Elegidos

41. REAL

No podemos volver. Incluso si nos consume la idea de saber acerca de la condición de salud de Dimitry no podemos o al menos no Dimit. Para los ferelenses, su príncipe ha sido herido, por lo que él debe ocultarse hasta que su gemelo sane.

—Eran dos hombres —relata Cataleno en la reserva de la tienda donde Dimit me esperaba al regreso—. No eran ryunos. Su uniforme no era como el de ellos, pero atacaron y debimos defendernos, sin embargo, Di fue reconocido y le dieron en el pecho.

Tapo mi boca con las manos por la noticia sin poder evitar derramar lágrimas por la gravedad de los hechos.

—Estará bien —responde Dimit para si mismo. Su mano aprisiona su pecho mientras se convence del hecho de que si uno yace vivo el otro por igual lo estará.

Me intentó convencer de lo mismo, puesto que bajo otras condiciones Dimitry ya estaría muerto.

«No lo está, no morirá»

Me siento en la única silla existente en la tienda mientras escucho el relato de Cataleno que su sobrino fue enviado a la instalación aposada en las minas para salvar su vida. Los dos hombres que atacaron fueron abatidos o al menos eso relata su tío, pues tuvieron que huir de inmediato. El vino a nosotros para avisar que su sobrino no fuera al sitio o su secreto sería descubierto.

—Davinne sabe que viniste conmigo —emito de pronto dentro de la conversación. Trato de concentrarme en los problemas que tenemos para olvidar por un momento la salud de Dimitry.

—¿Dónde está? —habla Cataleno.

—En la otra tienda con mi hermano inconsciente. No es exactamente la persona más perspicaz, pero notará que Dimit nunca fue herido si lo enviamos a las minas con Jerico como planeamos.

—Hay que dormirlo —habla Dimit. Yace distante, abrumado y mortificado, aunque aún con ello atento. Me recuerda a ese ser que conocí cuando descubrió que fui una espía de una coalición que buscaba destruirlo—. Diremos que enfermó, tuvo fiebre y estuvo delicado por días. La contrajo de tu hermano por permanecer con él y fuimos atacados. Nadie salió herido, excepto yo. Lo creerá.

Asiento segura de ello, al tiempo que ambos nos miramos. La angustia que compartimos es tan mutua como la certeza de saber que nuestros corazones laten.

—Yo me encargo.

No me toma mucho dirigirme con él.

—¿Qué sucede? —Davinne se levanta de la silla donde vigila que Jer no despierte—. Escuché que alguien salió herido ¿Pronunciaron príncipe?

—Sí... un código... solo era un código.

—Pareces angustiada por ello.

—No era mi intención que nadie sufriera.

—Esas cosas pasan cuando nos enfrentamos como lo hicimos esta mañana, Diann —intenta consolarme, pero es terrible. No ayuda en nada—. ¿Ya partiremos?

—No, nos quedáremos un rato más.

—Pero estamos expuestos aquí.

—Solo será por un poco más, te lo aseguro. Vamos, te traje algo de comida y agua. Apuesto que debes requerir ambas ¿no?

Se acerca con toda la confianza de que jamás le haría lo que estoy apunto de hacerle, pues han colocado sedantes en el agua y comida con la intención de hacerlo dormir por un largo tiempo. Bebe el agua y ofrece un mordisco al refrigerio. Me conservó a su lado por varios minutos que se sienten eternos en espera de que mi traición surta efecto.

No es hasta que se reincorpora de la silla para ir para verter más agua a su vaso que su mareo nace.

—Oh vaya, todo me da vueltas.

Voy a él para hacerlo sentar. Dice sentir nauseas y toco su frente.

—Estás ardiendo en fibre —miento.

—No siento que este...

Su frase muere como su consciencia que se desconecta en el instante que sus ojos se cierran. Es entonces que Cataleno ingresa a la sala para hacerlo reposar en un segundo catre junto a mi hermano. Lo miro a él a Jer quienes han sido un daño colateral de todo este terrible hilo de situaciones. Les pido perdón de manera interna.

—Yo me encargo, Emmelina. Porque no vas con mi sobrino. No deseo dejarlos solo en estos momentos. No hay mayor consuelo que el que tu puedes proveerle, estoy seguro.

«Creo que ambos requerimos de consuelo» contesto para mí.

—Por supuesto.

Abro la tienda donde Dimit espera sentado en el catre. Sus manos cubren su rostro, reclinado y con vista al suelo. Cierro la tienda y avanzo hasta sentarme a un costado.

—Lamento que no puedas estar a su lado —abandona su posura pasada para hacer descender sus manos y colocarlas en sus piernas. Sobrepongo una de las mías sobre la suya como consuelo—. Sanará como todas las veces. Como en la cacería ¿lo recuerdas?

—Lo siento aquí —respira entrecortado. La mano que no sujeto va a su pecho—. Su dolor y vida. La misma que apenas y resiste.

Un nudo en la garganta me invade, pues temo por igual que nos lo arrebaten estando tan cerca de conseguir la libertad de ambos.

—Desearía estar ahí.

«Yo también» exclamo internamente.

—Debí ser yo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.