—No permitiré que te pase nada.
La voz de Dimit suena distante y distorsionada ante mis oídos. No importa si yace a menos de un metro de distancia mis sentidos se encuentran dormidos tras el pensamiento de lo cansada que siempre estoy, que un esfuerzo fuera de lo normal me agota, o del hecho que he consumido mi brebaje con una frecuencia recurrente sin mucho éxito.
Creo que las señales siempre se conservaron ahí, pero fui incapaz de verlas.
—¿Desde cuando? —la pregunta asalta a Dimit apenas en un tono audible para los presentes—. ¿Desde cuándo?
Los segundos de silencio invaden la sala antes de que las palabras sean escuchadas:
—Desde el ataque de los otaros.
Sonrío. Pero por supuesto que desde ese día. No he de olvidar cuando el médico dijo que mi corazón no aguantaría otro ataque o se comprometería mi salud y sucedió. Ese ataque casi me mata y de alguna forma u otra, se cumplió.
—Todo este tiempo tú siempre lo supiste.
Me destino a mirar el rostro de Dimit con el tinte de reproche que minutos atrás él colocaba en mí. Ahora, con lo sabido he de comprender del porqué me ha perdonado absolutamente todo lo que he hecho. El engaño con Davinne, con su propio hermano, el que me haya unido a una causa que buscaba dañarlo a él y su familia, a mi hermana y su complicidad con los otaros.
Culpa. Siente culpa porque de no haber sido por ese ataque es probable que mi vida no se hubiera reducido a lo que es en este momento. Una inminente cuenta regresiva. Poseo parte de su maldición desde el día que dije acepto. Al fin y al cabo, soy una Le Covanov y estoy tan maldita como ellos y seré castigada como tal.
—Siempre lo supiste y me lo ocultaste.
Furia, siento un enfado en lo más profundo del estómago que se retuerse, porque lo que antes lo definía como amor de su parte solo puedo descifrarlo en estos momentos como compasión. Soy solo para él la pobre Emmelina que morirá y que hay que tenerle consideración porque estos bien podrían ser sus últimos días en la tierra.
«¿Tu corazón? —recuerdo que cuestiono aquella vez que me entregué a él—. Te pertenece —respondí en ese entonces, aunque temo qué lo que a él le aterraba era que me sucediera justo lo que me pasó con su gemelo. Sabía que mi corazón podía no resistirlo»
—No lo creí necesario si salvarte es lo que pienso hacer.
—¡¿Y cómo planeas hacerlo si cada paso que damos me lleva hasta una maldita cama?!
Golpeo el colchón y creo que esta es la primera vez que ambos hermanos me ven de verdad con el cólera subiendo hasta la garganta. La dulce y comprensiva Emmelina se desvanece como la vida misma que se me va con cada respiro cedido.
—Por eso tu condescendencia ante mis injustificables actos. Por dios santo, Dimit. Acabo de engañarte con tu propio hermano y tú aún así quieres salvarme ¿Por qué? ¿Por culpa? Estoy muriendo, sí, y eso no es justificación de mis actos ni que los perdones. Tratarme como si fuera de cristal no va solucionar nada.
—¡Crees que no lo sé! —su rostro se enrojece por el arrebato—, pero que quieres que haga.
—Quiero que te enojes conmigo maldita sea. Que me digas que te he fallado o que buscaremos la forma de saber lo que sentimos, no lo sé. Que me arrodille y ruegue por tu perdón.
—Te ofrecí mi corazón, Emmelina —interrumpe lo que pude o no haber añadido al reclamo con su dedo apuntándome—. Te pedí que no lo rompieras. Lo único que te pedí y aun con ello lo hiciste. Y con mi hermano —le echa un vistazo—. Y sabes que es lo gracioso de todo esto, que no puedo odiarlos a ninguno de los dos porque de alguna forma retorcida los entiendo. Esa necesidad y vínculo que no me permite alejarme incluso si lo deseara existente entre los tres. Me consume y satisface por igual. Y sí, oculté que tu corazón estaba fallando y perdoné todo lo que has hecho por esa misma razón, porque sino lograba hacer que vivieras al menos podrías ser feliz conmigo... o con él. A estás alturas creo que ya no importa o ¿sí?
—Vete —digo—. Ambos, quiero estar sola.
No requiero de más palabras para ver como ambos gemelos realizan lo que solicité. La puerta se cierra y las lágrimas empapan mis mejilla hasta saborearlas. Me siento la persona más ruin e idiota de estas tierras. Tal vez lo sea, quizá merezca todo lo que sucede. No soy inocente, sin embargo, tampoco creo ser merecedora de tal castigo.
Lo que tanto temí que sucediera ha sucedido y me destroza, pese que no lo parezca debido a la culpa que me invade me arrepienta o no por ello.
«¿Entonces qué quieres? —la pregunta de Dimit a mi persona me invade el resto de la noche—. No lo sé —me respondo porque lo quiero todo»
Ruidos de platos y cubiertos me despiertan al amanecer. Reincorporo la mitad de mi cuerpo. Por la forma en la que me sonríe, sin culpa o resentimiento, comprendo que se trata de Dimitry.
—Es que no piensas concederme descansar después de lo que me hiciste o vienes a jactarte de tu logro.
—¿Logro? —se acerca a la cama.
—Vamos, no finjas que no te sube el ego saber que mi deseo por ti hizo que mi corazón fallará.
—Tu dolor jamás me causaria placer, pero me arranca una sonrisa saber que me deseas.
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Editado: 21.06.2026