Elegidos

46. NO LUCHES, NO MIRES

La aguja sigue clavada en mi cuello cuando la cortina de la tienda se abre por completo y Dimit entra con la desesperación pintada en cada una de sus expresiones. Detrás de él, Jerico aparece, siendo que le hice esperar afuera de la tienda durante mi conversación con el rey de Soje.

—Ni un paso más, príncipes —advierte Ikare, con la voz tan serena que resulta obscena dado lo que sostiene entre los dedos clavado en mi carne—. Un solo movimiento en falso y presiono el émbolo. No sé qué tan rápido corre el veneno por la sangre de una mujer que ya tiene el corazón fallándole, pero me imagino que demasiado.

Dimit se detiene en seco. Sus ojos van de la aguja a mi rostro; busca una instrucción que no puedo darle. Me encuentro tan aterrada que temo que no va encontrar ninguna.

—No la toques —la voz de Dimit tiembla de una forma que jamás le había escuchado—. Lo que sea que quieras, negociemos.

—Ya no hay nada que negociar. Solo condiciones que aceptar.

Davinne avanza medio paso, y por primera vez veo genuino horror en su rostro, no la sospecha calculada de hace un momento por su hermano mayor.

—Ikare, ¿qué estás haciendo?

—Actuando ante tus imprudencias —habla el soberano de Søje, sin apartar la vista de Dimit o mi hermano—. Pero improviso bien, siempre lo he hecho. Tú, quédate quieto también. Ya sé lo que sientes por ella. Sería una lástima que tu vida sufriera el mismo destino que la suya.

Davinne se congela. La amenaza no necesita más palabras para instalarse.

Los dos hombres que Ikare llamó guardias se mueven con una coordinación que no tiene nada de improvisada. Uno sujeta y amarra mis muñecas por el frente; el otro hace lo propio con Davinne y se posiciona junto a la salida de la tienda, cuchillo ya desenvainado.

Forcejeo ante la contención, lo que causa que la aguja se clave con mayor ferocidad. La sangre caliente recorriendo mi cuello me invade.

—No luches —pide Dimit con temor a que ese veneno se introduzca a mi torrente sanguíneo. Dejo de luchar.

—Hazle caso a tu esposo, señora Le Covanov —lo último parece insulto y sorna por la primera conversación que tuvimos en esta tienda—. No te resistas —susurra Ikare en mi oído, casi con ternura, mientras aprieta la aguja un milímetro más contra mi piel sin drenar el veneno dentro—. Todavía no.

«Todavía no»

Las palabras se quedan flotando entre nosotros con un peso que no me atrevo a nombrar.

—Suéltala —insiste Dimit, la voz de súplica se convierte en orden—. Puedes tenerme a mí. Lo que quieras de las minas hazlo conmigo, porque he de suponer que a eso has venido.

—Qué generoso —Ikare sonríe, y es la primera vez que le veo una expresión que no calcula cada gesto—. Pero no te necesito a ti, excepto que no sea para que te apartes y me dejes pasar con ella y mi hermano.

—¿A dónde? —espeta por primera vez Jerico, quien yace igual cubierto de pánico y furioso como Dimit.

—A donde debí ir desde el principio.

No hace falta que lo diga. Todos en esta sala lo comprendemos.

Dimit y Jer ceden. Veo el momento exacto en que el cuerpo de ambos se rinde, los hombros bajan en una derrota que les cuesta cada fibra admitir. Se apartan de la salida.

—Si le haces daño...

—Lo sé, lo sé —Ikare agita la mano libre con fastidio a Dimit, como quien despacha una amenaza aburrida—. Me perseguirás hasta el fin del mundo. Todos dicen lo mismo. Aparta a tus soldados también. No quiero sorpresas en el camino o tu esposa morirá de forma dolorosa.

Salimos de la tienda con la aguja todavía presionada contra mi cuello. El campamento entero contiene el aire cuando nos ve pasar. Dimit ordena a los suyos que no intervengan, la voz rota de una forma que ningún soldado se atreve a cuestionar.

Los dos otarianos se mueven con la eficiencia de quienes ya han ensayado esto. De unas bolsas que hasta ahora creí que contenían solo pertenencias personales, y que torpemente se las concedimos por creerlo un acto de indulgencia, se extraen un par de cajas de metal oscuro. De ellas, cables finos que no reconozco pero que me erizan la piel de todas formas estánconectados. Se las cargan al hombro sin ceremonia. Después, con la misma frialdad, desarman a dos soldados ferelenses que no esperaban el ataque y escoltaban a su príncipe, un forcejeo breve, y se hacen con sus espadas y cuchillos.

—Camina, princesa —me indica Ikare, empujándome suavemente hacia el sendero que desciende a las minas.

—¡Davinne! —la voz de Ikare corta el aire cuando su hermano no se mueve ante el empuje del otariano—. Tú también, hermanito. Cometiste el error de contarme que ya exploraron las minas y que sabes exactamente dónde está el santuario del sacrificio. Sería un desperdicio no aprovechar tu conocimiento.

—No voy a ayudarte a hacerle daño.

—No te lo estoy preguntando.

Uno de los otarianos coloca la punta de un cuchillo robado contra las costillas de Davinne. Basta eso para que camine.

Avanzamos en una procesión silenciosa y grotesca: una princesa moribunda con una aguja en el cuello, un rey traidor sonriendo como si esto fuera un paseo, dos soldados de un país enemigo cargando explosivos, y un hombre que hace apenas un tiempo juró proteger mi vida, obligado a guiar mi propia condena.

Llegamos a la entrada invisible de las minas. Dimit, que nos ha seguido a una distancia prudente por orden de del rey extranjero, intenta cruzar tras nosotros.

No puede.

Choca contra algo que no vemos, el mismo límite que descubrimos hace unas semanas. Aquel que solo Davinne y yo pudimos atravesar en ese momento por no ser poseedores de una maldición.

—No tan rápido, príncipe. Los condenados no pueden cruzar sin una piedra de pórtico —explica Ikare, casi con lástima—. Qué lástima que no tengas una a la mano.

De su abrigo extrae una piedra roja, del tamaño de un puño, con vetas que brillan tenuemente bajo la luz del atardecer. La reconozco de inmediato, pues yo misma tuve una en mis manos.




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