La espera puede ser una de las sensaciones más abrasadora de todas. Capaz de retorcerte el estómago y pensamientos en semejante igualdad. Inicia con las decenas de posibilidades que viajan rumbo al futuro y van de vuelta con los interminables "hubiera" debido a una elección mal tomada. Sí, supongo que pudo ser peor, aunque no imagino como sería aquello, siendo que la espera a que la manija de mi habitación se abra con una sentencia que no he decidido si merezco o no, me carcome el alma.
Finalmente, después de treinta minutos o quizá más, sucede. La silueta de Dimit hace aparición y mi antes caminata en linea recta por la sala interna se detiene. Se adentra a la alcoba no sin antes cerrar la puerta con una calma que no defino como un buen alicienteo no de lo que me espera. Consigo visualizar a dos escoltas que esperan fuera de la puerta como modo de prevención, supongo.
Por un agonizante par de segundos no emitimos ni una sola palabra. Tentamos el terreno en el que yacemos y mi mano se aferra al dosel la cama como si ello me impidiera caer al suelo en caso de tener que pedir algún tipo de clemencia de su parte.
—¿Fueron amables contigo a tu regreso? —asiento con levedad ante las últimas palabras que le escuché pronunciar, seguido de ser arrastrada por sus hombres hasta el carruaje.
—¿Qué le has hecho a Davianne?
—¿Tanto te interesa sus infortunios?
Su postura y quijada se tensa.
«Cielos, no debí empezar con ello la conversación»
—No de la forma que imaginas, te lo aseguro. Él solo fue un peón como yo en un tablero manejado por terceros. Lo he de haber averiguado demasiado tarde cuando terminé medio muerta en tus brazos durante el ataque otariano.
—Tan segura yaces de su inocencia, interesante —parece hablar consigo mismo—. ¿Y lo quieres? Porque si es así te dejaré partir con él.
—No —exclamo tan pronto sus palabras terminan—. No iría con él a ningún lado, porque eres tú el sitio donde quiero estar. Sé que no me crees ahora, pero hazlo. No pondría las manos al fuego por él si te soy completamente sincera, pero al igual que yo, él pecó en algún grado de inocencia.
—En eso puedo estar de acuerdo contigo.
—¿Lo dices por los últimos meses en los que he estado creyendo cada una de las palabras de todos los que me rodean? —no lo confirma, pero imagino que así es como piensa—. Hay una delgada línea entre la ingenuidad e idiotez y temo que yo jamás he sabido como diferenciarla—no me ofrece respuesta, por lo que desesperada continuo—: Dimit, te juro que desconocía que Otaria yacía detrás de ello hasta que fue demasiado tarde o sino yo jamás...
—¿Habrías aceptado acabar con mi familia, incluyéndome por igual?
La tensión aumenta. Detengo cualquier futuro paso que haya planeado avanzar hasta él.
—No voy a pretender que no escuché tal suceso como una opción, del mismo modo que fui yo quien duplicó aquella llave ese día, pero no es justo. Desconocía lo que obtendrían de ese saqueo en el castillo.
—Esperabas que trajeran flores entonces —reprocha con una sonrisa que nada puede describirse natural o divertida—. Vamos, Emmelina. No ofendas mi inteligencia. Está más que claro que el hecho de ser reclutada y convencida de traicionarme fuera que como miembro Le Covanov tenías acceso a nosotros.
—No imaginé que los otarianos estuvieran detrás de esto. Ellos han asediado mi nación antes de que yo naciera. Solo conocí la guerra en mi vida por ellos. Nunca me uniría a ellos, tienes que creerme.
—¿Así que nunca fue de tu conocimiento quien reclutó a aquel søjense?
—No, nunca. Davianne tampoco lo supo hasta después del ataque.
Pronunciar el nombre le causa malestar a mi compañía y he de hacer una nota mental de no volver a mencionarlo. Al menos no en esta conversación.
—Entonces lo volviste a ver después de aquel último encuentro donde él te abandonó.
«Maldición, Emmelina. Deja de ser tu peor enemiga»
—Vino a visitarme, sí, pero no solo —exclamo con espera de que me crea. Era el momento de enfrentar mis peores pesadillas depositadas en una sola—. Mi hermana Lucinda venía con él. Fue cuando me enteré lo de... Bueno, lo que tuvieron ustedes juntos y la maldición que ganó por ello. Lu te odia y culpa en semejante proporción. Por eso huyo del compromiso contigo y se unió a ese clan. Le prometieron liberarla de la maldición y yo solo deseaba ayudar, pero incluso con eso yo te elegí. Yo los quería... los quiero a ambos con vida y estoy harta de solo tener únicamente la mitad ¡Lo quiero todo! Y voy a luchar por obtenerlo.
Concedo un paso a él. Puedo ver un dejo en su mirada que ya no corresponde a la decepción, sino a la lástima. No es exactamente de los sentimientos que más gozo, pero lo prefiero.
—De antemano comprendo que sería injusto condenarte por tus mentiras cuando está más que claro que yo soy el menos indicado para tal reprenda. Te conducimos a ello y juzgarte sería un acto hipócrita de mi parte. Esa noche te enteraste lo de Trinity y su hijo, estabas molesta. Buscaste consuelo o venganza y tú y yo realmente no éramos nada, sin embargo, eso no evita que duela. Imaginarte mintiendome esa noche para irte con otro no es la mejor sensación que he sentido, ni las mentiras y traición tampoco lo son —espeta de manera torcida y dolorosa—. Supongo que esto fue lo que sentiste cada vez que descubrías una nueva verdad por parte de nosotros ¿no? Es justo.
#3466 en Novela romántica
#749 en Fantasía
princesa con gemelos, matrimonio forzado principe cuestionable, mentiras secretos celos alianzas guerra
Editado: 21.04.2026