Elegidos

43. MALENTENDIDOS

—¿Dice que Ikare Grimaldi está aquí?

—Es quien dijo ser, princesa Le Covanov. Pidió verla a usted, de hecho.

Dimitry y yo compartimos una mirada.

—De acuerdo, iré —mi muñeca es rodeada por los dedos de mi esposo—. Tú no puedes venir —le hago saber—. Y no permitiré que te vea en ese estado. Además, mi relación es más estrecha con su nación por mi padre. Tal vez solo desea un acuerdo para rescatar a su hermano.

—Dudo que sea su razón, sino pretexto ante su espontánea visita.

—Puede ser, pero solo hay una forma de averiguarlo —su amarre se deslinda para dejarme partir—. Volveré —prometo y salgo de la tienda.

El soldado me lleva hasta donde han aprehendido al rey de Søje junto con sus hombres. No yace esposado, pero sí vigilado por tanto ferelense armado que cualquier movimiento de su parte le costaría caro. Abren la tienda y en cuanto me contemplan, los guardias de mi esposo me reverencian. Mi vista no se pierde ni un poco en aquel extranjero que he tenido ya la oportunidad de conocer.

Él debe verme con ojos de lo frágil y joven que soy frente a su poderío y experiencia, por lo que demostrarle que soy una igual es mi objetivo.

—Buenas noches, rey Grimaldi. Me han comunicado la solicitud de verme, así como su aprensión por su inesperada visita. Créame que de haber elaborado una petición le habría recibido con mejores atenciones en estas... mis tierras.

—Lamento mis modos, princesa Scarasi. No hay justificación para mi comportamiento, excepto recuperar a mi hermano.

—Le aseguro que el trato recibido fue semejante al de un príncipe de su estirpe.

—E incluso con ello continúa cautivo, señora Scarasi.

—Le Covanov —respondo en el mismo tono imperioso que él.

—Por supuesto, señora Le Covanov. Olvidaba que se adquiere el apellido como pertenencia.

—No es pertenencia, sino unión. Sus hombres, su poder, su nación y mis tierras son una sola.

—Jamás quise ofenderla si es que lo cometí.

El silencio nos ha de gobernar por un breve momento. Tratamos de averiguar quiénes y qué queremos con esta interacción. Hasta esta instancia, creo adivinarlo.

—Le concederé ver a su hermano —pienso que la necesidad de saberlo a salvo lo ha llevado hasta este punto.

«¿Qué no harías o has cometido por los tuyos?»

—Gracias.

—Mañana por la mañana —aclaro, concedo un acto de bondad y poder en perfecta sintonía. Tiembla la mejilla de Ikare Grimaldi—. Vendré a visitarlo junto con su hermano, Davinne, y podrá cerciorarse usted mismo de que no ha sido tratado con abusos como la urgencia de asaltar estas tierras ajenas le hizo creer. Trátenlo como lo que es... un rey.

Los soldados de Feralia, mis soldados, asienten en perfecta obediencia ante mi orden. Suelto un respiro profundo por la escena anterior. Me concedo el atributo de sentirme orgullosa por tal manera de actuar frente a un mismísimo regente. Sonrío con algo de satisfacción cuando llevo mi mano a mi pecho. Debo medicarme, sin embargo, otro llamado me hace saber que mi hermano ha despertado y no en la mejor de las disposiciones.

Tras abrir la cortina de la tienda encuentro a Jerico sobre el suelo, sometido por ferelenses ante su impetuoso arranque de agravios tanto físicos como verbales. Probablemente no le entienden al hablar en alevania, pero pueden adivinar el folclore que emerge de su garganta.

—¡Hermano!

El que escuche mi voz sin duda es un aliciente para que se calme, pues deja de luchar.

—Suéltenlo, por favor.

Lo hacen de inmediato. Parece que la adrenalina se difumina, pues no encuentra cómo levantarse. Me acuclillo para verificar su salud contemplando que ha permanecido sedado por casi dos días. Intento aproximar mi mano a él, sin embargo, se aleja con inminente rechazo.

—¿En qué estabas pensando, Emmelina? Me has raptado.

—¿Raptado? Yo solo busco protegerte.

—¿De qué?

—De que los otarianos nos maten —la respuesta emerge por parte de nuestra hermana que ingresa a la tienda.

La sorpresa de Jerico tras verla es concisa.

—¿Lucinda?

—Hola, Jeri.

Nos mira en turnos, retrospectivo y algo traicionado. Espera una respuesta por nuestra parte y sin dudarlo se la proporcionamos incluso si se muestra escéptico.

—¿Dices que esas minas de allá están malditas? —Jerico parece querer reír por ello de no ser que por parte de nosotras no emerge la misma reacción—. Están burlándose de mí, ¿cierto? Esperan que crea semejante idiotez de su parte.

—Pues esa idiotez te ha traído hasta aquí, así que espero lo hagas, sí —habla Lucinda—. Porque no te irás de este sitio.

La amenaza es contundente y nuestro hermano lo sabe, porque cuando Lucinda dicta algo no hay más ley que esa.

—¿Qué sabe nuestro padre de este lugar y quiénes están implicados?

—¿Me estás interrogando, Emmelina? Vaya sorpresa, soy un preso ahora.

—Parece que ya no soy la pequeña Emm para ti —mi broma parece no gustarle—, pero debes creernos. Tú y Lucinda son esenciales. La llave de una puerta que todavía no encontramos.

—¿Y esperas que coopere bajo estos arcaicos métodos?

—¡Nuestra hermana está enfermando! —grito con tal desespero que debe notarlo—. Es que no lo comprendes.

—No, al parecer no lo hago —en esta ocasión luce cuestionarse la naturaleza de su rapto. Hay grietas de dudas que si se juegan bien podrían convencerlo—. Pero magia, maldiciones, cosas místicas, sagradas o milagros es... absurdo. Pese a que sin duda eso explicaría por qué corriste de Ryunale para volver. Fue por Lucinda, incluso si ha sido por ella que te mudaste a un mar lejos de aquí para ser obligada a casarte con un hombre que no conocías. Tú, la pequeña Emm, siendo convencida por la estratega Luci para cometer estos actos. Qué par tan simpático.

—Sigue sin creernos —afirma mi hermana—. ¿Qué quieres que hagamos, Jerico? Si quieres te dejamos ver cómo Emmelina me envenena con su cercanía o mejor todavía, que venga Le Covanov. Traigo a Davinne por igual deseas escuchar su testimonio como verdad.




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