharon y ojos se acostumbraron a que la única luz que nos acompañara fuera la de la luna que atravesaba la ventana como testigo de aquella brillante velada.

—Diann, el mío es Diann —pronuncié para él en un susurro de debilidad, pues jamás había revelado mi nombre durante mis escapadas tal como mi hermana me lo había aconsejado, pero creí que espetar el segundo no causaría estragos.

—Pues creo que me ha enamorado de ti, Diann. Hermosa, Diann.

Tal vez debió ser eso. Davinne sin duda fue el hombre más atractivo al que pude parecerle fascinante. Lucinda atraía la atención de los mejores partidos, mientras que yo solo era el escalón para llegar a ella o el premio de consolación, pero para él yo fui el premio de un vencedor. Debimos decirnos otro par de cosas más como que esa era la primera vez que hacíamos cosas como esas, que no solemos ser así, pero que nos encontramos el uno al otro irresistible. Para cuando sus experimentadas manos arrancaron un suspiro interno dentro de mi ser que jamás experimenté, los fuegos artificiales explotaron dentro de mí, así como en las afueras del monumento donde la enmascarada se llevaba a cabo como símbolo del término de la velada.

Costó toda nuestra voluntad saber que no podíamos rebasar esa línea en nuestro encuentro, siendo que la idea de que mi primera vez fuera en una de las salas de la biblioteca nacional no era exactamente mi escenario ideal.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.