La suerte no debería ser el mayor factor para el éxito de nuestra fuga, sin embargo, lo es. Inicia con Katrina haciendo saber al guardia que mi salud está en riesgo y que hay que llamar al médico para una intervención. El hombre encargado de mi seguridad me mira en la cama al borde de un ataque y se apresura a seguir las ordenes de mi prima.
He de salir de entre las sábanas con un atuendo simple: pantaloncillo oscuro y camisa blanca. La falta de vigilancia, nos da la brecha de salir de la alcoba. Parece sencillo contemplando que no hay soldados dentro de la propiedad, sino afuera resguardando sus alrededores. Tal vez porque pasa de las once, aunque solo contamos con minutos antes de que alguien note la mentira, por lo que es vital que salgamos de la mansión lo más pronto posible antes de que las filas de afuera se percaten de la huida.
El plan continua con nostras escabulléndonos por el área de servicio. El par que se encuentra en el sitio nos miran, pero por fortuna son discretos. En cuanto llegamos al punto medular de esto, lo cual se reduce en salir por las puertas custodiadas, sé que no habrá problema con Katrina. Ella finge salir tal como llegó, sola. Pide su carruaje y se lo ofrecen sin cuestionar las altas horas a la que lo ejecuta. En cuanto a mí, saltar de las bardas cual delincuente es mi deber. He de admitir que esta no es la primera vez, siendo que apliqué el acto unas cuantas veces con Lucinda como forma de escape para ir a enmascaradas y celebraciones clandestinas, aunque eso no evita que me gane unas cuantos raspones en rodillas y antebrazos tras el ascenso y descenso por los rosales y enredaderas espinosas.
—¡Emme! —escucho el gritito de mi prima en la nocturna noche con las ruedas de la carroza disminuyendo la velocidad. Salgo de entre la hierba y hago señas para que se detenga y descienda de él—. El es Filberto, nos ayudará a llegar a la frontera por... Bueno, le prometí una cuantiosa recompensa —el hombre de unos cuarenta y tantos años asiente. No podemos confiar en él, sin embargo, las opciones son escasas y ya que esta claro que ninguna de las dos tenemos buena orientación en cuanto llegar a la frontera se trata, nos encomendamos al hombre.
Desata los tres caballos que antes tiraban del carruaje y cada uno se monta en el respectivo para avanzar sin duda, mucho más veloz. Soy consciente de que el tiempo yace en nuestra contra, por lo que a todo galope avanzamos durante lo que resta de la madrugada. Ni siquiera llevamos nada, excepto un bolso con monedas, agua, pan y en mi caso, frascos de mi brebaje, puesto que en estos días he tomado más que en los últimos meses juntos.
Resulta que hay que cruzar tres poblados hasta llegar a la frontera. Para cuando estamos a kilometros de la meta, el sol ya ha despertado. Nos hemos detenido para hacer descansar a los caballos y que beban agua, así como nosotros por igual.
—Me duele el trasero —se queja Katrina.
—A mi también —la secundo y le ofrezco un pedazo de pan que muerde sin muchas ganas.
—Voy a orinar.
—¿De nuevo? —reprocho.
—En mi estado es natural.
—Cuando estás en el último trimestre, no iniciando —elevo mi ceja, aunque ella solo se gira y va al arbusto más frondoso para desaparecer y hacer lo propio.
—Ya se demoró Filberto como para solo hidratar los caballos ¿no crees?
—Un poco, sí.
Un ruido de ramas rompiéndose y arbustos en movimiento nos alerta. Meto la mano en el bolso para apretar el mango del cuchillo que tome de la cocina antes de salir de la mansión. Suspiro en alivio tras ver que es Filberto, aunque con un gesto nos dice que no hagamos ruido.
—Hay soldados cerca buscándolas —me echa un vistazo—, buscándola. Encontraron los caballos en el rio.
—¿Qué haremos? —chilla Kat en un tono muy bajo—. No podemos continúa de pie o ¿sí?
—No lo sé.
Estoy tan o más angustiada que ella. De antemano comprendo que ya no puedo seguir perdiendo más tiempo sin cruzar la frontera.
—Tengo una idea, pero no les va a gustar, princesa —Filberto habla, mientras retrocede en zancadas largas. Lo miro con incertidumbre cuando de pronto emite un grito a los guardias para hacerlos venir—. Le sugiero que corra recto hasta la salida del bosque ¡Por aquí! ¡Ella está aquí!
—Maldito —mascullo en el instante que hago lo que aconsejó hace segundo. Katrina se conserva paralizada cuando la mano del hombre la contiene del brazo.
Corro lo más veloz que puedo con la voz de uno de los soldados rumbo a mi captura. Lo veo cabalgar a todo galope en su caballo con la orden de que me detenga. Giro el rostro para medir su distancia, aunque al llevarlo a cabo, me encuentro con la vista de Filberto arriba de un caballo yendo hasta mí. Me detengo y el hombre que iba en mi búsqueda desciende la velocidad tras sentir la presencia de alguien ajeno a su compañero perseguirlo. Su cuello se tuerse para mirar atrás, pero es tarde porque la gruesa rama casi tronco que Filberto posee en la mano derecha, lo golpea en un acto que lo haca caer.
De inmediato la rama cae al suelo para que su mano libre se extienda y la tome. Me prenso a él y en segundos ya me encuentro arriba. Katrina va a metros de distancia en otro caballo a toda velocidad. Supongo que no hay tiempo de hacer preguntas del cómo.
—No creyó que la íbamos a dejar o ¿sí?
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Editado: 09.05.2026