Elegidos

42. EL FANTASMA DE TRINITY

—¿Lucinda? —es lo primero que mi boca pronuncia al ver a mi hermana junto a Dimitry.

—Emme —remueve de inmediato la mano que mantenía sobre la de mi esposo.

Con sigilo, avanzo hasta ella.

—Sabes que estar cerca de él te enferma.

—Lo sé, lo sé.

—Entonces, ¿qué haces aquí?

—Llegó a mis oídos lo que le sucedió y bueno, soy lo más cercano que tiene a ti y decidí apoyar.

—De acuerdo —espeto, no muy segura de su explicación.

He de abordar el momento en que me explicó su encuentro con Dimit. Ella cree que es el mismo al que le tomaba la mano hace segundos, porque desconoce que sean dos. Sus ojos yacen cansados, por lo que me cuestiono si estuvo en vela por él. Compasión aprisiona mi pecho siendo que creo que todavía piensa él y que la convivencia solo ha causado que desentierre esos sentimientos.

—Pero que bueno que has vuelto —me concede un abrazo veloz para aminorar la tensión—. ¿Vienes con Jeri?

—Sí, pero yace inconsciente todavía. Esperaba que lo recibieras y explicaras a mi lado de su captura.

—¡Por supuesto! Iré con él.

—Espera —la detengo con mi mano sobre su muñeca—. Davinne por igual yace inconsciente. Él... enfermó durante el cuidado de nuestro hermano —miento y parece creerme por la expresión de preocupación en su rostro.

—¿Por eso te quedaste? ¿Para cuidarlo?

Pienso en que ella desconoce la existencia de dos Dimitry e imagina que lo abandoné estos días, tras sobreponer la salud de Davinne ante la de él.

—No podía dejar a nuestro hermano ni a él tan expuestos en esas tierras. Requerimos de un transporte para ambos y esperé a que así fuera.

—Ya veo —me parece todo indica que ninguna cree del todo las mentiras que una se dice a la otra—. Iré a ver a ambos entonces. Te dejo a solas.

La miro deslizar la cortina de la tienda para salir. Por un breve momento, me conservó situada en ese sitio. Sopeso lo sucedido. No es hasta que el quejido de Dimitry emerge que los remuevo y voy directo a él.

Remuevo un poco de su apelmazado cabello con una sonrisa nerviosa.

—Soy yo, Le Covanov —presiono su mano debajo de la mía con apremio—, Emmelina.

Debió haber pasado horas terribles con fiebre y luchando por su vida. Un vendaje le cubre el pecho y rodea su hombro izquierdo. Añore vislumbrarlo incluso si las condiciones de su estado me aterraban. Mi corazón descansa por verlo a salvo. Su rostro pálido anuncia que su salud se encuentra comprometida todavía. Sus labios cuarteados por la deshidratación me hacen querer incitarlo a beber agua.

Acarició su mejilla con el dorso de mi mano y parece reaccionar tras mi presencia por el suspiro que lanza. Gira su rostro para mirarme, pese que sus ojos yacen prácticamente cerrados y murmura:

—Trinity.

El susurro del nombre parece caer como balde de agua helada en todo mi cuerpo. Remuevo mi toque, así como el temor más grande entre ambos hecho realidad y es que no es hasta este momento que me percato del profundo sentimiento que resguardo para este gemelo que parece seguir amando una mujer que no soy yo.

Cual si una mano estrujar mis entrañas desde el estómago hasta mi garganta, el estremecimiento me abraza. Se burla y oprime mi pecho y pensamientos en semejante proporción. Las lágrimas no emergen porque pese a todo, me desconcierta la idea de jamás haberlo tenido aun si se aferró a convencerme de lo contrario.

—Perdón —murmura en la misma complicidad de aquel aliento que me cautivó.

«Debiste suponerlo, Emmelina»

—Su Alteza Real —la voz del médico de la zona me sorprende. Giro con la conmoción gobernandome, por lo que ni un saludo es capaz de emergen en voz o reacción—. No la esperaba aquí, pero descuide, el príncipe yace fuera de peligro.

Debe suponer que mi impresión yace debido a encontrar a mi esposo en ese estado de inconsciencia, aunque no puede estar más lejano de la realidad.

«Los niños, borrachos y moribundos siempre dicen la verdad» —me espeto—. «Y su subconsciente le ha traicionado, porque es ella a quien desearía tener en mi lugar»

—Es sorprendente su recuperación, aunque sus cuidados deben ser vigilados —la voz del hombre parece lejano, pese que esté a un paso de distancia—. ¿Se encuentra bien, princesa Le Covanov?

—Sí.

No soy capaz de exclamar otra cosa, por lo que me voy. Abandono la tienda y camino. Camino hasta que ese hueco, vacío y corazón rompiéndose estallan en un llanto que no consigo controlar. Llevo mis manos al pecho, desconsolada, con caos y destrozada cual puñalada en la espalda. La garganta emite un dolor por contener el sentimiento hasta el punto de que debo abrazar mi cuerpo para consolarme.

Es el karma. La maldición de las Scarasi, porque Lucinda por igual comparte ese sentimiento de contradicción por Dimit, quien yace enamorado de mí y se olvidó de ella, excepto que Dimitry es quien no ha olvidado a ese primer amor que lo acompañará de por vida ¿La pesadumbre por igual abrumara su corazón y sentido común? ¿Estará tan destrozada como yo por culpa de los Le Covanov?




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