El grito de Lucinda llega antes que su rostro anuncie el asombro que le invade.
—¡¿Dos?! —exclama, como si la palabra misma le quemara la garganta al pronunciarla—. ¿Todo este tiempo hubo dos? ¿Qué demonios...?
Los gemelos se yerguen a mi lado, uno a cada costado de la cama, como si mi cuerpo fuera el único territorio neutral que les queda como resguardo. No hace falta que alguno de los dos hable. Lo que los ojos de mi hermana capturan ya lo ha confesado todo.
—Lucinda, yo...
—No. No te atrevas a decir mi nombre con esa voz de disculpa, Emmelina —su dedo me señala con una precisión que duele más que cualquier insulto que pudo incluir—. Te confesé todo lo que sabía. Cada una de las cosas por las que atravesé para llegar aquí. Me quedé en este sitio porque estabas tú. Confiaba en ti ciegamente incluso si la sangre Le Covanov me envenenaba sin saber que existía no uno sino dos Dimitry.
Los mira en turnos, retrocede hasta descansar la espalda en la puerta, anonadada. Me cuestiono si ejecuté las mismas acciones cuando yo lo supe.
«Perdiste la consciencia, Emmelina —el recuerdo de ese evento me invade—. Ella al menos sigue de pie»
—¿Desde cuándo, Emmelina?
—¿Importa, acaso?
—Supongo que eso responde la pregunta.
El aire de la habitación se torna pesado. Veo cómo mi hermana traga las palabras, cómo le cuesta sostenerse sobre sus propios pies.
—Siempre lo supiste.
—No, no siempre. Lo sé desde hace meses, aunque...
—¡Meses! —repite—. Y te atreviste a jugar a la espía conmigo. Me dejaste creer que sabía toda la verdad de este lugar, de ti... de ellos.
Parece despreciar todo lo que tenga que ver con los gemelos.
—No guardé esto para dañarte.
—No, claro que no. Tú nunca eliges dañar a nadie. La dulce Emmelina nunca miente ni daña por voluntad, aunque de igual forma termina por suceder, ¿no?
Es un golpe bajo, pero certero. Del tipo que solo una hermana podría conceder, porque conoce exactamente dónde lastimar.
—¿Y qué hay de ti? —le devuelvo, porque el dolor necesita un lugar a donde ir y regresarlo parece prudente—. ¿Tú no me ocultaste nada? Me dejaste una carta y desapareciste. Me hiciste creer que te secuestraron, que huiste sin más opción para que aceptara casarme. Jugaste con mi vida cual ajedrez sin decirme las reglas completas de juego y ahora debo ser yo la que se disculpa.
—Lo hice para protegerte.
—Lo hiciste para protegerte a ti. Para tener una salida de esta maldita maldición que te está matando desde adentro. No finjas que esto es sobre mí, porque si mi enfermedad se ha agravado por igual es gracias a ti.
Las palabras emergen de mi boca antes de que pueda medir su peso, pero una vez afuera no hay forma de recogerlas.
—Lo último que deseé fue causarte daño, Emmelina. De poder revertirlo todo lo haría.
—Pero no podemos, Lucinda. Lo hecho, hecho está y al menos tú tienes la opción de salvarte.
—¿Crees que estoy aquí por conveniencia?
—Creo que estás aquí porque necesitas que rompamos esta maldición tanto como yo lo deseo también. Y no te culpo por eso. De verdad no lo hago, pero no finjas que es amor lo que te ata a este sitio o a mí. Fue supervivencia.
El rostro de mi hermana se quiebra de una forma que no le había visto desde que era niña. Por un instante quiero retractarme, decirle que no lo dije en serio, que el miedo habla más alto que la verdad.
El arrepentimiento se intercambia por preocupación en cuanto veo a Lu llevarse la mano al pecho, se tambalea, y comprendo que no es solo el dolor de mis palabras lo que la dobla.
—Lucinda...
—Estoy bien —miente, aunque el sudor ya perla su frente.
Dimit da un paso hacia ella. Es un instinto, el mismo que lo hace correr hacia cualquiera que sufra, pero el efecto es inmediato: mi hermana se encoge sobre sí misma como si su propio cuerpo intentara alejarse del gemelo sin que ella se lo ordene. Grita como si fuego mismo quemara su piel. Jamás había sido testigo de los efectos que le causaban a Lu, me destroza ver su dolor.
—No, aléjate —le pido con una firmeza que me sorprende, mientras salgo de la cama—. Los dos. Ahora.
Comprenden que la cercanía enferma a mi hermana. En estas tierras puede que su cuerpo soporte la presencia de uno, sin embargo, dos son demasiado.
—Emmeli...
—¡Ahora! —mi voz se quiebra en la última sílaba—. Estar los tres aquí la está enfermando. ¿No lo ven? Cada segundo que ustedes permanecen en esta habitación es un segundo que le arrebatan de vida. Déjennos solas.
No discuten. Dimit sale primero, con esa mirada que siempre carga cuando cree haber fallado en proteger a alguien. Dimitry lo sigue, pero antes se detiene en el umbral.
—Si te sientes mal también...
—Estaré bien, gracias —lo interrumpo, aunque no tengo forma de saberlo con certeza. No con el corazón que me late a mil por hora.
Cuando la puerta se cierra, el silencio que queda entre Lucinda y yo es distinto al de antes. Más quieto. Más honesto, tal vez, por no tener testigos. Le destina una mirada a la puerta como si deseara ir tras los gemelos. La miro poner la mano en el pecho, calmando sus dolencias.
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Editado: 23.08.2026