Elegidos

31. UN HEREDERO PARA FERALIA

—¡No podemos cruzar! —grito a nada de saltar del carruaje de no ser que mi madre prensa mi muñeca.

—¿Emmelina, pero qué haces?

—Déjame salir. Diles que se detengan ¡Ahora!

—No entiendo ¿por qué te comportas de esa manera? Estos hombres te han rescatado.

No hay forma de que ella conozca las verdaderas razones de mi desesperación sin que me crea una lúnatica o arriesgue las intenciones de nuestro arribo a esta zona, por lo que solo me resta lucir como una enamorada chica que quiere volver a ver a su esposo, pese que realmente aquello no yace muy alejado de la realidad.

—Dimitry no me arresto ni acuso de los crimenes que aseguras ¿De dónde has sacado tal idea, madre?

—Porque vieron a hombres de tu esposo llevarse quien sabe a donde al príncipe de Søje.

—A Davinne, sí. Yo lo presencie, pero no es lo crees.

«Es peor» pienso.

—Fue solo una simple confusión, pero ya se arreglo —insisto, sin embargo, en su mirada existe incredulidad—. O al menos sucedería de no ser por la explosión que se avecino en la lejanía y entonces tuvo que marcharse. Por eso ordena a esos hombres que den media vuelta para aclararlo todo.

—No puedo, tú padre fue claro en esto. De haber una confusión lo arreglaremos cuando lleguemos a él en la capital.

—¡Madre, no estás escuchandóme!

—¡Ni tú a mí! —el tono de su voz alerta una preocupación que aprisiona mi pecho—. Hija, algo malo está por pasar y lo mejor es estar lejos.

—¿Malo como qué? —no me responde—. Déjame volver —le suplico sosteniendo sus manos—, por favor.

Veo dolor en su mirada. De la clase que me dice que lo lamenta, pero no va ceder, por lo que resignada, miro por la ventana y cálculo un plan. Uno que nunca falla. Fingo tener un ataque. Llevo mi mano a mi pecho y fuerzo mi respiración como si mi enfermedad realmente me afligiera. He sufrido tantos que conozco bien como procede. De inmediato, el instinto de madre le llama y se preocupa como todas las veces.

—No llevo mi brebaje —le anuncio y tal como supuse, contesta que ella sí. Yace en el maletero, lo que implica que hay que detener el carruaje y salir de él.

El sol de la mañana empequeñece mi mirada una vez que la luz me abruma tras descender. Esto bien podría ser un desierto por la árida tierra que no ha recibido ni una pizca de lluvia por ser considerada una propiedad tan inservible que mi padre me las cedió. Sigo fingiendo que estoy a medio ataque y me sostengo del carruaje para otorgar mayor dramatismo a mi actuación. Un soldado que nos escolta en la caravana desciende de su caballo para auxiliarnos. Miro a mis costados sin nadie que nos rodee y sin más, emprendo paso hasta el caballo, lo monto en un movimiento y jalo de las riendas para cabalgar hasta los Le Covanov.

Escucho a mi madre pronunciar mi nombre en la lejanía. No miro atrás, solo avanzo con un único objetivo, excepto que los soldados pisan mis talones. Se acercan a todo trote por mis costados para querer frenarme.

—¡Deténgase!

Espoleo con empeño al caballo para aumentar mi velocidad, sin embargo, un tercero se cruza al frente de mi camino parando casi en seco mi rumbo. Jerico. Mi hermano frena el avance de mi caballo lo suficiente para que las manos de uno de los escoltas prense las riendas. Concedo una suplica con la mirada a Jer, la misma que otorgué a mi madre, incluso si conozco la respuesta de regreso.

—Solo te estamos protegiendo, Emm —me asegura, ofreciendo su mano para que suba a su montura.

Niego con la cabeza.

—¿Eso es lo que te dirás para convencerte de que haces lo correcto?

—Feralia iba a apresarte.

—Él jamás lo permitiría.

—Tal vez no, pero él no es el rey.

Detesto que hagan crecer la duda dentro de mi ser. Que cosas que tenían sentido antes se desmoronen cual avalancha que arrasa con todo a su alrededor. Las lagrimas recorren el camino de mi rostro hasta que el calor las evapora junto con mis esperanzas de huir.

—Prometeme que no saldremos de estas tierras. Por favor, solo no...

—Los ferelenses han dominado el territorio después de la explosión. Esto ya no es territorio Scarasi. No podemos permanecer aquí o estaremos en riesgo, lo siento, hermana.

Su mano vuelve a insistir para que la tome, pero reniego de ello. Lo manoteo y desciendo para correr entre la desoladora tierra que me rodea. No llego muy lejos, siendo que la mano de Jerico atrapa mi cintura para hacerme subir con él al caballo y llevarme de vuelta al carruaje.

—¡Te odio! ¡Los odio a todos!

Si me escuchan, hacen caso omiso de la pobre princesa que ha perdido la cordura y es por ello que la desesperacion me embarga con cada metro que me aleja de Dimit, mientras que a él se acerca a la muerte. El karma me ha de llegar pronto, pues mis manos temblorosas y falta de aire visitan de verdad mi cuerpo para burlarse de mi tragedia. Un ataque, uno de verdad me aprisiona el pecho una vez que mi hermano me hace descender de su caballo. Mis piernas tiemblan y de no ser que él me sostiene habría caído al suelo. Mi madre me obliga a beber el brebaje, pero sé que perderé el conocimiento o al menos mis débiles fuerzas no me permitirán luchar.




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