Trabajamos contra reloj. La guerra, la maldición, mi corazón. Todo se desmorona como torre de naipes arrasada por una ventisca. He de haber sido trasladada a una pequeña propiedad de apenas dos pisos y tres habitaciones cercana a las minas para procurar mi salud.
Me negué en cuanto la propuesta de moverme fuera de la tienda que me asignaron surgió. Fue por esa razón que esperaron a que cayera en profundo sueño para ejecutarlo. Al despertar la mañana siguiente ya me posaba en este sitio.
—¿Has oído el dicho de que si uno no va a la montaña la montaña va a ti? —el rostro de Dimitry me aborda tan pronto como mis ojos se abren y lo capturan sentado en una silla al costado de la cama—. Bueno, prometiste volver después de hablar con ese bastardo rey y no lo hiciste.
—Estoy segura —me tomo un respiro antes de continuar—… de que así no es el dicho.
—¿Entonces cómo?
—¿Dimitry, qué haces aquí? —levanto parte de mi cuerpo de la cama. Él me detiene—. Estás…
—Mejor que tú por el momento —dice. Me incita a retomar la postura anterior—. Mandé a que te movieran hasta acá mientras el sedante te hacía efecto.
—¿Así que fuiste tú? —me quejo.
—Lo fui, Mel.
—Maldito —Dimitry sonríe con descaro, incluso si parece que le duele el gesto. Su aspecto ha mejorado, pero no lo suficiente.
Se levanta de la silla para sentarse al borde de la cama, mientras recargo el cuerpo en la cabecera. Me auxilia a colocar las esponjosas almohadas sobre mi espalda. Conoce que para mí el dormir ya no es una opción.
—Le prometí al rey que vería a su hermano por la mañana —exclamo.
—Pues si no me cumpliste la promesa a mí, no veo por qué a él sí.
Le otorgo una mirada de reproche, aunque no puedo evitar esbozar una leve sonrisa.
—Vamos, estoy seguro de que puede sobrevivir sin verlo otro día más.
—Es un rey, Dimitry.
—Uno que se atrevió a cruzar tierras que no son suyas. Fueron sus hombres quienes me dispararon. Intentaban cruzar. No esperaban que nosotros hiciéramos lo mismo para plantar la distracción. De no ser porque me atravesé entre ellos y mi tío, él ya estaría muerto.
—¿Te colocaste de manera premeditada?
—Sobreviviría, mi hermano me salvaría como las otras veces, pero Cataleno no.
—¿Y qué si no sucedía?
—Sucedería, créeme. He sido yo quien ha vivido con esto por veintitrés años.
—Pues tu hermano tampoco la pasó bien por tu insensata culpa.
—¿Y qué hay de ti, esposa mía? ¿Te preocupaste también por tu esposo?
—Sentí que moría.
Mi respuesta parece aumentar su ego. Sin perdernos la vista, su mano va detrás de mi nuca para atraerme a él. El instinto de frenarlo nace a centímetros de que sus labios se unan a los míos.
—Besé a tu hermano —las palabras emergen de la nada—. Cuando estábamos en la frontera, él y yo nos besamos.
Es como si un peso se desvaneciera de mis hombros. Una verdad que requería ser contada para continuar. Parece transcurrir una eternidad con el silencio gobernando nuestros sentidos hasta que finalmente asiente.
—De acuerdo.
Mi ceño se frunce.
—¿Es lo único que tienes por decir? ¿Es que no te interesa lo que te he confesado?
—Por supuesto, Mel. Lo has besado. A mí también me has besado, ¿y qué? Somos idénticos. Su rostro es mi rostro. Tal vez lo hiciste pensando en mí y eso me basta. De alguna forma el que estés con él es como estar conmigo, así que… de acuerdo, está bien. A menos que, claro, lo que deseabas de mí es que te pida elegir. ¿Es eso lo que quieres? ¿Deseas que elija por ti?
—No —la respuesta florece tan espontánea y sincera que yo misma parezco sorprenderme—, pero necesito que seas consciente de que esa podría no ser la única vez que suceda. No teniéndolos tan cerca a ambos.
—Déjame responder entonces.
Su boca se une a la mía. Con la fiereza y contundencia que acostumbra. Quema como el mismo fuego de una hoguera.
—Hay solo una vida, mi querida fiera —resopla con su aliento invadiendo el mío—. No pienso desperdiciar un segundo aun si solo me das la mitad de ti.
Vuelve a concederme el placer de tener sus labios. Saborea los míos con esa indulgencia compartida. Lejos yace nuestra indisposición médica, porque solo estamos él y yo en esta habitación. Ambos desearíamos cruzar esa línea de intimidad que no hemos de experimentar todavía.
—Dios sabe cuánto me gustaría tenerte —emite Dimitry permitiéndonos tomar un segundo de aliento.
—También yo —confieso.
Pero temo que nuestra salud solo nos concede descansar sobre la misma cama, abrazados. Ambos escuchamos nuestros corazones latir. Es la versión más romántica que Dimitry alguna vez me mostró. Tal vez porque sabe que nos resta tan poco tiempo que este instante ya es ganancia.
Permito que sus respiraciones me arrullen y duerma de nuevo aun si me dije que ya no lo haría. El vacío del calor de su cuerpo posado a un costado de mí me despierta.
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Editado: 23.08.2026